Josep Piqué: Vladimir Putin se queda sin aliados

Compartir
 

 

Una de las principales consecuencias de la agresión rusa a Ucrania es el progresivo aislamiento de Vladímir Putin en el escenario internacional. El autócrata del Kremlin, entre otras premisas que se han mostrado falsas (escasa resistencia ucraniana, ruptura del vínculo atlántico y debilitamiento de la OTAN, división europea, débil respuesta occidental o apoyo masivo de la población rusa a su trágica aventura), contaba con el respaldo inequívoco de China o implícito de países como India o Turquía, además de la “neutralidad no alineada” del llamado Global South.

De hecho, pocos días antes de materializar la invasión, viajó a Pekín con ocasión de los Juegos Olímpicos de Invierno y, a pesar de las declaraciones previas de avanzar hacia “una amistad sin límites”, recibió una diplomática pero fría respuesta. China apoyaría la “narrativa” rusa sobre sus preocupaciones de seguridad y responsabilizaría a la OTAN de propiciar el conflicto, pero no iría más allá. Nada de ayuda militar expresa ni de exponerse a los costes de las eventuales sanciones que Occidente empezaba a poner en marcha. Y todo ello, sin retroceder ni un ápice en la tradicional doctrina china de respeto a la integridad territorial (sobre la que basa su reivindicación, cada vez más agresiva, sobre Taiwán), negando por ello el apoyo explícito a la invasión e intentando mantener al mismo tiempo buenas relaciones con Ucrania. Conviene recordar que el propio Xi rubricó, en su día, el compromiso de apoyar a Ucrania en caso de ataque nuclear, algo sobre lo que Putin está amenazando ante los crecientes reveses militares y la constatación de que, como decía Mao del imperialismo, el ejército ruso es “un tigre de papel”.

Difícil encaje de bolillos que responde a divergencias estratégicas muy profundas. Ciertamente, ambos países comparten el objetivo de debilitar a Occidente y, en particular, el liderazgo y la hegemonía de Estados Unidos en el escenario geopolítico global. Ni Pekín ni Moscú aceptan que la dicotomía con Occidente se base en la contraposición de democracia y autoritarismo, sino que la establecen en términos de “orden o caos”, y abogan por un mundo multipolar en el que las normas no sean fijadas por la gran superpotencia norteamericana. Esa coincidencia estratégica no les convierte necesariamente en aliados. Pueden ser socios cada vez más estrechos en los intercambios comerciales (con límites claros por parte de China, para evitar ser objeto de sanciones que, sobre todo desde el punto de vista tecnológico y de suministros básicos, pueden serle muy perjudiciales) o en el suministro de combustibles fósiles, aprovechando las infraestructuras existentes, en construcción o en proyecto. Pueden realizar incluso, como así es, maniobras militares conjuntas. Pero eso no les convierte en aliados.

China tiene un objetivo muy distinto al de Rusia. Quiere ser la gran superpotencia global que sustituya en ese papel a EEUU. Rusia, a lo sumo, puede aspirar –y le está saliendo muy mal– a ser vista como una gran potencia (no global, puesto que su débil y poco sofisticada economía no lo posibilita) que trate de igual a igual con las dos grandes. Por otra parte, tampoco comparten timing ni agenda. Rusia tiene demasiada prisa en su deseo de recuperar su influencia y dominio en el espacio postsoviético. China formula sus aspiraciones en el medio-largo plazo y no desea efectuar acciones precipitadas que pudieran serle contraproducentes. Va paso a paso, como ya aconsejaba Deng Xiaoping, cuando primaba la acumulación aparentemente pacífica de fuerzas antes de anticipar sus verdaderas intenciones.

El alineamiento entre China y Rusia es, pues, más retórico que real. China está profundamente incómoda con la situación actual, máxime cuando todo indica que estamos ante un conflicto largo y de resultados imprevisibles, dada la evolución en todos los frentes, pero singularmente en los campos de batalla.

La reciente reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), en la histórica ciudad uzbeka de Samarcanda (clave en la antigua Ruta de la Seda) ha puesto de manifiesto con claridad esta incomodidad. Xi Jinping ha querido que se conocieran sus reparos y preocupaciones ante el curso de la guerra y, además, tanto oficial como oficiosamente, le ha transmitido a Moscú mensajes muy nítidos. Así, a través del ministerio de Asuntos Exteriores, ha hecho saber que no reconoce los referendos sobre la integración a Rusia de las zonas aún ocupadas. Vía Global Times, diario oficioso del régimen chino, ha manifestado que “es necesario poner un freno de emergencia a la situación” y que es preciso buscar cuanto antes un alto el fuego (sabiendo que hoy por hoy eso resultaría inaceptable para Ucrania).

Al mismo tiempo, China está beneficiándose de la creciente subordinación rusa a sus intereses (incluido el peso creciente del yuan como moneda de intercambio) y está aumentando su presencia e influencia sobre las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central. El propio presidente kazajo, Kassym-Jomart Tokayev, ha endosado la idea de una cooperación político-militar que debilite las injerencias rusas (como sucedió a principios de año) o, simbólicamente, cuando Xi es recibido por el anfitrión, el presidente uzbeko, Shavkat Mirziyoyev, y en cambio, Putin lo es por su primer ministro. El protocolo diplomático envía también nítidos mensajes.

En cualquier caso, los enfrentamientos fronterizos (con armamento pesado) entre Tayiquistán y Kirguistán se producen al margen de cualquier intervención de Moscú, algo impensable hasta hace poco.

 

Lo mismo sucede con los conflictos seculares en el Cáucaso entre Armenia y Azerbaiyán por Nagorno-Karabaj. A pesar de los compromisos de ayuda militar de Rusia a Armenia, es evidente que no puede atenderlos y ello está siendo aprovechado por otro eventual aliado circunstancial, pero enemigo histórico, como Turquía. De nuevo sus intereses estratégicos divergen ya sea en Asia Central, el Cáucaso, el mar Negro u Oriente Próximo.

Turquía y Rusia pueden ser socios puntuales, ya que Ankara, en sus aspiraciones neo-otomanas, pretende recuperar su tradicional área de influencia y su naturaleza de puente entre Europa y Asia. Así compagina sus relaciones con Rusia (incluida la compra de material militar estratégico como los mísiles antiaéreos S-400) con ser miembro de la OTAN, propicia acuerdos sobre la salida de grano ruso y ucraniano por el mar Negro o se ofrece como intermediario para terminar la guerra.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogán, ha asistido a la reunión de Samarcanda ya que Turquía es país invitado. Erdogán le ha transmitido a Putin un mensaje inequívoco: hay que ir rápidamente hacia la paz y ello pasa por la retirada de las tropas rusas de todo el territorio ucraniano.

También hay que hablar de India, miembro de la OCS que, a pesar de negarse a imponer sanciones a Rusia, tampoco ha reconocido la invasión, aunque se aprovecha de la situación adquiriendo en muy buenas condiciones petróleo ruso y planteando su autonomía estratégica a través de un proyecto nacional que se basa en el hinduismo, con independencia de su alianza en el QUAD (junto a Japón, Australia y EEUU, con el claro objetivo de contener el creciente expansionismo chino). El primer ministro indio, Narendra Modi, le ha dicho a Putin que no es tiempo para guerras y que hay que acabar cuanto antes con esta situación.

En definitiva, Rusia y Putin se van quedando solos y sus hipotéticos aliados y socios se están desmarcando de forma inequívoca. Es cierto que Occidente se ha quedado solo en la imposición de sanciones, pero su peso global es aún enormemente relevante. La soledad de Rusia es mucho más dolorosa. Porque sin apoyos su capacidad es mucho menor.

La trágica aventura imperialista de Putin puede llevarle a acabar no como Pedro el Grande, con el que tuvo la osadía de compararse, sino como el último zar, Nicolás II, que perdió la guerra con Japón en 1905 y con Alemania en la Primera Guerra Mundial y su propia corona en las revoluciones de octubre. Su final es sobradamente conocido.

 

Compartir
Traducción »