Las vicepresidencias son fuente de conflictos en América Latina

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En Ecuador, Daniel Noboa no quiere ceder el poder a su compañera de fórmula cuando se lance a la campaña por su reelección. El caso se suma a una larga lista de conflictos relacionados con la sucesión presidencial. ¿Para qué sirven los vicepresidentes?

Hago un llamado a la comunidad internacional. Es muy grave lo que está pasando. El Estado totalitario se impone. La cita, sobre la situación política en Ecuador, podría ser atribuida a cualquier opositor al presidente Daniel Noboa. Sin embargo, la dijo su vicepresidenta, Verónica Abad, en la entrevista que le dio a El País hace pocos días. En la nota también dijo que teme por su vida si vuelve a su país.

Abad está confinada en Israel por un decreto de Noboa, quien la envió allí como embajadora para mediar en el conflicto entre Israel y Palestina. Una función que, por supuesto, es imposible de cumplir. El presidente lo hizo aprovechando los grises de la Constitución ecuatoriana que le permiten decidir las funciones que cumplirá quien ocupe la vicepresidencia. Y tomó una medida radical: la mandó lo más lejos posible, de donde Abad no puede volver sin permiso de la Cancillería.

Se trata de una relación que nació por conveniencia electoral pero hoy está completamente rota. Y a nadie debe sorprender: casi no existen fotos de los dos; mucho menos hay registros de alguna reunión o agenda en común. Y ahora Noboa acelera para sacarse de encima a Abad porque, si quiere ir por la reelección en 2025 (lo cual todos descuentan), debería cederle el mando a ella 45 días antes de los comicios. Algo que en el Gobierno ecuatoriano no quieren cumplir ni por asomo. Entonces la presionan para que renuncie.

Una situación como la de Ecuador no es extraña en América Latina. La institución de la vicepresidencia ha sido y es una fuente de conflictos políticos en casi todos los países. La han evitado, justamente, los dos que actualmente no tienen esta figura en sus constituciones: México y Chile.

¿Es entonces el vicepresidente un cargo inútil? ¿Por qué casi todos los países latinoamericanos lo incluyen en su ordenamiento institucional? Quienes lo consideran prescindible recuerdan que su único propósito natural es el de reemplazar al presidente en caso de vacancia. En algunos casos le agregan funciones, sean delegadas por cada presidente (como en Ecuador) o fijadas en la Constitución.

Es decir, el vicepresidente es un verdadero suplente en el Gobierno. Una debilidad que tiene, paradójicamente, una gran fortaleza: el presidente no puede destituirlo, porque esa función recae exclusivamente en el Congreso.

En esa ambigüedad jurídica el cargo no ha parado de generar conflictos políticos en nuestra región. Un recuento hecho por el investigador Ariel Sribman enumera que, de las 21 presidencias interrumpidas en Latinoamérica entre 1978 y 2016, solo en 12 casos el vicepresidente asumió luego el máximo cargo (como Michel Temer en Brasil cuando reemplazó a Dilma Rousseff). Es decir, en casi la mitad de los casos (un 43%) la vicepresidencia no sirvió para su principal cometido. Además, el académico recuerda que en el 94% de los países latinoamericanos con vicepresidencia han surgido conflictos vinculados con este cargo en al menos una ocasión durante las últimas dos décadas.

Para la constitucionalista ecuatoriana Ximena Ron, la vicepresidencia en términos prácticos no sirve de mucho porque este reemplazo se puede hacer a través de otras figuras. De hecho la misma Constitución lo prevé, que es que el presidente pueda nombrar en caso de una ausencia temporal a su ministro de mayor confianza, lo que guarda mayor lógica.

La abogada también resalta que, al menos en su país, en muy pocas ocasiones se ha visto una fórmula perfecta entre el presidente y el vice. Siempre ha habido alguna relación tensionante entre ellos, lo que hace que para la mayoría el vice sea una especie de amenaza.

Es como dormir con el enemigo, según esta visión conspirativa de la vicepresidencia, encarnada en alguien que está siempre al acecho de ocupar el cargo de su jefe. Pero otra cosa opina Julio Cobos, vicepresidente de Argentina entre 2007 y 2011. Él puede dar fe de lo conflictivo de este cargo: seis meses después de haber asumido, la presidenta Cristina Kirchner lo condenó al ostracismo porque él —como presidente del Senado, el segundo rol que tiene el vice en el país— votó una ley en contra de la voluntad del Gobierno.

Para Cobos, que decidió no renunciar al cargo pese a la guerra interna que le declaró el kirchnerismo, la vicepresidencia es importante. Y con las enseñanzas que le dejó su paso por esa función, propone que el vice sea elegido por los senadores: Para tener el respeto y respaldo del Senado y ser un senador más que le toque votar en determinadas circunstancias, cuando lo quiera y no solo en caso de desempate, como lo prevé hoy nuestra Constitución. Así, según dijo en conversación con CONNECTAS, no se confundiría con la doble función de pertenecer al Poder Ejecutivo y de estar a la vez presidiendo otro, como es el Poder Legislativo.

Una situación como la de Ecuador no es extraña en América Latina. La institución de la vicepresidencia ha sido y es una fuente de conflictos políticos en casi todos los países. La han evitado, justamente, los dos que actualmente no tienen esta figura en sus constituciones: México y Chile.

¿Es entonces el vicepresidente un cargo inútil? ¿Por qué casi todos los países latinoamericanos lo incluyen en su ordenamiento institucional? Quienes lo consideran  prescindible recuerdan que su único propósito natural es el de reemplazar al presidente en caso de vacancia. En algunos casos le agregan funciones, sean delegadas por cada presidente (como en Ecuador) o fijadas en la Constitución.

Es decir, el vicepresidente es un verdadero suplente en el Gobierno. Una debilidad que tiene, paradójicamente, una gran fortaleza: el presidente no puede destituirlo, porque esa función recae exclusivamente en el Congreso.

En esa ambigüedad jurídica el cargo no ha parado de generar conflictos políticos en nuestra región. Un recuento hecho por el investigador Ariel Sribman enumera que, de las 21 presidencias interrumpidas en Latinoamérica entre 1978 y 2016, solo en 12 casos el vicepresidente asumió luego el máximo cargo (como Michel Temer en Brasil cuando reemplazó a Dilma Rousseff). Es decir, en casi la mitad de los casos (un 43%) la vicepresidencia no sirvió para su principal cometido. Además, el académico recuerda que en el 94% de los países latinoamericanos con vicepresidencia han surgido conflictos vinculados con este cargo en al menos una ocasión durante las últimas dos décadas.

Para la constitucionalista ecuatoriana Ximena Ron, la vicepresidencia en términos prácticos no sirve de mucho porque este reemplazo se puede hacer a través de otras figuras. De hecho la misma Constitución lo prevé, que es que el presidente pueda nombrar en caso de una ausencia temporal a su ministro de mayor confianza, lo que guarda mayor lógica.

La abogada también resalta que, al menos en su país, en muy pocas ocasiones se ha visto una fórmula perfecta entre el presidente y el vice. Siempre ha habido alguna relación tensionante entre ellos, lo que hace que para la mayoría el vice sea una especie de amenaza.

Es como dormir con el enemigo, según esta visión conspirativa de la vicepresidencia, encarnada en alguien que está siempre al acecho de ocupar el cargo de su jefe. Pero otra cosa opina Julio Cobos, vicepresidente de Argentina entre 2007 y 2011. Él puede dar fe de lo conflictivo de este cargo: seis meses después de haber asumido, la presidenta Cristina Kirchner lo condenó al ostracismo porque él —como presidente del Senado, el segundo rol que tiene el vice en el país— votó una ley en contra de la voluntad del Gobierno.

Para Cobos, que decidió no renunciar al cargo pese a la guerra interna que le declaró el kirchnerismo, la vicepresidencia es importante. Y con las enseñanzas que le dejó su paso por esa función, propone que el vice sea elegido por los senadores: Para tener el respeto y respaldo del Senado y ser un senador más que le toque votar en determinadas circunstancias, cuando lo quiera y no solo en caso de desempate, como lo prevé hoy nuestra Constitución. Así, según dijo en conversación con CONNECTAS, no se confundiría con la doble función de pertenecer al Poder

La era de las vicepresidentas

En las últimas décadas, a medida que fueron ganando reivindicaciones sociales, las mujeres también obtuvieron más lugares en la política. Y así como llegaron a la presidencia, también lo han hecho en la vicepresidencia. Actualmente, además de Abad, Victoria Villarruel es vice en Argentina, Francia Márquez en Colombia, Beatriz Argimón en Uruguay, Karin Herrera en Guatemala y Raquel Peña en República Dominicana. A ellas hay que sumar a Delcy Rodríguez y Rosario Murillo en las dictaduras de Venezuela y Nicaragua, respectivamente. También fue vicepresidenta la actual mandataria del Perú, Dina Boluarte, quien asumió el poder tras la destitución de Pedro Castillo en 2022.

En algunos de los casos mencionados, la conflictividad de las vices con los presidentes está a la orden del día. Y más que por la batalla de los sexos, por el propio diseño institucional: las (y los) vices se conciben como garantes de estabilidad y continuidad política, lo que provoca chispazos continuos ante algunas decisiones presidenciales que —sienten— ambos deberían consensuar.

No hay que olvidar que la vicepresidencia es una figura originada en la Constitución de Estados Unidos que los países latinoamericanos adoptaron a lo largo del siglo XIX. Lo curioso es que allá rara vez ha sido una fuente de conflictos, pese a que tiene la misma función.

La razón quizá esté en la estabilidad institucional de la que han hecho gala los norteamericanos, pero también en el propio diseño del sistema político de Estados Unidos —según destacó a CONNECTAS Ximena Ron—, donde el vicepresidente es nominado por su partido en las primarias. Esto le da mayor respaldo político y, a su vez, lealtad a la fuerza (demócrata o republicana) que lo puso ahí junto al presidente. En cambio, en nuestros países “es común que el líder o caudillo del partido se autonombre candidato y elija con el mismo criterio poco orgánico al o la vicepresidenta”, completa la constitucionalista.

Por su parte Arturo Ramos, director del Centro de Investigación e Informática Jurídica de México, explica la estabilidad estadounidense en “las tradiciones” y la “cultura política”. “A lo largo de muchas décadas ha habido una colaboración (de la vicepresidencia)”; en cambio, “en el mundo latinoamericano los países que tienen esa figura la ven como una fuente de obstáculos”, sostiene.

Por eso, este experto mexicano respalda que su país haya desterrado el cargo hace más de un siglo, en 1917, tras una larga y violenta serie de enfrentamientos políticos. “Que no tengamos la vicepresidencia me parece que sí ha favorecido una mayor estabilidad”, afirma Ramos. Y lo justifica en que al “eliminar de tajo la posibilidad de que un eventual vicepresidente ocupe la presidencia, nos ha ahorrado muchos problemas”.

Si en casos como el de México (y el de Chile) hay suficientes elementos para no contar con vicepresidentes, ¿por qué la gran mayoría de las naciones latinoamericanas insisten con esta figura? Ron reitera que “en términos prácticos no sirve de mucho, porque este reemplazo se puede hacer a través de otras figuras que la misma Constitución prevé”.

En el mismo sentido, para Ramos “ya no es una figura que responda a las necesidades actuales”. Y en línea con su colega ecuatoriana, sostiene que “cuando encontramos otros modelos para sustituir al presidente, se desdibuja una de las primeras funciones que puede tener la vicepresidencia”.

Sin embargo, volviendo al caso norteamericano, dice que “hay una cierta utilidad desde el punto de vista electoral. Es decir, la vicepresidencia muchas veces sirve para atraer votos para un candidato en la fórmula. Kamala Harris, al ser la candidata a vicepresidenta con Joe Biden, tenía que atraer el voto que en algún momento obtuvo Obama”.

En este caso, la vicepresidencia podría ser un “mal necesario” para la democracia interna de los partidos. Esto en línea con el académico Sribman, quien habla del mal “innecesario” de los vicepresidentes en su análisis y sostiene —apoyado en las cifras— que los sistemas políticos sin vicepresidencia garantizan con igual eficacia la sucesión y la continuidad del Ejecutivo, prescindiendo de la conflictividad asociada a aquella.

Pero cerremos mejor con la palabra de un ex vicepresidente. Para Cobos, la discusión no está en la existencia del cargo, sino en la necesaria convivencia con el presidente. “Se tiene que entender que es una relación de dos. Y el que más vocación tiene que ejercer para mantener esta buena relación es el presidente. Dándole lugar al vicepresidente cuando se ausenta del país y también el poder y la confianza que necesita”.

Leonardo Oliva – Miembro de la Mesa Editorial de Connectas.

Traducción »
     
Sobre María Corina Machado
     
 
Nuestra Señora del Monte Carmelo
   

Recuerdos de las festividades de Nuestra Señora del Monte Carmelo