Luis Esteban G. Manrique: India, China y Pakistán, un triángulo nuclear volátil

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Las inundaciones que sumergieron este verano un tercio del territorio paquistaní en Sind y el delta del Indo, desplazando a unas 300.000 personas, arruinando cosechas  y provocando daños que podrían superar los 20.000 millones de dólares, provocaron un raro gesto amistoso de India hacia Pakistán, su némesis histórico desde la partición del Raj británico en 1947 y con el que ha librado dos guerras y decenas de escaramuzas fronterizas en Jammu y Cachemira.

Tras conocerse la magnitud del desastre, el primer ministro indio, Narendra Modi, expresó en Twitter su esperanza de que pronto todo volviera la normalidad. Su homólogo paquistaní, Shehbaz Sharif, el político más pro-indio del país, agradeció sus deseos, invocando la ayuda divina (Insha’Allah) para ambas naciones. Pero el deshielo duró poco.

Islamabad ha recibido ayuda humanitaria de Estados Unidos, Japón, China y Arabia Saudí, entre otros países, pero no de India. En Nueva York, donde asistía a las sesiones de la Asamblea General de la ONU, el ministro de Exteriores, Bilawal Bhutto Zardari, declaró que Pakistán no había pedido nada a India y que tampoco lo esperaba.

Heridas abiertas

La frontera entre las provincias indias de Jammu y Cachemira con el Punjab occidental paquistaní es una de las más militarizadas de Asia. Durante la partición, quizá más de 14 millones de hindúes y musulmanes se vieron obligados a abandonar sus hogares y pueblos para refugiarse en el país vecino en el que eran mayoría. Las heridas, en realidad, nunca cerraron entre dos países que están entre los 10 más poblados del mundo, sumando juntos casi 1.600 millones de habitantes en una superficie de cuatro millones de kilómetros cuadrados.

Hasta hoy, un zona de los Himalayas de gran belleza natural está mutilada y dividida por fortificaciones de concreto y alambres de espino y su población condenada a todo tipo de imposiciones. Durante la partición, Londres barajó una Cachemira independiente, una salida que Nueva Delhi no podía permitir. Si la zona, donde por entonces el 92% eran musulmanes, terminaba en manos de Islamabad,  India perdería las montañas del Hindú Kush, su mayor barrera de defensa natural.

El nacional-hinduismo del oficialista Bharatiya Janata Party (BJP), por otra parte, es ferozmente anti-islámico. India alberga a 200 millones de musulmanes, más que ningún otro país fuera de Indonesia. Gran parte de ellos viven en guetos urbanos donde los límites de segregación son informales pero evidentes. En septiembre, el gobierno ilegalizó a ocho organizaciones islámicas, entre ellos el Consejo de Imanes indios, y detuvo a dos centenares de sus miembros, acusados de presuntos vínculos con grupos terroristas.

En esas condiciones, cualquier fricción puede encender las llamas en la “línea de control” de la frontera, trazada arbitrariamente por sir Cyril Radcliffe en el verano de 1947. Por entonces, a Lahore, capital del Punjab, la separaba de la india Amritsar, ciudad santa de los sijs, un viaje de pocas horas. En febrero de 2019, un ataque terrorista suicida en Pulwama (Cachemira), que reivindicó el grupo Jaish-e-Mohammed, provocó un ataque aéreo indio de represalia a la ciudad paquistaní de Balakot, desde la que operaban los islamistas.

El fuego antiaéreo paquistaní derribó a un caza indio. La liberación de su piloto pocos días después distendió la crisis, que dejó en evidencia la volatilidad geopolítica que reina en el techo del mundo, donde convergen las fronteras de tres potencias nucleares, incluida China, que ocupa Aksai Chin, un enorme desierto de sal que une Tíbet y Xinjang y que reclama India en la frontera más extensa del mundo sin demarcar.

En 2019, Modi –elegido en 2014 y reelegido en 2019– revocó unilateralmente la autonomía constitucional de Jammu y Cachemira, poniéndolas bajo administración directa de Nueva Delhi. Islamabad, sin embargo, casi no reaccionó.

Doctrinas nucleares

Tras la guerra indo-paquistaní de 1971 que terminó con la independencia de Bangladesh y la rendición de Pakistán, que perdió un tercio de su ejército, Islamabad se convenció de que solo un arsenal nuclear podía contrarrestar la abrumadora superioridad convencional india. En 1998 realizó sus primeras pruebas atómicas.

India emprendió su programa nuclear tras los ensayos nucleares chinos en el desierto de Lop Nor, en Xinjinag en 1964. En 1974 realizó su primera prueba atómica. La condena y sanciones de EEUU y sus aliados obligaron a India, que no es signatario del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares, a congelar su desarrollo atómico. En 1998, sin embargo, después de que aumentara la cooperación militar entre Islamabad y Pekín, India realizó cinco pruebas atómicas y Pakistán seis.

En 2006 George W. Bush y el entonces primer ministro indio, Manmohan Singh, firmaron un acuerdo de cooperación nuclear que dio a India acceso a tecnología atómica estadounidense a cambio de que India separara sus programas atómicos militares y civiles y aceptara las inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y que reconoció de facto a India como potencia nuclear.

 

La doctrina nuclear india se basa en un poder disuasivo creíble y en una política de no primer uso. Su arsenal está bajo control civil y las cabezas nucleares separadas de los misiles. India no ha integrado esas armas en sus estrategias militares. La doctrina nuclear oficial paquistaní, por el contrario, fija como imperativo la supervivencia del Estado e infligir al enemigo un “daño inaceptable”, algo que en principio no descarta ataques preventivos.

Autoconfianza india

Muchas cosas, sin embargo, se mueven debajo de la mesa. En febrero de 2021, los mandos militares indios y paquistaníes emitieron una inhabitual declaración conjunta para renovar el cese de fuego en la línea de control. India ha permitido, por primera vez, a fuerzas antiterroristas paquistaníes entrenarse con las suyas y las de otros países miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en su propio territorio. Pese a que los aranceles indios a las importaciones paquistaníes rondan de media el 200%, el comercio bilateral está aumentando poco a poco.

Según escribe Sumit Ganguly en Foreign Policy, los vínculos se están enrumbando en una trayectoria alentadora, entre otras cosas por la creciente autoconfianza de la política exterior de India, hoy cortejada por EEUU y sus adversarios: China y Rusia. El FMI prevé que este año India crecerá un 7,5%, más que ninguna otra gran economía mundial. Con sus actuales 1.200 millones de líneas móviles, prácticamente todos los indios, la sexta parte de la población mundial, disponen  de una. En EEUU, 60 de los directores ejecutivos de las 500 mayores compañías de la lista de Forbes son indios, entre ellos Sundar Pichai de Google.

Apple va a comenzar a fabricar su iPhone 14 en India, en las plantas que tres compañías taiwanesas: Foxconn, Pegatron y Wistron tienen en Tamil Nadu. JPMorgan calcula que en 2025 el 25% de sus nuevos teléfonos dirán “Designed by Apple in California. Assembled in India”. El gobierno de Modi se ha fijado como objetivo que las manufacturas represente el 25% del PIB en 2025, frente al 15% actual para, entre otras cosas, reducir sus importaciones de China.

Pakistán tiene también razones para distender sus relaciones con India. También para mitigar su dependencia de China, que ha invertido en grandes proyectos de infraestructuras como el puerto de Gwadar en el marco la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Además, a Islamabad le interesa reconstruir sus puentes con EEUU, lo que pasa por el deshielo con India, pieza clave de la estrategia del Pentágono en el Indo-Pacífico.

Hasta su destitución en abril, el ex primer ministro paquistaní, Imran Khan, había conducido una política exterior muy inclinada hacia Pekín y Moscú. El 24 de febrero, el mismo día en que Rusia invadió Ucrania, Putin recibió en el Kremlin a Khan, el primer líder paquistaní en visitar Moscú en más de 20 años. En una de sus primeras declaraciones, en cambio, su sucesor, Shehbaz Sharif, dijo que “la paz con India” sería una de sus prioridades.

Según escribe Tanvi Madan en Foreign Affairs, la inicial cautela de India ante la invasión rusa se debió a su temor a que Moscú abandonara su neutralidad y se inclinara a favor de China en caso de nueva crisis fronteriza. En junio de 2020, fuerzas indias y chinas se enfrentaron en el valle de Galwan en Ladakh, en un choque que se cobró las vidas de 20 soldados indios y al menos de cuatro chinos, las primeras bajas militares en 45 años.

En la cumbre de la OCS en Samarcanda (Uzbekistán), Modi evitó reunirse con el presidente chino, Xi Jinping, para dejar claro que no está dispuesto a reanudar las relaciones como si nada hubiese pasado en Ladakh, donde la “línea de control” se parece cada vez más a la que separa India de Pakistán.

Tíbet y el Dalái Lama

Desde 1951, cuando la República Popular se anexionó Tíbet, Nueva Delhi percibe a China como una potencial amenaza militar. En 1959, tras las revueltas antichinas en Lhasa y su brutal represión, el Dalái Lama, líder del budismo tibetano, cruzó los Himalayas a pie hacia India acompañado por unos 80.000 tibetanos.

Tenzin Gyatso, decimocuarto Dalái Lama, fue declarado jefe de gobierno en el exilio en noviembre de 1959 en Dharamsala, donde reside desde entonces. Modi ha hecho públicas sus conversaciones con él pese a la molestia que causa a Pekín cualquier contacto oficial de autoridades extranjeras con el Dalái Lama, pese a que en marzo de 2011 renunció a todos los cargos políticos en el gobierno tibetano en el exilio, para quedar solo como un “simple monje budista” .

En octubre de 2020 India firmó con EEUU un acuerdo de inteligencia geoespacial y ha venido realizando maniobras militares conjuntas con sus tropas de montaña en el Himalaya y en el Índico con sus socios del Quad: EEUU, Japón y Australia. El ministro de Exteriores indio, Subrahmanyam Jainshankar, ha apoyado los informes críticos del Consejo de Derechos Humanos de la ONU sobre la situación de la minoría uigur en la provincia china de Xinjiang y criticado la militarización del estrecho de Taiwán. Según Vijay Gokhale, exministro de Exteriores indio, las relaciones bilaterales serán, al menos en plazos previsibles, de “coexistencia armada”.

 

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