Griselda Reyes: Indefectiblemente ligados a la humanidad

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Aberrante. Lo que estamos viviendo en Venezuela con el abuso desproporcionado y la violación de los derechos fundamentales de niños, adolescentes y mujeres es un acto aberrante. Periodistas que cubren la fuente de sucesos; el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) o el propio Ministerio Público, dan cuenta a diario de hechos dantescos que nos hacen preguntar ¿a dónde se fue la humanidad?

Basta revisar a diario las redes sociales para leer con pavor casos de padres y madres que abandonan a sus hijos; abuelos, tíos, primos o cuidadores que no solamente abusan sexualmente de niños bajo su responsabilidad sino que además los amenazan de muerte si dicen algo; mujeres que matan a sus hijos recién nacidos asfixiándolos o lanzándolos a pozos; mujeres que permiten a sus parejas arrebatarle la vida a sus niños a punta de golpes; o aquellos padres que les infligen daños espantosos por orinarse la cama, comerse un alimento reservado para otra persona o simplemente por llorar.

A esto se suman los casos de feminicidio que, mes a mes, organizaciones no gubernamentales especializadas desgranan como las cuentas de un rosario, sin que hasta ahora el Estado –ese mismo que debe ser garante de los derechos humanos– haga algo por disminuirlos y poco por sancionarlos, aunque se llene la boca diciendo que tiene una Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia que, en la práctica, solo aplica cuando el crimen está consumado.

Muchos de esos asesinatos de mujeres a manos de un hombre, por machismo o misoginia, pudieron evitarse, por lo cual el propio Estado se convierte en responsable por omisión.

Lo más dramático, es que esta descomposición se ve en todos los estratos sociales, y no solamente en los más bajos, y las causas que llevan a una persona a atentar contra otra responden a variables que van desde lo demográfico y ambiental hasta lo psicosocial, pasando por las características individuales propias.

Lo cierto es que la violencia ha permeado a la sociedad venezolana. Hoy abundan las familias disfuncionales, donde hermanos planifican los asesinatos de sus padres para repartirse la herencia o robar sumas ínfimas de dinero; o hermanos que asesinan a sus propios hermanos por motivos fútiles e innobles.

Hace tiempo que la familia dejó de ser la base de la sociedad y, en este momento, recuerdo un discurso de Joan Manuel Serrat, en el que reconoció que en los últimos años ha sido tremenda la pérdida de valores morales. Hoy somos testigos de cómo la corrupción gubernamental ha permeado a todos los estratos de nuestra sociedad, que se refleja en una crisis generalizada. Pero lo más impactante es la tibieza con que gran parte de esa sociedad la mira y nada hace por combatirla.

 

La familia es el núcleo, es el todo. En ella se construye la identidad de las personas, es la base desde donde se proyecta en el ámbito social. A los padres corresponde, como primeros responsables de la educación de sus hijos, protegerlos y promover su desarrollo sobre la base de valores, principios, moral y ética. Es en las familias donde se construyen sociedades sanas que progresan, mientras que la educación escolar refuerza y apoya.

En Venezuela, el propio Estado se convierte en transgresor, al no procurar las acciones contundentes para promover y proteger el rol protagónico de la familia como generadora de vida y creadora de la sociedad.

Nuestra sociedad se ha deshumanizado. Parece que ya no existe la capacidad para sentir afecto, comprensión, compasión o solidaridad hacia las demás personas. Vemos cualquier neonaticidio, infanticidio, feminicidio, parricidio, filicidio y sólo exclamamos «¡Oh, qué pena!», para luego seguir de largo sin más.

Ignoramos –o tal vez lo dejamos pasar por simple comodidad o desinterés– que lo que le ocurre a uno, indefectiblemente nos ocurre a todos, porque estamos ligados a la humanidad.

Y cierro justamente con la frase del poeta inglés John Donne: –»La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti»–. Dejemos la tibieza a un lado. Solo a través del fortalecimiento de la ciudadanía, lograremos recomponer el tejido social.

Empresaria. Miembro verificado de Mujeres Líderes de las Américas – griseldareyes@gmail.com – @griseldareyesq – www.griseldareyes.com

 

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