pancarta sol scaled

Pedro R. García: Desde el Haitón profundo III

Compartir

 

Macuare Preterido…

 

Ya no quedan aves que le cante:

desolado su inmenso panorama,

pedazos de sus floras y de sus ramas,

                   solo el abrupto perfil de aqueya tierra

herida con relámpagos de briyo

parece el escudo de un gigante

donde se escucha solo el

 lamento de algún griyo

 

Observamos los cardones: el viento

los inclina y parecen que se estiran,

que saludan, que yaman o que miran

hacia un punto del ancho firmamento.

 

Pero nada tan triste y tan sombrío

como la ladera aqueya al lado

                               de lo que antes fue río

forma una nada extenuada y extendida,

en la que grandes hilos de

 obscuridades que vierten,

y en medio de la fantasmal

paz nocturna

y semejan una luctuosa gran urna

 

El silencio es el gigante de la noche

y el negro cosquiyeo de la muerte.

duermen las aves en sus áridos nidos,

inmóviles como violines sin sonidos,

se oye el mugido de una vaca vieja

¿qué es grito, ruego,

 exclamación o queja?

 

Matizan las tunas con su flor el suelo,

y sus flores parecen trozos de cielo

las lagartijas no salen de su espanto.

son las únicas estreyas que

 quedan en los campos.

 

Diría. Fay: ya no hay ni

 mogotes ni rojos alelíes,

mucho menos carmines, rosas o ¿rubíes?

y el cerro ayá lejos, se divisa

mudo, calmo, imponente, corpulento,

como un gigante que la tierra pisa

bajo el briyante azul del firmamento.

 

Tampoco florecen los mudos

 y sólidos cujíes

ya no vuelan los verdes colibríes

como pedazos de un día ensangrentado,

como ramas del cielo, como flores

¡qué vacío! ya no se muestran

 dulces campesinos, ni sus agricultores.

 

Ya no trina el turpial ese poeta

ya la tarde no saluda con venteo

ni se escucha a la tórtola esa Julieta

que le canta un adiós a su Romeo.

 

Ni gimotea la torcaza lejos en lo espeso

ni puede imprimir el picaflor su tierno beso,

ni ostenta el palomo su ancha garganta

ni su plumaje semejando un abanico,

ni luce la cotorra su esmerada;

habilidad de su afilado pico

.

Las novias, del poblado no

lucen limpias galas,

no se ostenta con orguyo la blancura,

cual azucena de las alas

busca un lecho en la frágil espesura.

 

¡Es la hora del secreto del misterio

cuando vagan las aves las que quedan

en torno lo que se parece un cementerio

cual sonámbulas almas de hechiceras!

 

 

                    es la hora del aguaitacamino, aterrado,

como, si tuviese miedo de sí mismo,

gira y se lanza raudo en vuelo atolondrado,

como espíritu enfermo y enlutado,

¿Cuál macuare? ¿Cuál Macuare…

¡solo el pedazo de sombra de un abismo!


Sin el imperialismo del concepto, la poesía habría sustituido a la filosofía: hubiéramos conocido entonces el paraíso de la evidencia inexpresable, una epidemia de éxtasis.

pgpgarcia5@gmail.com

 

Traducción »