Carlos Ñáñez: Venezuela, el país de los cupos y los dólares bonitos

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 Ser hombre es ser libre. El sentido de la historia es que nos convirtamos realmente en hombres. Karl Jaspers.

Venezuela un pujante país en el norte de América Latina, otrora paradigma del mundo en desarrollo atraviesa hoy su más compleja crisis estructural, una semejante a la Guerra Federal, ese conflicto civil que fracturase muestra realidad en materia histórica y social, comprometiéndonos a referenciarla junto a la Independencia, jamás el país había estado peor gestionado. Nicolás Maduro será recordado como el peor presidente después de Julián Castro, no conforme con haber heredado de su padre ideológico -a quien por cierto cada vez se le recuerda menos-  bajo su impertérrita mirada inmortalizada en cuanto adefesio se levanta en el país, se utiliza el dólar como moneda de facto, después de haber vivido una espantosa hiperinflación que dejó a toda la sociedad sumida en una horrida miseria material, del logo y del espíritu, que comenzó a manosearse desde aquel Volkswagen modelo escarabajo, de un ígneo color rojo, con el cual aquel teniente alzado, de cara pintada lograba seducir a todo un país, incluyendo a sus élites económicas, artísticas, académicas y ciudadanas es así como opera el populismo, urde complejas redes de conexión entre las cuales se suele extraviar la ciudadanía.

Los polvos de Chávez, trajeron estos pastosos lodos, pegajosos, inmundos, mustios y a la vez laxos, en los cuales se imbrican cualquier suerte de pillajes, este año comenzó con una frase repetida hasta el cansancio “Venezuela se arregló”, en medio de la cual parecían inscribirse los deseos de millones, esa pulsión que nos impele a aceptar que esta hegemonía abyecta, sabe hacer bien las cosas, pues no las saben hacer bien y lo peor aún, han decidido hacerlas mal a propósito pues la idea del bienestar es connaturalmente adversa a la impiedad de mantenerse a toda costa en el poder, así pues el país ya no es un país, no es una república, es sólo un terreno, un hato en el cual se cometen toda suerte de tropelías, la peor de todas desmontar la verdad y las formas de la gnosis, para instalar una idea torva, aviesa y charlatana que imponga una verdad deforme.

Somos un país de cupos, una sociedad acotada por quienes la mantienen cautiva, acotada en libertades y en el acceso a la moneda usada de manera factual y absolutamente asimétrica, así el convenio cambiario uno, propuesto en 2019, fue artificialmente modificado, para imponer un límite máximo de retiros anuales de 8.500 euros o su equivalente en monedas extranjeras, de nuevo el corsi e ricorsi, expuesto por Giambattista Vico, parecen aparecer en esta atmosfera cargada de un vaho a derrota y desesperanza.

Vuelven los cupos, los límites para todo, los horarios para tener acceso al agua potable, a la eliminación de excretas, al servicio eléctrico y a las divisas, en medio de un festín de vacas gordas para la hegemonía instalada en el poder y miseria para la gran mayoría de miserables condenados a sobrevivir en medio de la herrumbre del madurismo, una mutación kafkiana y por ende superior en maldad y ausencia de otredad que su predecesora unidad de intereses definida como chavismo.

Somos un país absorto en medio de la sociedad liquida de las redes, sin tener acceso a una internet de calidad, de allí que en este país es un verdadero juego suma ceros, intentar acceder a la virtualidad de los pagos en bolívares, los cuales deben de multiplicarse por ocho  veces su valor, más los decimales que permita, un Banco Central que ha entendido que el tipo de cambio de objetivo operativo, se ha trocado en simple praxis de manipulación sucia, para una economía mustia y opaca, que hace inviable el cálculo econométrico, no sabemos en donde estamos menos sabremos hacia dónde vamos.

 

En medio de esta distopia que va en los extremos de totalitaria hacia lúdica, se inscribe una población aletargada, entontecida, embrutecida y agobiada, escindida de contrato social y por ende extraviada y desesperada, esa es la sociedad de los lotófagos, que pueden hacer algo, ofrecer algún servicio o pluriemplearse, para tener acceso a las divisas que gotean y que una vez obtenidas, deben de pasar por el tamiz de los filtros estéticos de los billetes, técnicos de las máquinas de comprobación de su validez y finalmente por el juicio acomodaticio del vendedor o prestador de servicios que impone su veredicto para darle validez a una moneda que no se imprime en el país, que no existe en nuestra constitución y a la cual le hemos aplicado toda suerte de filtros tropicales, abyectos, espurios por inexistentes, propios de nuestros hábitos abordados por vicios de la moralidad y la ética elemental.

En Venezuela se fotocopian los dólares, para ser anverso de recibos y notas de entrega que intentan escapar de un torpe impuesto a las transacciones en dólares, tributo  que además de regresivo y torpe es abiertamente contradictorio, pues a una cantidad de diez dólares, se le asigna el calificativo de gran transacción financiera, en un país que mantiene artificialmente infravalorado el tipo de cambio, para intentar armonizar un escándalo cacofónico impuesto por el maquillaje y la relativización de esta innominada crisis subyacente.

Finalmente, la vida de este ex país trascurre, como las manijas de una maquina enmohecida, entre la cual discurre un viscoso aceite, que no es más que posverdades, una crisis oscura y sucia, que defenestra cualquier atisbo de talento y virtud, para embeberlo de vicios, inmundicie, calumnias y abyecciones, así cual maldición de Sísifo vuelven los cupos, los numerales de un complejo manual cambiario y en ese juego perverso, dejamos de ser personas, para trocarnos en códigos, en asientos contables, en un numero que se escribe en un libro  de la contabilidad horrible de estos tiempos de roja oscuridad.

Lo más grave no son los cupos, ni los billetes bonitos como las reinas de belleza, que vuelven al Poliedro de Caracas, luego de décadas de ausencia, lo más terrible es este espectáculo bufo, al que concurrimos tirios y troyanos, la civilización del espectáculo, de la opereta cómica, así esta sociedad de vodevil, ha permitido ser trocados de personas a códigos de barras, no hay identidad individual, ni presencia tangible de la persona, solo existe la cosificación, la maqueta que desplaza al cálculo de una nómina, para pagar el talento humano y por ende tener condiciones decentes de trabajo, en fin este país dejó de existir cuando la persona fue vaciada y depuesta por el cuantum, entonces el cuento es sustituido por la cuenta y entonces al individuo hay que extirparle cualquier amago de empatía, simpatía o necesario egoísmo.

No hay Dios. Es el grito de las masas cada vez más ruidosas, y con la pérdida de Dios el hombre pierde sus valores. Karl Jaspers.

 

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