José Rafael Herrera: Ser y tiempo

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La conciencia contemporánea parece hallarse embotada a causa de la hegemonía del nominalismo y del subjetivismo reinantes, aunque traten de ocultar sus osamentas revistiéndolas con las pompas de la “ciencia”, el “método” y la “objetividad”. Ambas doctrinas emergieron como “los” modelos de representación epistémica por excelencia de la racionalidad instrumental moderna y contemporánea. Su victoria y consecuente hegemonía mundial siempre han pretendido simular sus fundamentos teológico-políticos, a pesar del fuerte vaho de fanatismo religioso que transpiran, cuyas emanaciones dejan colar el pestilente tufillo bajo las plisadas naguas. Antes bien, se presentan como la “antítesis” de toda positividad, de toda fe, de todo dogma religioso, y hasta suelen trazar “rigurosos criterios de demarcación” entre lo uno y lo otro. Son ellas las que están a cargo, las que han terminado moldeando la voluntad y la representación del ser y el tiempo de este menesteroso presente.

Afirma Aristóteles que “el ser se dice de muchas maneras”. También es suya la afirmación según la cual “el tiempo es medida del movimiento entre dos instantes”. De manera que el “puro” ser sería la nada sin la continua existencia de sus “muchas maneras” que se suceden en sus muchos “instantes”, cabe decir, sin el irse haciendo para ir siendo. El ser crece y concrece a cada instante. Se niega a sí mismo para reafirmarse, Es, como dice Hegel, en cuanto que deviene. Y si no deviene no es, porque al detenerse dejaría de ser. De ahí que no sea un despropósito concluir que ser es hacer y, por eso mismo, un constante hacer-se. No existe tal cosa como el ser “puro”, una abstracción ajena a la existencia. La pureza del ser está en la impureza de su devenir. Por eso mismo, no existe tal cosa como “el ser venezolano”, si por ser venezolano se entiende -mas no se comprende- una esencia “pura”, inmaculada y ahistórica, hecha de arpa, cuatro, maracas y “Alma Llanera”, arepas, cachapas y hallacas. Mucho menos por la simple presuposición de que “los venezolanos somos así: ¡chéveres!”. Todas estas son puras abstracciones, genericidades que hace mucho perdieron todo contenido y  significado. Uno de los mayores equívocos de los folcloristas -e incluso de muchos cronistas- consiste en la pretensión de instituir una serie de fenómenos determinados por sus circunstancias históricas específicas como si se tratara de valores trascendentales, de universales absolutos.

Una objetivación del ser -o incluso varias- no es “todo” el ser. Ni un determinado tiempo es todos los tiempos. “No nos contentamos con que se nos enseñe una bellota cuando lo que queremos ver ante nosotros es un roble”, advierte, no sin énfasis, Hegel en su Ciencia de la experiencia de la conciencia. Y, en efecto, “el comienzo de un nuevo espíritu es el producto de una larga transformación de múltiples y variadas formas de cultura, la recompensa de un camino muy sinuoso y de esfuerzos y desvelos no menos arduos y diversos. Es el todo que retorna a sí mismo saliendo de la sucesión y de su extensión, convertido en el concepto simple de este todo. Pero la realidad de este todo simple consiste en que aquellas configuraciones convertidas en momentos vuelven a desarrollarse y se dan una nueva configuración, pero ya en su nuevo elemento y con el sentido que de este modo adquieren”.

Insistir en la búsqueda del “verdadero ser” de “lo venezolano”, que cual volátil “cosa en sí” o “noúmeno” se esconde, se oculta, no se deja ver ni percibir, pero que, en todo caso, “está ahí”, en una supuesta “venezolanidad” que a veces -de vez en cuando- puede “revelársele” a los “puros de corazón” en plena degustación de un “pabellón con barandas”, como si se tratara de un neón intermitente, una extraña lucecita ultravioleta que misteriosamente titila entre las boscosas “sendas perdidas” del Ávila, es una estafa, un cuento “ontológico”, un eufemismo mítico que oculta, una vez más, el imperio nominalista y subjetivista. Los daños causados por la doctrina positivista en Venezuela son incalculables. Y puestos en una balanza, los platillos de la barbarie y de la civilización comienzan a confundirse, a perder su especificidad, trastocando sus magnitudes, su peso y su ubicación, haciéndose irreconocibles. Y es justo a partir de semejante confusión que el “bochinche” del que hablaba Miranda permite comprender al ser y al tiempo de una nación cuya historia de 212 años se reduce a 40, de los cuales, por lo menos 15, dieron claros indicios del acecho de una inminente crisis orgánica.

 

Que un grupo de gángsters, cabe decir, una asociación de malandros, civiles y militares con calculados y premeditados fines de lucro, se haya apoderado de Venezuela durante los últimos 22 años, no es obra del acaso. Este tiempo no es un “entre paréntesis” en medio del “glorioso” e “inmarcesible” ser venezolano que se vende en los rimbombantes y carnestolendos desfiles del Paseo Los Próceres. Es, en todo caso, su inevitable consecuencia. Si se observa con la necesaria y prudente objetividad –nec ridere, nec lugere-, toda la burocracia del régimen es, en sí misma, un fraude, plagado de funcionarios que, en condiciones medianamente aceptables, nunca hubiesen podido alcanzar posiciones y cargos como los que ostentan. Un presidente y un gabinete confeccionado con los retazos dejados a su paso por la mediocridad, incluso de la mediocridad académica. Toda una colcha que bien podría servir de pabellón o estandarte de un barco de piratas. Y no se diga de los “méritos” del Poder Judicial. En cualquier país medianamente decente los “honorables magistrados” y “jueces” no vestirían togas sino overoles naranja. Ni se diga de los asambleístas. Robespierre y Dantón se horrorizarían de semejante maraña de un lumpen de indescifrable medianía.

Dice un refrán popular que “los mochos se juntan para rascarse”. En Venezuela, la llamada “razón ilustrada”, devenida positivismo y, más tarde, izquierdismo populista, forjó el ser y el tiempo presentes. Estas son sus consecuencias, los lodos de sus aguas descompuestas. La lucha por reivindicar el mérito como modo de vida  no depende de la invocación de falsas fantasmagorías esencialistas, ni de que las misteriosas “fuerzas ocultas” del mercado se manifiesten y hagan su revelación, sino de la reconstrucción del tejido de la condición ciudadana. La posibilidad de resarcirse, de dar auténtico valor y significado concreto al ser en un tiempo de civilidad republicana, que lograron hacer de Venezuela una referencia de y para su ser social y su tiempo histórico, solo puede ser posible mediante la decidida voluntad -Virtù- de construir un nuevo consenso, un nuevo e innovador «bloque histórico», fundamentado en la idea ética y estética de que las cosas solo se conquistan con trabajo, con esfuerzo, con dedicación y constancia. La pobreza es resultado de la corrupción del Espíritu de un pueblo. Una sociedad que promueve el populismo termina en la mediocridad y, consecuentemente, en su “fase superior”: la gansterilidad.

@jrherreraucv

 

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