Érika Rodríguez Pinzón: Las malas perspectivas para la democracia en américa latina

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Desde que 2020 nos sorprendiera con la pandemia y la limitación de la vida social, nos hemos acostumbrado a vivir un tiempo de sorpresas y sobresaltos históricos.

Quizás lo más increíble de este tiempo sea que, frente a los grandes desafíos, la actitud más popular no es el análisis sosegado, la búsqueda de soluciones basadas en la evidencia o la ciencia, sino la toma de partido.

Hemos mudado las democracias del ágora a la tribuna de un estadio lleno de hooligans.

América Latina no es ajena a la polarización y la limitación de la deliberación política. De hecho, uno de los efectos más preocupantes de 2023 fue la profundización de la erosión democrática en toda la región. Aunque con diferencias entre países.

Por un lado, están aquellos países que hace mucho perdieron la democracia.

Sin cambios reales, Cuba sigue anclada a su régimen caducado.

Venezuela no sólo pone en riesgo la posibilidad de unas elecciones justas, sino que se cobija en una ofensiva extraterritorial, reabriendo el histórico contencioso con Guyana.

Si había algo de lo que podíamos preciarnos los latinoamericanos era de la ausencia de conflictos interestatales en la región. Ya no. Para 2024, sólo queda esperar que un conflicto con tantos países involucrados no escale. Porque nadie está en condiciones de abrir nuevos frentes de confrontación.

En Nicaragua, la Navidad no ha sido tiempo de paz, sino de persecución de la Iglesia católica. Es difícil saber cuál es objetivo del matrimonio Ortega en su carrera represiva, que ya ha conseguido que hasta el Comité Internacional de la Cruz Roja salga del país. Como contraste, en Afganistán sigue operando, incluso tras la llegada de los talibanes.

Por otro lado, crecen los autoritarismos y los ataques a la maltrecha división de poderes.

En Guatemala, la toma de posesión del presidente electo Bernardo Arévalo ha sufrido todo tipo de ataques por parte de una Fiscalía experta en llevar a la cárcel o al destierro a los opositores y críticos con el régimen de Giammattei.

En El Salvador, la represión de las maras ha conseguido seguridad a corto plazo. Pero bajo la envolvente personalidad de su popular presidente se esconde la mayor tasa de encarcelamiento del mundo, la mayoría sin un proceso legal.

El presidente ha buscado también como saltarse la Constitución para alcanzar la reelección. Si las cosas no salen como quiere, siempre tiene la opción de recurrir al ejército. Como ya hiciera hace unos años, cuando amenazó con tomar el Congreso.

Quizás lo más peligroso de este ejemplo sea pensar que la popularidad legitima la destrucción de las instituciones.

La elección de Javier Milei en Argentina camina por un sendero ya recorrido en otros países. Decretos para desmontar el Estado y, si el apoyo parlamentario falla, búsqueda del respaldo plebiscitario. Un coctel muy peligroso para un país roto en dos por la profunda crisis económica y el déficit de gestión.

A pesar de que en Perú no destaca ninguna figura autoritaria, el país tiene una seria fractura democrática. Las protestas de la sierra han disminuido, pero el Gobierno y el Legislativo están encerrados en un laberinto y no encuentran una salida que dé estabilidad al país a largo plazo.

En el resto de la región, las circunstancias no son tan críticas. Pero tampoco amaina el temporal. Según el Informe 2023 sobre el Estado Global de la Democracia de IDEA Internacional, ha habido un continuo declive de los principios democráticos en todo el continente americano.

De hecho, hoy hay más países que presentan un bajo desempeño en todas las categorías del baremo democrático que hace cinco años, aunque la mayoría sigue teniendo un desempeño medio.

Entre las señales más preocupantes están el creciente militarismo, la represión o falta de garantías para la prensa libre, y el asesinato de los defensores de derechos humanos o del medioambiente.

Pero si algo es aún más preocupante es que, en este marco de deterioro, cada vez más personas muestran indiferencia por la democracia.

Los latinoamericanos tenemos muchas razones para desconfiar de nuestros sistemas de gobierno. La inseguridad limita el ejercicio de la libertad, la baja calidad de los servicios públicos lastra la calidad de vida, las expectativas frustradas empujan el éxodo de los jóvenes. La corrupción, mientras tanto, desalienta la fe en lo público.

Sin embargo, seguimos necesitando más y mejor democracia para resolver los problemas. La democracia es y será la respuesta para las brechas estructurales de la región. Porque dicha respuesta debe ser justa, sostenible y de calidad.

Tres vectores que sólo se pueden garantizar en un proceso de garantías jurídicas, participación y deliberación. Y esos son justamente los atributos de la democracia.

Por eso, para 2024, y con un resumen tan sombrío del 2023, hay que destacar un factor de esperanza. En América Latina hay fuertes procesos de movilización ciudadana y de organización de la sociedad civil. Son ciudadanos que siguen esforzándose en su tarea de control del poder y de fortalecimiento de la representación y la participación.

Para el año que empieza, deseémosle mucha salud a los sistemas de contrapeso, a la crítica, la deliberación y la vuelta al ágora de la democracia, donde las ideas distintas construyen. Esa ágora poblada por jóvenes, por activistas, por mujeres, por los que estuvieron olvidados.

Ahí está la esperanza para que dentro de 365 días nuestro balance sea algo más amable.

Profesora de la Universidad Complutense, investigadora del ICEI y Special Advisor del Alto Representante de la Unión Europea.

 

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