¿El progreso es progresista?, por Sebastian Grundberger y Kristin Langguth

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Las cuestiones sociales constituyen un desafío para el centro político. Con la mirada puesta en la realidad, como reclamaba Konrad Adenauer, se trata de combinar eficiencia con sostenibilidad.
El espectro izquierda-derecha viene de la historia. Ambas palabras evocan emociones muy diferentes. La asociación de la izquierda «progresista» con posiciones renovadoras o comprometidas con cambios sociales muchas veces le hace ganar el relato político. Pero, ¿permite esto asociar el progreso a la izquierda? ¿Cómo deben comportarse los partidos de centro y de centroderecha frente a las nuevas demandas de la sociedad? ¿Pueden ser ellos quienes representen una agenda de cambio?

La búsqueda de una definición

Históricamente se ha visto que la división entre izquierda y derecha se remonta a la disposición de los asientos de la Asamblea Nacional francesa (Cámara de Diputados) en 1814. Los partidos que buscaban el cambio político y social se situaban a la izquierda, y los que querían mantener el statu quo, a la derecha. Aunque esta disposición espacial todavía se puede ver en muchos Parlamentos hoy en día, estas son, sobre todo, las divisiones más arraigadas en las posiciones políticas de la sociedad.

Los valores de la izquierda muchas veces se asocian con la igualdad, la justicia y la cercanía (cita de Elisabeth Noelle-Neumann) mientras que la palabra derecha se asocia con la permanencia de un orden establecido, autoridad (o autoritarismo) y lejanía. Ciertamente, acá no se debe olvidar la dimensión económica que diferencia a fuerzas de «derecha» y de «izquierda».

Latinoamérica muestra muy bien que ya no es válida una simple división entre izquierda y derecha según los parámetros tradicionales y sin distinción entre la dimensión sociopolítica y económica. Un ejemplo de ello lo ofrece el presidente peruano Pedro Castillo, quien intenta llevar a cabo una política económica proteccionista y, por tanto, se le percibe como un político de izquierdas. Pero, a la vez, se manifiesta fuertemente en contra de políticas sociales normalmente asociadas a la agenda progresista como el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo.

El presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador es conocido como un político de izquierda, cuando prosigue políticas autoritarias y, por ejemplo, en materia energética, regresivas.

Aquí, la simple búsqueda de definiciones ya no nos basta. Por el hecho de que los problemas de la sociedad y la política son cada vez más complejos, las posiciones políticas ya no pueden encerrarse exclusivamente en casillas unidimensionales, sino que los problemas actuales deben abordarse de forma pragmática.

Cambio de cosmovisiones

 

Ideologías como conservadurismo, liberalismo y socialismo se formaron como cosmovisiones y cada vez sirven menos de orientación en el presente. Sin embargo, como semántica política siguen formando parte de nuestro entendimiento cotidiano y parecen ser indispensables para la comunicación. No paran en temas económicos sino se aplican también a cuestiones desde la reducción de la pobreza y desigualdad hasta nuevos temas como el cambio climático, la agenda feminista o la política de identidad.

Es peligroso cuando izquierda y derecha, «conservadores» y «progresistas», se convierten en tribus políticas que aplauden lo que sea mientras venga de un líder o una lideresa identificado/a con la misma tribu. En América Latina, la «izquierda» se beneficia de ello ocupándose de nuevas demandas sociales, mientras se regaña a los partidos de «derecha» por seguir su política «conservadora» y no tener respuestas al cambio.

¿Conservadurismo moderno?

¿Como pueden romper este ciclo los partidos políticos asociados con el centro o la centroderecha? Una posible pista para dejar de tratar a conservadurismo y progreso como dos términos contrarios, sino más bien complementarios, nos la da Andreas Rödder en su libro Conservadores 21.0. Una agenda para Alemania,  quien aboga por un conservadurismo que no sea hostil al cambio y la modernidad. Por el contrario, ve el cambio y la modernidad como condiciones necesarias para la existencia del conservadurismo.

La tarea de un conservadurismo moderno y reformista, definida según Rödder, es establecer condiciones marco adecuadas y realistas para que, en última instancia, todos los miembros de la sociedad puedan beneficiarse de este cambio. Así, los partidos deben ser conscientes de que la sociedad está sujeta a cambios con el paso de los años.

Para responder a las necesidades de la sociedad es necesario un cierto cambio en la forma de pensar y en la política del partido. El primer paso para esto es mirar la realidad y tomar las nuevas demandas sociales en serio, en lugar de ningunearlas. Como ya sabía el ex canciller alemán Konrad Adenauer, «la política comienza mirando a la realidad». El segundo paso es encontrar respuestas propias a estas demandas. Y el tercer paso es explicar a los ciudadanos que estos partidos tienen respuestas a los temas socioecológicos y sociopolíticos. Respuestas ojalá más eficientes y sobre todo más sostenibles que las que propone la izquierda.

Así, no toda agenda de progreso y de futuro necesariamente tiene que ser «progresista».

 

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