En este tiempo convulso, rodeado de calamidades por doquier; donde reina la incomprensión y la intolerancia, recurro a mi condición de católico militante para invocar los más altos valores cristianos, e implorar el esfuerzo compartido para la búsqueda de salidas decorosas y satisfactorias para el conjunto universal.
Nada fácil la tarea, y creciente la necesidad de convertir la adversidad en oportunidad para avanzar, y crear escenarios donde –lejos de convencionalismos y cartas marcadas- podamos acudir a la creación generosa; el empeño eficaz, y el pragmatismo sensato para alcanzar lo máximo posible en términos de la solución de los asuntos más protuberantes y dolorosos del tránsito humano en cualquier parte del mundo.
Pero si bien nos interesa de manera genuina allanar caminos para conjurar el drama mundial, dentro del cual estamos, no es menos cierto que el interés mayor se centra en nuestra tierra y sus incontables sufrimientos de manera simultánea, lo cual, agrava el dolor y la agonía de la mayoría de nuestros conciudadanos.
Como ponerle coto a la situación? Respuesta harto difícil, si nos enfrascamos sólo en sacar provecho para nuestras mezquinas parcialidades, partidistas; de grupo o personales.
Si no prestamos atención al interés general, va a ser muy difícil hallar mecanismos de concordia que nos ayuden a superar la prolongada crisis, que destruye con más fuerza a quienes tienen menos posibilidades profesionales; técnicas; económicas, o sociales.
No queremos aparecer como comparsa de un manual de buenos deseos, pero imposibles, y sin destino real. Se trata de concitar la comprensión de todos a objeto de construir mediante el diálogo y negociación la agenda básica, el acuerdo de gobernabilidad mínimo que todos podamos acompañar sin importar –en principio- quien gane las elecciones presidenciales de 2024.
No podemos prolongar la agonía de la mayoría de los venezolanos que hoy sobreviven en un ambiente de caos generalizado; sin empleo; sin salarios dignos; sin servicios esenciales para la vida; en un ambiente político polarizado e infecundo.
Detener la destrucción del país tiene que ser la prioridad de todos los venezolanos de bien, y para ello hace falta tener desprendimiento y disposición. Que la política se encargue de la política, y la justicia de los asuntos que le son propios, mediante un ejercicio profesional; imparcial, y justo, cuando entre todos podamos construir un sistema acorde con estos principios.
Desterrar el odio, y los deseos de venganza que anidan en los corazones de los radicales de lado y lado, pues ello a nada conduce.
Pensemos por un instante como fue que otros países pudieron lograr semejante propósito de la reconstrucción en paz. Cómo hicieron los chilenos para derrotar al pinochetismo; cómo hicieron los polacos de Lech Walesa; los nicaragüenses de la señora Violeta Chamorro, y muy especialmente los surafricanos de Nelson Mandela?
Ciertamente se trata de un proceso complejo, pero como se ha visto, posible. Hay que buscar el centro siempre, y alejarse de los radicalismos y extremos que solo conducen a profundizar errores; entendiendo que en medio de negociaciones, siempre habrá mutuas y recíprocas concesiones por doloroso que sea. Pero hay que admitir, que eso es mejor que exacerbar las diferencias; hacerlas irreconciliables e impulsar una confrontación en la que –muy probablemente- todos perdamos para luego arrepentirnos.
No importa si me llaman ¨comeflores¨, o ingenuo; lo importante no es mi posición, sino la necesidad de todo el país por salir del atolladero; reencontrarse, y hallar soluciones conjuntas para conjurar una crisis prolongada, que si no se detiene, producirá desolación; tristeza; enfermedad, y muerte.
Por todo ello, me animo a dirigirte mi ruego querido niño Jesus, para que en nuestro nombre intercedas ante el todopoderoso y siempre sabio de tu padre, para que nos haga el milagro de abrir nuestros corazones y alcanzar el anhelo de todos los venezolanos de bien para reconstruir nuestro país que lo tiene todo, y merece mucho más.
¡Te lo pedimos Señor!
@romanibarra

