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title: "Jesús A. Núñez Villaverde: Estados Unidos e Irán un pacto que huele a pólvora"
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date: 2026-06-23
modified: 2026-06-23
author: "Fran Tovar"
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categories: ["El pizarrón opinión"]
tags: ["Jesús A. Núñez Villaverde"]
type: post
lang: es
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# Jesús A. Núñez Villaverde: Estados Unidos e Irán un pacto que huele a pólvora

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La paz en Oriente Medio es solo una de las opciones que se derivan del pacto alcanzado entre Washington y Teherán. Pero más allá de entender que su firma es la consecuencia racional de la necesidad de ambos por parar una guerra que les perjudica, aunque sea por razones muy distintas, son tantos los factores no racionales en juego que se comprende de inmediato el generalizado escepticismo sobre lo que pueda venir a continuación. Son tantas las emociones desatadas y tan potentes los sesgos confrontacionales derivados de una desconfianza de décadas, que bien pueden acabar imponiéndose a lo que dicta una realidad que se resume en que ninguno de los actores implicados está en condiciones de imponer su dictado por la fuerza. Queda por ver, por tanto, hacia qué lado se inclina la balanza cuando se toman en consideración los cálculos geopolíticos y geoeconómicos, por un lado, y las variables psicológicas y sociológicas de los respectivos dirigentes y sus poblaciones.

Destacan entre estas últimas el monumental enojo expresado por Benjamin Netanyahu. En su iluminada visión, lo ocurrido no solo cuestiona sus planes en Líbano, sino que le impide rematar la tarea de eliminar la amenaza iraní. Peor aún, le puede costar la derrota en las elecciones previstas para este otoño si los votantes concluyen que no ha sido capaz de protegerlos y termina por someterse a la presión de un Trump desesperado por salir del pozo iraní, forzándolo a detener los ataques contra Líbano (sabiendo que eso será aprovechado por sus contrincantes electorales para acusarlo de debilidad). En consecuencia, no sorprenderá a nadie que Netanyahu opte por hacer todo lo posible para reventar el pacto, atacando al Líbano (para desesperación de Trump), ofreciéndole a Irán la posibilidad de bloquear, cuando lo desee, el proceso de negociación que ahora debe abrirse.

No debe ser menor la sensación de fracaso que embarga a Trump, por mucho que pretenda presentarse como victorioso. No solo no ha logrado ninguno de los objetivos que se había marcado junto con Netanyahu, sino que lo máximo que ahora puede alcanzar no mejora a lo que ya había conseguido Obama en 2015. Si el proceso de negociación no descarrila, Irán seguirá teniendo un programa nuclear —sin tener que entregar el uranio que ya ha enriquecido—, sin renunciar a sus misiles balísticos ni al apoyo a sus peones regionales. Y ahora aún le queda la tarea de convencer a sus ciudadanos de que la guerra ha tenido sentido, con el peligro de que en noviembre las urnas le propinen una sonora bofetada que puede limitar seriamente el resto de su presidencia.

Por su parte, Mojtaba Jamenei debe respirar aliviado y esperanzado. De la mano de los Pasdarán (la Guardia Revolucionaria) Irán no solo ha conseguido evitar el derribo del régimen, sino que ahora cuenta con el control de Ormuz como segunda baza de negociación (además del programa nuclear) para intentar salir airoso de la cacería que lleva sufriendo desde hace décadas. A pesar de su inferioridad ante enemigos tan potentes no solo no se ha rendido, sino que está a las puertas de obtener la descongelación de fondos propios, la compensación por los daños sufridos y el alivio de las sanciones; una posibilidad que, si se concreta, le facilitaría mantener el control de su población y aumentar su peso regional. Teherán es, por tanto, el más interesado, junto con Trump, en que se cumpla lo acordado. La diferencia entre ambos es que Jamenei no tiene tanta prisa como Trump y puede interrumpir la negociación jugando con Ormuz.

En todo caso, la inquietud y la incertidumbre son las sensaciones dominantes. Nadie puede predecir qué hará un Netanyahu temeroso de perder unas elecciones y terminar en la cárcel, liderando un gabinete extremista decidido a ahogar las esperanzas de los palestinos, a ocupar Líbano y a eliminar a Irán (impensable sin la complicidad estadounidense). Nadie sabe tampoco hasta dónde quiere llegar un Trump tan manifiestamente errático para evitar quedar retratado como un perdedor, acusado de haber abandonado a Tel Aviv y sin nada positivo que presentar a sus simpatizantes. Nadie sabe, igualmente, si Teherán se la va a jugar por Hezbolá, a riesgo de arruinar un acuerdo que puede depararle una sustanciosa mejora económica y el reconocimiento de potencia regional frente a unos vecinos que ya no pueden confiar en Washington.

Si la razón se impusiera en estos próximos sesenta días veríamos que, a pesar de que Netanyahu siga violando la soberanía libanesa, Jamenei seguiría apostando por un acuerdo y tan solo utilizaría esos ataques para manejar los tiempos de la negociación y subir el precio de sus concesiones. Por su parte, Netanyahu moderaría su agresividad por un tiempo, con la intención de no perder a Washington como vital sostén de su seguridad, sin detener completamente los ataques en Líbano y sin comprometerse a renunciar a sus planes contra Irán. El problema es que, además de que eso no basta para alcanzar un verdadero acuerdo de paz al final del proceso, para quienes viven de la guerra y saborean gustosamente el olor a pólvora, la razón es solo un obstáculo para sus sueños de grandeza.

 
