Dicen que el tiempo es relativo porque cada quien lo usa a su manera. Otros señalan que es cronológico porque es una invención del hombre para medir el transitar de la vida. Más allá de esos debates que forman parte de la existencia humana, el tiempo es implacable. Pasa y hace estragos en nuestra existencia. No se detiene y de nada sirve arrepentirnos si no lo hemos aprovechado.
Así como la distancia es el olvido, el tiempo es la aniquilación de nuestros recuerdos. Borra en su devenir nuestra memoria, marca huellas en la piel y neutraliza poco a poco cada paso que intentamos dar en el tortuoso camino de la vida. Cuando menos lo esperamos castiga implacablemente hasta hacernos seres vulnerables para regresarnos al polvo.
Aunque es cruel, paradójicamente, el tiempo tiene su ocaso que es el mismo que acompaña al sol y al hombre. Sí, así de simple, se termina para cada individuo que lo hace real, medible y esperanzador. Como el poniente en horas de la tarde, se esfuma junto a los deseos humanos. Por ser invención del sujeto mismo, al acabar con sus sueños y vitalidad, también muere con él. Es una irrefutable ley de la vida que a muchos le cuesta reconocer. En política, esto resulta fatal.
Para ser ilustrativo, mientras más tiempo pase sin que un acto o hecho político se concrete van muriendo las esperanzas de quienes han apostado a ello. Las probabilidades de ocurrencia, aunque no se descarten, se vuelven cada vez mínimas. Si no se actúa en el momento, aprovechando la efervescencia y furor de la gente, se puede escapar la oportunidad de concretar las metas y objetivos concretos.
Es allí donde el ocaso del tiempo esfuma las esperanzas de un pueblo. Lo lógico en una situación de adversidad es meditar profusamente, salir de ese estupor, reinventarse y hacer algo distinto para intentar tener resultados favorables. Para ello debemos valernos de los escasos medios que tenemos y no morir en el intento. Quedarnos inertes, sin hacer nada, es la peor decisión a tomar. Irremediablemente, nos conducirá al epitafio.

