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title: "Humberto González Briceño: La política después de la ilusión"
description: "&nbsp; La política venezolana parece haber entrado en una nueva etapa. No porque hayan cambiado las reglas del juego, sino porque finalmente algunos actores comienzan a admitir que las reglas reales..."
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date: 2026-06-23
modified: 2026-06-22
author: "Fran Tovar"
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categories: ["El pizarrón opinión"]
tags: ["Humberto González Briceño"]
type: post
lang: es
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# Humberto González Briceño: La política después de la ilusión

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La política venezolana parece haber entrado en una nueva etapa. No porque hayan cambiado las reglas del juego, sino porque finalmente algunos actores comienzan a admitir que las reglas reales nunca fueron las que aparecían escritas en la Constitución ni las que repetían los discursos de campaña.

Durante años, una parte importante de la oposición construyó su estrategia sobre una premisa sencilla: participar electoralmente, acumular fuerza social y eventualmente derrotar al chavismo en las urnas. Era una tesis discutible, pero coherente. El problema apareció cuando los resultados políticos dejaron de corresponderse con los resultados electorales y, aun así, la estrategia permaneció intacta.

Las recientes señales provenientes de distintos sectores del país sugieren que se está produciendo una redefinición silenciosa de los espacios de negociación. No se trata simplemente de quién representa a la oposición ni de qué dirigente posee mayor respaldo popular. La discusión parece desplazarse hacia un terreno mucho más elemental: quién tiene capacidad efectiva para acordar con quienes controlan el poder.

Ese detalle, aparentemente técnico, es en realidad decisivo.

Desde que Delcy Rodríguez asumió un papel central en la conducción política del Estado chavista, quedó en evidencia que el régimen había iniciado una fase distinta. Menos épica revolucionaria y más administración del poder. Menos retórica ideológica y más pragmatismo burocrático. Una transición interna que no supone democratización alguna, pero sí una reorganización de los mecanismos mediante los cuales el chavismo garantiza su supervivencia.

En esa nueva etapa, el objetivo principal ya no parece ser obtener legitimidad internacional o convencer a la opinión pública. El objetivo es gestionar la estabilidad interna del sistema y regular cuidadosamente los niveles de conflicto político permitidos.

Bajo esa lógica, las elecciones dejan de ser instrumentos para decidir quién gobierna y pasan a convertirse en herramientas para administrar la representación política. Se participa, se compite, se negocia y se distribuyen espacios, pero siempre dentro de límites previamente establecidos.

Es precisamente allí donde aparece el principal problema estratégico para María Corina Machado y para los sectores de la oposición agrupados alrededor de la antigua Plataforma Unitaria.

La líder opositora logró construir una enorme legitimidad social enfrentando la política tradicional de negociaciones que durante años caracterizó a la MUD. Su ascenso se produjo precisamente porque una parte considerable de los venezolanos interpretó que la fórmula negociaciones-elecciones-negociaciones había fracasado de manera reiterada. Sin embargo, una vez convertida en el principal liderazgo opositor, terminó atrapada por una paradoja difícil de resolver: para avanzar institucionalmente necesita exactamente aquello que durante años cuestionó.

La experiencia reciente parece confirmarlo.

Ninguna fuerza política puede competir dentro de un sistema controlado por otro actor sin algún tipo de entendimiento previo. Esta no es una particularidad venezolana. Es una constante histórica. Desde el PRI mexicano hasta los regímenes híbridos de Europa oriental, los procesos de apertura política nunca ocurrieron únicamente por acumulación electoral. Siempre existieron acuerdos explícitos o implícitos entre quienes ejercían el poder y quienes aspiraban a sustituirlos.

La Venezuela actual no parece ser una excepción.

El problema para la oposición es que una negociación requiere interlocutores reconocidos por ambas partes. Y allí comienzan las dificultades. La legitimidad popular no necesariamente coincide con la capacidad de interlocución política. Son atributos distintos. Uno se construye en las calles y en las encuestas; el otro se obtiene cuando la contraparte acepta sentarse a conversar.

Mientras el chavismo consolida su nueva arquitectura de poder, la oposición continúa debatiéndose entre la movilización social, la presión internacional y la participación electoral. Ninguna de esas herramientas parece suficiente por sí sola. Tampoco existe evidencia de que el régimen esté dispuesto a permitir una competencia electoral cuyo resultado pueda poner en riesgo el control efectivo del Estado.

La consecuencia práctica es incómoda pero evidente. La ruta institucional luce cada vez más estrecha. No porque haya desaparecido formalmente, sino porque sus posibilidades dependen menos de la voluntad de los electores y más de la disposición del poder real para abrir espacios.

Durante años se repitió que el problema venezolano era electoral. Después se dijo que era jurídico. Más tarde se afirmó que era internacional. Quizás el verdadero problema siempre fue político: la ausencia de un acuerdo entre quienes poseen el poder y quienes aspiran a reemplazarlos.

Mientras ese acuerdo no exista, la oposición podrá conservar respaldo popular, capacidad de movilización e incluso victorias simbólicas. Lo que difícilmente podrá obtener es una transición por la vía institucional.

Y esa es precisamente la incómoda realidad que comienza a emerger detrás de los acontecimientos recientes. No estamos ante una discusión sobre nombres. Estamos ante una discusión sobre poder. Y el poder, como enseñaba Maquiavelo hace cinco siglos, rara vez se entrega porque alguien tenga razón. Normalmente se negocia cuando quienes lo poseen consideran que hacerlo les conviene.

Por ahora, no parece ser el caso.

Maestría en Negociación y ConflictoCalifornia State University – @humbertotweets – +1 (407) 221-4603

 
