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title: "Soledad Morillo Belloso: Las reinas de la baraja en Venezuela"
description: "&nbsp; María Corina, Delcy, Delsa, Dinorah: Cuatro mujeres, cuatro pulsos, cuatro brújulas. Yo no soy feminista. Lo digo sin pestañear, para que nadie me cuelgue banderas que no ondeo ni me meta..."
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date: 2026-06-24
modified: 2026-06-24
author: "Emisora Costa del Sol 93.1 FM"
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categories: ["Opinión"]
tags: ["Soledad Morillo Belloso"]
type: post
lang: es
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# Soledad Morillo Belloso: Las reinas de la baraja en Venezuela

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*María Corina, Delcy, Delsa, Dinorah: Cuatro mujeres, cuatro pulsos, cuatro brújulas.*

Yo no soy feminista. Lo digo sin pestañear, para que nadie me cuelgue banderas que no ondeo ni me meta en procesiones ajenas. Pero sí soy —y lo admito— profundamente antimachista. Porque si algo ha demostrado este país es que el machismo político, ese que se disfraza de liderazgo, de autoridad, de voz grave y golpe de mesa, terminó siendo un espejismo. Un espejismo caro, además: un espejismo que nos costó instituciones, futuro, vidas. Y sería una torpeza monumental no ver lo que está ocurriendo frente a mí: hoy la política venezolana está, de manera inédita, en manos de mujeres.

Y no de cualquier tipo de mujeres. No son estampitas de altar ni caricaturas de machos con falda. Son mujeres que hacen política en tacones, sí, pero desde un lugar distinto, con otro pulso, otra respiración, otra manera de leer el poder. Estas mujeres no son machas con pintura de labios. No están imitando al macho criollo; lo están sustituyendo con una lógica que no excluye a los hombres, pero que sí les recuerda —sin gritar— que el liderazgo no es propiedad privada de un género. Que el poder no es un tótem masculino, sino un espacio que se habita con cabeza, con temple, con memoria.

Veo a María Corina —esa espada que corta— avanzar como si caminara sobre un filo que ella misma afila. No es líder de un partido, ni de una élite, ni de un club. Es líder de la ciudadanía, de la calle, de esa respiración colectiva que empuja cuando ya no queda nada más que empujar. La calle la lanzó al frente porque los hombres que debían conducir se extraviaron en sus propios laberintos. Ella se volvió brújula en un país sin norte, aguja imantada por la desesperación y la esperanza.

Veo a Delcy —la operadora fría— moviendo fichas en un tablero geopolítico que ya ni se molesta en disimular. No es líder popular ni pretende serlo. Es engranaje indispensable para un Washington que juega a la geometría variable y para un Miraflores que necesita a alguien que sostenga el andamiaje sin que se le caiga encima. Su poder no es visible como un reflector: es subterráneo, tectónico, de esos que mueven placas sin que uno se dé cuenta hasta que la tierra tiembla.

Veo a Delsa —la memoria viva— cargando expedientes como quien carga huesos. En un país donde la justicia es un chiste cruel, ella se volvió archivo, testigo, aguijón. Su brillo no es decorativo: es bisturí. Es la que abre, la que incide, la que recuerda que detrás de cada número hay un nombre, y detrás de cada nombre, una vida. Su presencia incomoda porque la verdad siempre incomoda.

Y veo a Dinorah —la que regresa al tablero— volviendo a Caracas como quien vuelve a una casa saqueada: reconociendo los muebles rotos, el polvo acumulado, las paredes que ya no son las mismas. Se sienta a “negociar” una transición que nadie termina de definir, con un gobierno encargado que no gobierna y una Casa Blanca que mueve piezas sin explicar el tablero. Su sola presencia es símbolo: la institucionalidad que parecía muerta todavía respira.

Cilia queda fuera, out por regla. No porque no tenga poder, sino porque su poder es de otra naturaleza: no es liderazgo, es engranaje en el submundo. No es reina: es líder del aparato clandestino.

Y aquí estoy yo, para nada feminista, diciendo lo obvio: esto no se trata de feminismo, aunque sí de antimachismo. Va de que llevamos desde 1999 soportando presidentes machistas. No viriles, machos machistas, sin un pelo de caballeros. Se trata de que estas mujeres —cada una desde su esquina, desde su estilo, desde su historia— le deben ofrecer al país una visión distinta. Un modo diferente de hacer política. No dejando por fuera a los hombres, pero sí mostrando que el liderazgo puede ser otra cosa: más cerebral, más estratégico, más consciente de la complejidad.

Porque el cerebro femenino —y esto no lo digo yo, lo dicen los científicos— no es mejor ni peor: es diferente. Y esa diferencia, en un país agotado de repetir los mismos errores, puede ser la grieta por donde entre la luz. La hendija mínima que anuncia que el aire puede cambiar.

No soy feminista. Pero tampoco soy sorda ni ciega. Y lo que estoy viendo y escuchando  —con una mezcla de asombro, ironía y cierta esperanza que me da pudor admitir— es que, por primera vez en mucho tiempo, las reinas no están adornando la baraja: la están mandando.

Material para estudio en las escuelas de Ciencias Políticas.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 
