Fernando Mires, intelectual chileno, nos advierte en su obra “Teoría de la profesión política” (2001) que “Uno de los peligros más grande que se ciernen sobre el ejercicio de la política reside en la adopción de criterios de verdad que no son en sí políticos”. El autor asume con gran preocupación que suponer la verdad de opinión sobre la verdad de los hechos puede resultar fatal en un aspecto tan complejo y dinámico como la política.
Esta precisión del autor es clave porque muchas veces nos encontramos frente a una mayoría que supone tener la verdad de las cosas y trata de imponerla al resto de la sociedad de manera emocional sin percatarse de las consecuencias que dicha acción puede significar en el futuro político de una nación. El ejemplo más latente fue el apoyo de los diversos sectores de la sociedad venezolana a Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de 1998, bajo la esperanza de un salvador que vendría a dignificar al pueblo venezolano ante el desencanto de los gobiernos del puntofijismo.
Había en el imaginario colectivo la creencia de un verdadero gobierno de reivindicación social con el personaje de la intentona militar del 4 de febrero de 1992. Esa creencia estuvo marcada del “por ahora” y se convirtió en una verdad de opinion, en una fe ciega que terminó arrastrando al país entero hacia un abismo. Hoy, después de 26 años de esa fatídica fecha, seguimos padeciendo de esa decisión que volvió una “verdad absoluta” para la mayoría de la población en esa época y que la realidad de los hechos terminó pulverizándola.
Es una cruda verdad, aunque les cueste aceptar a muchos, que en política los hechos tienen mayor peso que los deseos y las opiniones. A veces quienes tienen una sobrada formación y solvencia ética no llegan a ocupar cargos de relevancia política, mientras personas mediocres llegan a convertirse en flamantes mandatarios. Es que en política “los deseos no preñan”, como dice el refrán popular. En política se impone la realidad de los hechos y es lo que cuenta a la hora de abordarla, decimos los politólogos.
Al superponer la verdad opinática sobre la verdad de los hechos podemos darle una lectura errada al momento político. Pues, esa superposición relativiza los hechos hasta reducirlos en meras opiniones que se traducen en especulaciones por causas emocionales y no racionales. “La verdad de los hechos es por naturaleza política”, no lo olvidemos. Para Mires los hechos y las opiniones no son antagónicas, aunque pueden ser diferenciadas entre sí. Significa esto que en política las opiniones pueden surgir sobre las bases de los hechos, pero nunca los hechos deben deducirse de las opiniones.
El propio Mires recurre a Hannah Arendt, una gran pensadora, de origen judío, que padeció la persecusión nazi para ilustrar el fatalismo de sobreponer la opinión ante los hechos en política. Ella menciona una cantidad de hechos históricos, incómodos e indiscutibles, que han sido abordados no como hechos sino como verdades opináticas. Por ejemplo, que Hitler contó con el apoyo de la mayoría del pueblo alemán, que Francia fue derrotada totalmente por Alemania o que el Vaticano tuvo una acción profascista fueron hechos tan evidentes que no admiten pruebas en contrario, salvo que se conviertan en una verdad opinática.
Ojalá que estas apreciaciones de Fernando Mires sirvan para reflexionar a muchos opinadores de oficio en la delicada situación política que vive el país, a propósito de una convocatoria de elecciones a gobernadores, diputados nacionales y legisladores regionales. Cada quien pretende tener la razón al opinar de participar o no en ellas. Son verdades relativas y deben respetarse. Lo peor es que un sector satanice o descalifique al otro por lo que defienda o exprese. Eso no es bueno para la democracia. No nos extrañe, incluso, que las elecciones se prorroguen porque así es la dinámica política. Dejemos que la fuerza de los hechos terminen dándole la razón a las cosas que pertenecen a un mundo donde lo que nos parece imposible termina dándose.

