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title: "José Luis Farías: El espejismo feliz"
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date: 2026-06-19
modified: 2026-06-19
author: "Fran Tovar"
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categories: ["El pizarrón opinión"]
tags: ["José Luis Farías"]
type: post
lang: es
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# José Luis Farías: El espejismo feliz

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El presidente Trump calificó a Venezuela de «un país feliz» con excelentes lazos con Estados Unidos. El calificativo encaja mal con la alerta de viaje de su propio Departamento de Estado —que sigue en «reconsidere viajar»— y con la realidad que la semana ha puesto ante los ojos del mundo: maestros en las calles por hambre porque su salario apenas vale centavos, vigilias frente a las cárceles, protestas que la sociedad civil documenta con la paciencia del que cuenta los días de un cautiverio que no termina.

La felicidad, al parecer, es un asunto de perspectiva. Para el mandatario estadounidense, Venezuela se reduce a una fórmula diplomática que desmienten los hechos con la contundencia de un relámpago en cielo despejado. Mientras la Casa Blanca ensaya su retórica complaciente con el régimen de Delcy, el reloj político no se mueve: aún no hay cronograma electoral ni CNE independiente. Cabello cerró de un portazo la puerta a las negociaciones con un lenguaje impublicable. La CIDH reporta que 454 personas permanecen privadas de libertad por razones políticas, y al menos 18 han muerto bajo custodia estatal en este período. La ley de amnistía promulgada en febrero, que las cifras oficiales presentan como gesto de apertura, apenas ha permitido la libertad plena de 186 personas; otras 554, aunque excarceladas, siguen sujetas a medidas cautelares que restringen sus derechos. El 23 de abril, Delcy Rodríguez anunció el fin de su aplicación, aunque la Asamblea Nacional no la había derogado. La justicia, como siempre, opera como apéndice del Ejecutivo.

Mientras tanto, la Corte Interamericana de Derechos Humanos ordenó el cierre de El Helicoide, (“El Country Club de las cárceles”), el edificio gubernamental señalado como centro de tortura. Pero el desalojo, lejos de significar libertad, trajo consigo nuevas irregularidades: los presos políticos fueron redistribuidos a otros penales —Hombre Nuevo Libertador, Tocuyito, Yare, El Rodeo— sin notificación a sus familias ni control judicial. El abogado Joel García advirtió que el sistema «los mueve como mercancía», a espaldas de los jueces y bajo total opacidad. La CIDH, por su parte, condenó la tortura en el Internado Judicial de Barinas, donde los reclusos denunciaron golpizas, baños de agua helada, requisas violentas y el disparo de perdigones contra la población penitenciaria durante un motín no violento. El centro, con un hacinamiento cercano al 200%, carece de agua potable y atención médica .

La felicidad que ve Trump es la de los comunicados oficiales, la de las declaraciones que no tienen que vérselas con el barro de la realidad. Pero el país real, el que suda y protesta, el que llora frente a las rejas, el que sostiene vigilias que nadie transmite en cadena nacional, ese país no figura en el guión optimista. La Misión de la ONU documentó al menos 87 nuevas detenciones políticas desde la captura de Maduro, lo que confirma que la práctica de silenciar la disidencia persiste bajo el nuevo gobierno. Y sin embargo, allí está el país, terco, incómodo, recordándonos que la felicidad no se decreta desde la distancia.

El peligro, estimado lector, no es que Trump se equivoque en su apreciación, los funcionarios de la delegación de Washington en Caracas tienen prohibido pasarle “malas noticias” (Al parecer no le han informado que los familiares de los presos políticos siguen en vigilia en las puertas de la embajada de Valle Arriba). El peligro es que su error se convierta en coartada: que el relato de la «felicidad» sirva para justificar la inmovilidad del reloj político, para disculpar la ausencia de elecciones, para silenciar el reclamo de los maestros y para enterrar bajo el peso de la diplomacia los gritos que emergen de las celdas. Porque si el poderoso dice que todo está bien, ¿quién osará afirmar lo contrario?

Pero la realidad, como el petróleo, termina por aflorar. Y las huelgas, las vigilias y las desapariciones no son datos que puedan borrarse con un tuit ni espejismos que se disipen con un comunicado conjunto. Son el pulso de un país que se niega a ser feliz por decreto, que sabe que la alegría sin justicia es apenas una máscara y que la paz sin libertad es el nombre más cortés de la opresión.

Así pues, mientras Trump celebra lazos y sonrisas, Venezuela sigue empantanada en su hora más larga. La CIDH insiste en su llamado al cese de todas las detenciones arbitrarias y recuerda que las liberaciones parciales no eximen al Estado del cumplimiento de sus obligaciones internacionales . Feliz, dice el poderoso. Pero la felicidad, cuando se impone desde arriba, suele ser el disfraz más cruel de la indiferencia.

 
