Rafael Fauquié: Individuos “privatizados”  

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En un ensayo que lleva por título “El individuo privatizado”, el filósofo Cornelius Castoriadis sostiene que solo a partir de una educación que enfatice en la autonomía del estudiante será posible la construcción de mejores sociedades, de sociedades perfectibles.

En el caso del ser humano, autonomía significa la capacidad de actuar y decidir por cuentra propia; en el de una sociedad, autonomía significa su potestad de ofrecer respuestas a las necesidades de todos, su capacidad de cuestionarse y corregirse permanentemente, su manera de permitir la participación de sus ciudadanos.

Castoriadis establece muy estrechas relaciones entre la autonomía de una sociedad democrática y la autonomía de un ser humano capaz de conocerse a sí mismo y de interrogarse sobre el sentido y utilidad de sus aprendizajes. “Todo lo que ocurre durante la vida de un individuo contribuye a formarlo y a deformarlo”, dice Castoriadis. El desafío de una verdadera educación, de una educación humanamente necesaria, será, pues, el de la formación integral de la persona; su posibilidad de hacer del ser humano un individuo capaz de decidir por sí mismo, de saber qué quiere y qué no quiere, de conocer lo que puede y no puede hacer, de construirse junto a sus aptitudes y principios.

 

Una educación contraria a la propuesta por Castoriadis, limitada únicamente a la instrucción y al desarrollo de habilidades ténicas del estudiante, abocada a la especialización temprana de seres prontamente destinados a un mercado de trabajo, ajena a todo propósito ético y a toda finalidad humanamente formativa, incidirá en la proliferación de esos individuos a quienes  Castoriadis define de “privatizados”: seres encerrados en su ínfima realidad personal, indiferentes por completo a la realidad que los entorna, ajenos a preocupaciones políticas y, en general, a cuanto no se relacione con su pequieña parcela de bienestar; personajes clandestinos en su pequeñez y su clausurado egoísmo, incapaces de ver más allá de su mínima sombra.

Castoriadis es contundente: la singularidad humana está llamada a formar parte de esa realidad colectiva en la cual se desenvuelve. Toda acciòn, todo ideal, toda esperanza de la persona está destinada, de una u otra manera, a relacionarse con la otredad. Una otredad donde el yo y los otros se encuentren y complementen.

 

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