Néstor Francia: COP27 fracaso anunciado

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Cinco frases infelices sobre el cambio climático

Se podría pensar que La COP27 se desarrolla en Egipto bajo la maldición de Tutankamón, si no fuera porque ha habido 26 fracasos antes de ella, la última el muy célebre fiasco de Glasgow en 2021. A la COP27 podríamos aplicarle las palabras de la activista sueca Greta Thunberg antes de la Conferencia en Escocia: “En realidad, nada ha cambiado con respecto a años anteriores. Los líderes dirán, haremos esto y uniremos nuestras fuerzas y lo lograremos, y luego no harán nada. Tal vez algunas cosas simbólicas y contabilidad creativa y cosas que realmente no tengan un gran impacto. Podemos tener tantas COP como queramos, pero nada real saldrá de ellas.” (Hattenstone, Simon. 25 de septiembre de 2021. Interview: The transformation of Greta Thunberg. The Guardian).

A decir verdad, el mundo sí ha cambiado desde 2021: para peor. Hoy las consecuencias del cambio climático se han incrementado y a las casi seis decenas de guerras en el mundo, casi todas locales y civiles, se ha sumado la muy mediática y contaminadora guerra Rusia-USA en Ucrania. Se ha profundizado la crisis económica global con una ayudadita de la pandemia del COVID-19 y el capitalismo se ha fortalecido en medio de su readaptación a las nuevas circunstancias mundiales que le han sido adversas. Ejemplo de esto último es el llamado progresismo latinoamericano, ya domesticado por la ideología socialdemócrata, especie de salvavidas del rozagante capitalismo, mientras en Europa la ultraderecha se fortalece. En importantes países se ha exacerbado la polarización social, como en Estados Unidos y Brasil. Desengáñate, caro lector, seguiremos en nuestro camino hacia el infierno: el colapso es inevitable.

No queda mucho qué decir: los líderes políticos seguirán, en general, con su uso propagandístico del cambio climático y sus acciones de greenwashing. Las grandes corporaciones continuarán financiando a los negacionistas y poniendo el lucro sobre la vida humana. Los intelectuales se mantendrán en sus debates interminables. Los ciudadanos perseverarán en la preocupación por sus urgencias y su postergación de lo más importante. Y yo insistiré, junto a algunos otros, en la necesidad de prepararnos para el apocalipsis.

Propongo ahora un ejercicio de lenguaje. El discurso sobre el cambio climático suele ser revelador de las causas profundas de este desastre. Analicemos algunas frases muy repetidas en estos tiempos confusos, referidas al tema que nos ocupa. Para ello deberé recurrir, eventualmente, al cuestionable expediente de repetirme a mí mismo.

1)  “Salvemos el planeta”. La idea de que el planeta Tierra está en peligro y debe ser salvado por nosotros revela cuán sembrado está en la humanidad el prejuicio antropocéntrico, que supone la equivalencia de la extinción de la especie humana con el fin del planeta. No es cierto que el planeta esté en peligro y haya que salvarlo, no somos tan poderosos ni tan determinantes como pretendemos. El próximo riesgo real para la existencia del planeta Tierra no ocurrirá antes de 5.000 millones de años, cuando el sol se convierta en una enana blanca. Esto causará el fin del planeta: faltan unas cuantas lunas para que eso ocurra, hay Tierra para rato, con o sin nosotros.

2) “Salvemos la vida en el planeta”. Tampoco está en peligro la vida en el planeta, solo la de algunas especies, más bien pocas, incluida la nuestra. La vida en el planeta Tierra no depende, por supuesto, de la existencia de los humanos. Había vida mucho antes de que apareciéramos y seguramente seguirá habiendo, si nos extinguimos. Algunos ecologistas sostienen que sin la presencia de los mayores depredadores (nosotros), es muy probable que la vida prospere como nunca. El humano, en su craso error antropocéntrico, se suele definir a sí mismo como la “especie dominante” ¿Dominante de qué y por qué? ¿Con que criterios se define a una especie como dominante? Los científicos difieren en estos asuntos. Si es por la cuantía, una especie candidata al “puesto de honor” serían los insectos, que hoy son la forma de vida desarrollada más cuantiosa. La experta Kate Jones, reconocida zoóloga inglesa, profesora de Ecología y Diversidad en la Universidad de Londres (University College of London) sostiene que, si vamos a medir el dominio en términos de números, entonces los verdaderos ganadores son organismos mucho, mucho más pequeños: “Yo creo que la especie dominante ha sido, sigue siendo y probablemente siempre sea el microbio” (1). Según Jones, no solo se debe a su número y biomasa, sino a que viven en todo tipo de hábitat en la Tierra, desde la Antártida y el Ártico hasta respiraderos en el fondo del mar. También existen desde mucho antes que nosotros: aparecieron hace unos 3.500 millones de años, mientras que el humano moderno (homo sapiens sapiens) hace apenas unos 150.000. En nuestros cuerpos hay más bacterias y otros microbios que células humanas. Debido a su demostrada resistencia, lo más probable es que sobrevivan a una eventual extinción de nuestra especie. Jones agrega que también es posible que la evolución genere nuevas especies grandes, si el humano desaparece: “Creo que sería una especie que pueda adaptarse a las nuevas condiciones, por ejemplo, algo que pueda comer plástico” (2).

3) “El cambio climático se debe a causas naturales”. Esta frase es una equivocación en su intención, pero en sentido estricto es verdadera y obvia. Me explico: uno de los errores más influyentes de nuestra civilización fracasada es el que deriva de la absurda idea de que el humano y la naturaleza son entidades distintas y hasta contrapuestas. Está demostrado que el factor antropogénico es decisivo en el actual cambio climático. El desconocimiento de esta realidad harto demostrada por la ciencia es uno de los planteamientos principales de los sectores negacionistas, la mayoría de ellos vinculados a la ultraderecha y al financiamiento de las corporaciones petroleras y otros factores del capital. Por otro lado, la pretensión de que la cultura y la civilización humanas no son hechos naturales es una muestra de la vanidad de esta especie infinitesimal en el conjunto del universo, que desde tiempos inmemoriales se ha creído privilegiada y separada del devenir natural. O sea que sí, el cambio climático tiene causas naturales, y una de las más determinantes de esas causas es la especie animal más depredadora y autodestructiva del planeta: la especie humana. Somos naturaleza y nada más.

4)  “No cambiemos el clima, cambiemos el sistema”. La idea marxista (no de Marx, sino de sus seguidores autoproclamados como sus legatarios) de que el capitalismo es causa de todos los males es contraria a la realidad: el capitalismo no es causa sino consecuencia de todos los males acumulados en la larga y deleznable historia de la humanidad. El capitalismo es la fase superior de la civilización fracasada, es un cáncer terminal y metastásico de esa civilización. La idea de que para conjurar el cambio climático primero se debe superar el capitalismo y desarrollar el socialismo es parte de la cualidad utópica del pensamiento humano. El socialismo es una hipótesis seductora, una entelequia, un deseo voluntarista ¿Es posible el socialismo? Tal vez sí ¿Es probable? No por ahora. En primer lugar, la variopinta izquierda socialista no se pone de acuerdo sobre cuál es la vía para derrocar al capitalismo y además, lo que es más difícil, sobre cómo construir su utopía una vez que accede a algún gobierno. Pero hay algo más cuesta arriba: el capitalismo es aún demasiado fuerte para pensar que tiene alguna fecha próxima de caducidad. De acuerdo a la duración histórica del esclavismo y el feudalismo, el capitalismo es muy joven, se ha instaurado hace menos de 300 años, siendo que el esclavismo, como modelo económico dominante, surgió desde los albores de la historia, hace alrededor de 5.000 años, y comenzó a declinar aproximadamente en el año 500 d.C., manteniéndose sus rezagos por mucho tiempo más. El feudalismo perduró durante toda la Edad Media, desde el siglo VI hasta el siglo XVIII, es decir alrededor de 1.200 años. En la actualidad, el capitalismo está mostrando gran capacidad de resiliencia y adaptación, superando los experimentos marxistas en Rusia y en China, en el siglo XX, y obligando a varios intentos socialistas del siglo XXI a reinsertarse en el modelo predominante del capital privado. De manera que quien plantee que el cambio climático solo será revertido si se instaura el socialismo, practica una forma de negacionismo, o en todo caso quiere arrimar la sardina a las brasas de sus intereses políticos pragmáticos inmediatos. En mi opinión el colapso climático es inevitable y hay que prepararse para resistirlo, no hay otra cosa qué hacer más importante que esa.

5) “La madre Tierra nos necesita”. Falso, nunca nos ha necesitado. De hecho, la edad de la Tierra se calcula en unos 4.500 millones de años, casi todos transcurridos sin la presencia de la especie humana (que lleva aquí apenas un nanosegundo de ese tiempo, 150.000 años). La frase mencionada tiene la misma raíz de esta otra: “respetemos los derechos de la madre Tierra”. La Tierra no es humana, no tiene derechos, ni deberes, ni necesidades, no es buena ni mala, es fuerte y perfecta, ya que la naturaleza toda es perfecta. La naturaleza, y la Tierra como manifestación de ella, hacen lo que hacen sin intención ni planificación. La consideración moral es exclusiva de los humanos, tanto como la vergüenza, el ocultamiento del sexo, la medición del tiempo y otras facultades o características que nos son propias.

 

Habría que reconocerlo sin tapujos: somos una especie esencialmente depredadora y autodestructiva, es esa la razón profunda de todos nuestros males, entre ellos el surgimiento del esclavismo, del feudalismo, del capitalismo y del cambio climático. Siempre hemos sido así, como lo testimonia la bióloga molecular estadounidense Beth Shapiro, especializada en el análisis de ADN antiguo: “En Europa, Asia y América, la llegada del ser humano y las extinciones de la megafauna local tuvieron lugar en periodos de cataclismo climático, lo que dio pie a décadas de debate sobre el nivel de culpabilidad de estas dos fuerzas en las extinciones de la megafauna. Sin embargo, las pruebas de nuestra culpabilidad proceden de Australia, donde se registraron las primeras extinciones vinculadas al ser humano, y de las islas, donde han tenido lugar algunas de las más recientes causadas por humanos -el moa de Aotearoa (Nueva Zelanda) y el dodo de Mauricio se han extinguido en los últimos siglos-. Las extinciones en Australia y otras en islas en tiempos más recientes no tuvieron lugar en periodos de cambios climáticos importantes, como tampoco sucede con las extinciones registradas durante fenómenos climáticos más antiguos. Dichas extinciones, en cambio, igual que las de otros continentes, son consecuencia de cambios en el hábitat local provocados por la aparición del ser humano. En nuestra fase más antigua de interacción con la vida salvaje, ya habíamos empezado a determinar el destino evolutivo de otras especies” (3).

Y acota Elizabeth Kolbert, periodista estadounidense, conocida por su libro “La sexta extinción” y ganadora del premio Pulitzer en 2015: “La última gran masa de tierra colonizada por ellos (N.A.: los humanos) fue Nueva Zelanda, a la que los polinesios llegaron alrededor de 1300, probablemente procedentes de las islas de la Sociedad. En aquel tiempo, en las islas Norte y Sur de Nueva Zelanda había nueve especies de moa, un ave similar al avestruz que alcanzaba casi el tamaño de una jirafa. Al cabo de pocos siglos, todos los moas habían desaparecido. En este caso, la causa de su extinción está clara: fueron masacrados” (4).

Todas esas desgracias han sido posibles porque la especie humana tiene un defecto de fábrica. Es lo que en el cristianismo se llama “pecado original” y en el brahmanismo “los velos de la conciencia”. En el Popol Vuh, los creadores Tepeu y Gucumatz castigan a sus criaturas, los hombres de maíz, lanzándoles un vaho en los ojos que los convierte en miopes para siempre. Eso somos, debemos reconocerlo y esas características las hemos exacerbado construyendo, a lo largo de la historia, la civilización fracasada que nos conduce al abismo.

Lo que nos ocurre hoy es el fruto de nuestra vanidad, soberbia y prepotencia, allá quien permita que le sigan dorando la píldora los mercaderes de sueños. Ciertamente, también tiene el humano propiedades sublimes: el arte, el amor, la religiosidad, el altruismo. Pero estas joyas de la existencia son oasis, rayos instantáneos. Los humanos nos hemos decantado por la oscuridad y en ella marchamos a ciegas. Solo si rescatáramos esas sublimes flores que reposan en lo profundo del alma, podríamos construir una nueva civilización de justicia, fraternidad y paz. Pero, viendo las cosas como van, creo que ese desiderátum más se aleja mientras más pretendemos acercarnos.

A pesar de todo, esta es nuestra especie, la de nuestros hijos y nietos. Tenemos el deber natural de cuidarla, de protegerla. Por ello propongo prepararnos para las desgracias que nos acechan, para sobrevivir, para minimizar el dolor.

Notas

(1)  En “¿Cuál será la especie dominante si los humanos nos extinguimos?”. BBC Mundo. 07/05/2020.

(2)  Ibid.

(3)  Shapiro, Beth. “Nuestro impacto evolutivo”, en  El libro del clima, creado por Greta Thunberg, editorial Lumen, 2022

(4)  Kolbert, Elizabeth. “Civilización y extinción”, en  El libro del clima, creado por Greta Thunberg, editorial Lumen, 2022

 

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