Rafael del Naranco: El amor hace niños a los dioses 

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De  las “Memorias de Adriano” de ​Marguerite Yourcenar,  sustraigo el recuerdo a conciencia del doblamiento del propio tiempo,  el  mismo que nos empuja a entender un texto cuya razón es trenzar un itinerario puntual, a manera las nubes o las sombras, es decir, la mortaja de la que  solemos estar revestidos desde el mismo principio de la aurora de la vida.

La primera frase de la autora de “Cuadernos del Norte” ubicada en la conciencia de emperador, años antes de saber si terminaría el libro, ha sido una frase en un cuaderno escolar de rayas en 1934.

“El andaluz de Bética está solo  – más que eso, solísimo – mientras mira los astros subidos a la atalaya de su melancolía interior”.

Recuerda en esos instantes dubitativos a Catón el viejo, el hombre de la guerra del Cartago cuya sabiduría le hizo comprender los designios de los arcanos del nirvana y saber que nadie es un destino, sino un fin perecedero.

Y así se habló Adriano, dueño del mundo conocido, para  poder escuchar su propia voz entristecida:

“Empiezo a percibir el perfil de la muerte”.

La Parca que divisa al trasluz el emperador no es un mal presagio, ya que en Antioquia conocerá Antínoo, su imberbe amante, y sabrá que la pasión es el olvido del yo.

 

En ese punto, Yourcenar, igual a Feuerbach, comprendió que el cosmos se construye de espacio y tiempo,  imprimiendo   el propio duermevela que nos marca   el camino a seguir.

Aun así, el sublime Adriano llegó a saber –   al salir de consultar a su médico Hermógenes – que uno solamente se desvanece de su propia naturaleza cuando se va descomponiendo dentro de una esfera de cristal de Murano, sino ante la mirada arrebatadora del amor.

Considerables años después,  Martin Heidegger, el hombre adherido al Nacional Socialismo de Adolf Hitler, anunciaba el fin de la filosofía y el humanismo con el   galimatías de una frase: “Todo ser es el ser. Y el ser es el ser”.

Cuando esa expresión   se elevó sobre el propio espíritu, todos nos vimos obligados a entregarnos a otros miedos a sabiendas que la Nota: inseparable pasión amorosa,  se estrellaría sin compensación sobre el itinerario sanguinario del terrorífico   Holocausto.

Nota: El sentimiento del título de esta corta cuartilla, más que un rotulo, es una victoria del amor por encima de la comisura que cubre la propia existencia.

rnaranco@hotmail.com

 

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