Marina Ayala: Nunca más

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Toda sociedad que ha sido subyugada por una dictadura, queda con terribles marcas en su esencia. Trastocados en nuestras maneras de ser no podremos volver a ser lo que una vez fuimos. Dolor, rabia, impotencia, humillación y odio van a predominar en un clima que se torna pesado y dificulta la respiración y el libre crecimiento. Podemos negarlo y hacernos los locos creyendo que se puede olvidar y perdonar. No es así hay actos que no se perdonan ni maltratos que se olvidan, con esas sombras grises viviremos y se manifestará el malestar en los actos más cotidianos e importantes de nuestra interrelación con los otros. Esas ideologías que pretenden reglamentar y conducirnos a esencias angelicales impolutas son muy peligrosas para la salud y de paso para la salud de las sociedades de los impostores.

Es necesario facilitar un dispositivo de justicia para darle escape a la presión causada por la injusticia y los asesinatos cometidos por los dictadores. En América Latina hemos sufrido dictaduras militares muy sangrientas, por mucho tiempo. Militares que actúan con descaro e impunidad porque antes de comenzar la masacre se aseguraron de terminar con la autonomía de las instituciones y sobre todo con los órganos encargados de administrar justicia. Entre los años 1989-1991 se llevó a cabo un juicio por la voluntad de actores sociales de diferentes nacionalidades. La finalidad era investigar las causas de tanta impunidad. Se tuvo la oportunidad de recibir las denuncias que presentaron los diferentes movimientos sociales. Se coincidió siempre y en cada sesión en la fragilidad de los instrumentos internacionales en relación a la defensa y protección de los derechos humanos. A este tribunal se le llamó (Tribunal Permanente de los Pueblos).

Se concentraron las denuncias no solo en el horror de los asesinatos, torturas y desapariciones sino también en las condiciones infrahumanas en las cuales son empujadas grandes sectores de la sociedad, derechos económicos y sociales. Se le dijo un basta a la impunidad y se sentó un antecedente que frene el poder desmedido y perverso. Había un lugar donde acudir por justicia, no un confesionario donde expiar por un pecado de odio. Esta es la única vía para pacificar una sociedad herida, la justicia. Ver la película “Argentina 1985” que se trata del juicio que se le siguió a Videla y sus secuaces, condenados a cadena perpetua por el esfuerzo, constancia de los fiscales del caso, es quedar profundamente conmovidos y más si se ha vivido bajo un gobierno maltratador.

 

También se les dijo “nunca más”. Se analizaron las medidas pertinentes para minimizar los riesgos de retorno, la normalización de la violencia y la destrucción del tejido social. Reconocer e imponer la verdad no era suficiente había que volver a fortalecer las instituciones para poder lograr la reconciliación, la justicia y la democracia.

Se sigue en esa lucha que no termina, porque la democracia no admite descanso. A Videla se le lleva a juicio en 1985 y Pinochet en 1992 es apresado en Londres siendo liberado 503 días después. Perder la democracia es terriblemente cruel y la justicia se nos escapa con gran habilidad de entre las manos. Ahora tenemos a Putin masacrando a todo un pueblo, la historia no tiene porqué ser distinta, serán años para poder hacer un mínimo de justicia. ¡Ah mundo!

 

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