Rafael Fauquié: Tiempo del viaje

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Existe en la poesía una forma de humana verdad de la cual los hombres siempre podremos aprender, un orden desde donde desentrañar un poco mejor las complicadas formas del mundo. Recuerdo el conocido poema, Ítaca, del griego Constantino Cavafis: el camino de la vida es la aventura junto a la cual un ser humano va construyéndose. El viaje es aprendizaje y viajar una metáfora del vivir.

Transcribo algunos fragmentos de Ítaca: “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca/ pide que el camino sea largo,/ lleno de aventuras, lleno de experiencias/ No temas a los lestrigones ni a los cíclopes/ ni al colérico Poseidón,/ seres tales jamás hallarás en tu camino,/
si tu pensar es elevado, si selecta/ es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo. / Ni a los lestrigones ni a los cíclopes / ni al salvaje Poseidón encontrarás, / si no los llevas dentro de tu alma, si no los yergue tu alma ante ti.  … Que muchas sean las mañanas de verano/ en que llegues -¡con qué placer y alegría!-/ a puertos nunca vistos antes … Ten siempre a Ítaca en tu mente/ Llegar allí es tu destino./ Mas no apresures nunca el viaje./ Mejor que dure muchos años/ y atracar, viejo ya, en la isla,/ enriquecido de cuanto ganaste en el camino…”

El viaje a Ítaca es la aventura del ser humano dentro de un tiempo destinado a colmarlo de experiencias: buenas o malas, productivas o improductivas…  El viaje mismo es el destino, la construcción de esa temporalidad de la que estamos hechos. En el viaje siempre existirán puertos nuevos en los cuales desembarcar, territorios que descubrir, espacios por conquistar, seres por conocer. Y de todo esto es preciso distinguir lo útil de lo inútil, lo que nos fortalece y lo que nos debilita. Se tratará, por sobre todo, de conjurar miedos y reconocer flaquezas; de entender que podemos llegar a ser nuestros peores enemigos, pero, también, que podemos crecer y hacernos más fuertes en la aventura. Dependerá de cada quién vivir plenamente o no vivir. Las elecciones del viaje pertenecen al viajero. Está en él saber aprovecharlo. Se hará fuerte y sabio solo si sus elecciones fueron afortunadas y supo enriquecerse con ellas. Es el gran reto del viaje, el desafío de la vida: ser capaces de crecer al interior de esa realidad que nos impone descubrir lo que ella reserva solo para nosotros.

Al final de  la aventura, el viajero pudiera descubrir, desilusionado, que Ítaca no fue lo que esperaba, que los años transcurridos, y divisados ya desde el final del camino, no resultaron lo que en un lejano comienzo pudo esperarse de ellos. La culpa, dice Cavafis, no será nunca del viaje sino del viajero incapaz de haber sabido aprovechar lo que sus recorridos hubiesen podido darle, incapaz de los aprendizajes que debió adquirir en ellos.

 

Traducción »

Sobre María Corina Machado