Pedro R. García: El liderazgo político y nuestra pretendida sociedad civil…

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Una acotación necesaria…

“Cuando Hegel habla del Volksgeist, del Espíritu del pueblo, se refiere a la concreción particularizada del Espíritu objetivo en determinado grupo humano. En su visión los individuos integrantes del grupo superan su individualidad, que a través del Volksgeist, los impulsa a relacionarse y estructurarse puramente en el marco social. Por eso para Hegel el Volksgeist es el principal principio de la unificación de los individuos. Para este pensador la sociedad civil es el marco del individualismo en el cual se realiza el entramado de relaciones entre los distintos intereses particulares, la sociedad debe crear instituciones que impidan la videncia entre los ciudadanos y hagan posible compartir la vida social. El Estado es para él la más alta y perfecta realización del Espíritu objetivo. Si la sociedad es la instancia integradora de lo individual y lo particular; el Estado constituye lo universal y genérico del mismo grupo humano. Por eso para él (salto atrás al helenismo clásico pre-cristiano), el Estado es la instancia de la eticidad en cuanto tal, es la eticidad misma. Para Hegel, si la sociedad está compuesta de individuos, el Estado lo está de los ciudadanos. Los ciudadanos que componen el Estado no son individuos puros, en cuanto en su propia existencia han vivido la intermediación de diversas agrupaciones. Por tanto, el individuo ha de ser formado para adquirir la condición de ciudadano. El Volksgeist, solo alcanza plenitud cuando un pueblo puede asegurarse que es una nación”. El Estado viene a ser, así la configuración jurídica y política de la misma. Las ideas de Hegel han tenido descendencia plural según sean vistas desde una óptica ideológica de izquierda o de derecha. El hegelianismo planteaba, desde la perspectiva inmanentista que le es propia, una distinción entre vida civil, vida política y vida religiosa. Esa separación de la sociedad civil, sociedad política y sociedad religiosa obedecía, desde su punto de vista a mutaciones históricas para él objetivas.

Confinado el hecho religioso a la intimidad individual, por la modernidad secularizadora, se había planteado en un binario que tendría un largo significante en la retórica y en la ciencia política para no hablar de la politología, que más que nutrirse de la filosofía lo hace exageradamente de la sociología, por el impacto estruendosamente degradante del positivismo. Para intentar profundizar este punto lo haré citando a Jacques Maritain en (principios de una política humanista): “Existe una autentica comunidad temporal de la humanidad una profunda intersolaridad, generación en generación que une a los pueblos de la tierra una herencia y un destino común que no concierne a la edificación de una sociedad civil particular, sino a la de la civilización; no el principio sino a la cultura, no a la civitas perfecta en el sentido aristotélico, sino a esa especie de civitas en sentido agustiniano que es imperfecta e incompleta, construida por una red fluida de comunicaciones humanas, más existencial que formalmente organizada, pero perfectamente real, viva y fundamental. Ignorar está ciudad no política, es separar la base de la realidad política, atentar contra las raíces mismas de la filosofía política y desconocer el movimiento progresivo que tiende a una estructura internacional de los pueblos más orgánica y más unificada”. El hombre es un ser histórico existiendo en un pueblo determinado, en un tiempo determinado. La categoría de pueblo debe ser vista en conexión con la persona y con la nación. “Cecilio Acosta, en lo que para él debe entenderse por “pueblo” fechado en caracas, enero de 1847, yegó a plantear un concepto reducido de pueblo, que más ayá de su sensible intención, resulta difícil sostener en el orden académico. Para el pueblo era la totalidad de los buenos ciudadanos”. Y Explica: es preciso que sea compuesto, no solo de ciudadanos, para que sean excluidos los que no son, sino también de ciudadanos, para que sean y puedan yamarse buenos”. Casi 21 años después en diciembre de 1867, en el primero de sus cuatro artículos sobre deberes del patriotismo, (que se extiende hasta enero del 68), señalaba el odio político como cáncer de la vida social de nuestros pueblos”, “confunden de ordinario la idea con las personas, doctrina con parcialidad, se oyen a sí solos, se niega la cooperación de la labor común; y viene de resultas la esterilidad de los esfuerzos de la administración, impotencia en los trabajos de la paz y los pendientes van a dar a los despeñaderos de la guerra (les suena esto en el hoy)”. Indoblegable frente al bandolerismo de los Monagas y a la tiranía rapaz y codiciosa de Guzmán Blanco, es el maestro de quien pudo escribir José Martí, culminando su elogio póstumo que cuando alzo el vuelo yevaba limpia las alas.

Edith Stein, Filosofo y mártir católica, en su libro, La estructura de la persona humana, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2003, p 177 y ss.), “nos describe que “Por “pueblo” entendemos de entrada una comunidad en el más amplio sentido de la palabra, es decir, una estructura social a la que pertenecen personas individuales… De la vida de un pueblo decimos que es su historia, y lo que denominamos “historia” es esencialmente, aunque no exclusivamente, historia de los pueblos… El pueblo realiza acciones y experimenta destinos. Toda estructura social, y no un hombre individual, es sujeto de esas acciones y vivencias. Pero eyos no es real fuera de o por encima de sus miembros, sino precisamente en eyos… Ahora bien, no es necesario que en todo lo que el pueblo o experimenta intervengan todos los hombres que pertenecen a él… Son esa persona o personas que viven siendo conscientes de su índole de miembros del pueblo quienes comunican a la actuación de los demás un sentido que va más ayá de la vida individual. Así, para que exista un pueblo es preciso que algunos de sus miembros tengan la viva conciencia de pertenecer a un todo y a la voluntad de dedicarle al menos parte de sus esfuerzos. Es preciso igualmente que esos individuos conscientes influyan sobre la conducta de los demás, o la valoren, de manera que esa conducta adquiera significado para el todo, así como finalmente quienes no viven como miembros conscientes del todo sean afectados por las acciones y destinos del mundo. Hay individuos o grupos humanos que se pierden en el camino hacia el pueblo o que se separan de una floreciente vida popular, dado que la existencia del hombre no es puro cumplimiento de sentido, sino que en el camino hacia la meta hay obstáculos y perdidas. El ser del hombre no es un proceso forzoso; su meta es una tarea que se puede realizar con mayor o menor perfección, y que también puede quedar sin realizar. Por eyo me parece comprensible que las personas y los pueblos se puedan perder”.

Ubicando algunas pistas…

En nuestra reseña y a riesgo de parecer impertinentes no podemos pasar por alto que en las últimas dos décadas del siglo pasado en el país el grueso de la sociedad civil, intelectualmente menguada, aprovechando la dispersión provocada por el agotamiento del pacto de las élites, que desembocó en una dura repulsa social, en ausencia de un obligatorio remozamiento de ideas y actores, en insolidaria y visceral aptitud, se lanzaron a una brutal agresión, apelando a anacronismo y viejos fantasmas se concertaron todos logrando la lapidación del Presidente, C.A. Pérez, (recuérdese por estas cayes, los peñonazos, y el grueso de esa clase de iluminados, los autodenominados analistas políticos), fue una acción bien tramada, un feroz asalto con exigencia de desalojo y de sustitución. Un abordaje que coincide con los diseños estratégicos y tácticos del poder con pretensión hegemónica, (léase fascismo), una cruenta acometida que dispersó y pulverizó las fuerzas acumuladas del civilismo democrático. Esa embestida artera de la sociedad civil a la sociedad política, valiéndose de la carencia, vigencia y legitimidad de esta última. Fue una cruzada despiadada, letal, sostenida con saña a través de los medios, en el infame papel de francotiradores, (léase ejemplo Primer Plano). Con inconmovible ímpetu en las dos últimas décadas del siglo pasado. Ese brutal asalto camuflados con el ropaje de sacrosanta sociedad civil, fue lo que causó efectos letales en la sociedad política. Pero no fueron esos alaricos de viejo y nuevo pelaje los beneficiarios de esa cobarde ofensiva, sirvieron a los intereses y a las estrategias de otros: a la mayoría de aqueyos derrotados por la sociedad política en las luchas por la institucionalización de la democracia durante los años 60, que les costó tanto a tantos. ¡Ojalá existiera en nuestro medio una sudada sociedad civil! Para una auténtica participación ciudadana es necesario un entramado de instancias intermedias en todos los niveles con independencia del Estado, que sirvan para poner de relieve que él en sí no es un fin ético, ni determina los fines de la persona. El integrante de la sociedad civil que quiera cambiar de vocación y asumir el papel de dirigente político, bienvenido a la sociedad política. Pero zanjemos por favor, con esa especie de ambivalencia de los auto-exponentes de la sociedad civil, ambicionando mantener su condición de tal en supuesto ejercicio de las mismas, intentan ser los rectores morales de la sociedad política. Los más hoy atrincherados detrás del antichavismo delirante perversamente intentan ignorar es que sin la labor lenta y paciente, de las organizaciones políticas no podrían tener existencia real (con todas sus fragilidades) las a veces deformadas estructuras de participación de las sociedades intermedias en nuestro entramado social. En otros países las sociedades existentes como vehículos de participación en el marco de la sociedad civil forjaron en la sociedad política organismos de gran vitalidad, que permitieron a sectores históricamente relegados actuar. El ejemplo clásico que suele citarse es el de los sindicatos británicos, como estructura representativa de la sociedad civil, o al Fabián Societ como expresión de innegable inteligencia de la izquierda, de los cuales surge el partido laborista, que fractura la dura polarización de las Islas Británicas entre conservadores y liberales. Esos ejemplos son antagónicos del proceso histórico venezolano. Lo que algunos teóricos han denominado la tercera escuela de pensamiento, al explicar el desempeño de las instituciones democráticas, enfatizan los factores socio-culturales. En la República, Platón argumenta que los gobiernos varían de las disposiciones del conjunto de los ciudadanos. Un poco más reciente, los científicos sociales se han ocupado de la cultura política en sus explicaciones de las variaciones de los sistemas políticos a nivel mundial. El clásico moderno de esta aproximación es el estudio de la cultura cívica, de Almond y Verba que trata de explicar las diferencias en gobierno democrático de los Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia, México, y Alemania, a través del examen de las actitudes políticas y las orientaciones agrupadas bajo la rúbrica de “cultura cívica”. Probablemente el ejemplo más célebre de la tradición sociocultural del análisis político sigue siendo la Democracia en América, de Alexis de Tocqueville. Quien resalta la conexión entre los más de una sociedad y sus prácticas políticas. Las asociaciones cívicas, nos señala: por ejemplo, refuerzan los “hábitos del corazón”, esenciales para las instituciones democráticas estables y efectivas. Estos presupuestos junto a otros aquí destacados, deben jugar un rol central en el necesario análisis que debe promoverse en el debate de participación orgánica ciudadana en el contexto actual. En las alteradas y recurrentes ofensivas por algunos grupos políticos que se han declarado como guías de esos sectores al que nos referimos como ciudadanos, pero con recelo el grueso de venezolanos advertimos que muchos de los tales preceptores son reciclados personajes de las incontables agrupaciones que tratan una y otra vez de ataviarse con atractivos camuflajes, pero más ayá de sus “acelerados ensayos”, no son sino el residual de los viejos partidos también en trance, que ensayan todo tipo de conjuros frente al neo-autoritario que regenta al país, además fracasados casi todos eyos, en una especie de cómodo escapismo se han auto-absuelto por todos sus errores y omisiones, (en los últimos veinte años) y con impúdica ingravidez ética, atacan y condenan con asombrosa superficialidad cualquier acción ajena.

 

¡Cuidado con las utopías regresivas, pueden ser peores!

A estos tanteos hay que quebrarle la espina dorsal, su visión política torcida, predominantemente sostenida en estereotipos conductuales que inducen a la irresponsabilidad, persiste en eyos un voluntarismo de cueyo corto, de repetir viejas prácticas de grupalismo y frivolidad, sin contenido ético ni programático, con insubstanciales avances de conceptualización preñados de temáticas marchitas, que han contribuido a forjar y mantener la base social del régimen, con todo los nulos logros en todos los ámbitos de las políticas públicas, en los ya 24 años de despropósitos. En este momento, el trance agónico de la “revolución populista”, puestas en evidencias sus límites y contradicciones, no justifica una vuelta atrás a un agotado pacto de las élites, que nos yevó a la severa crisis de representación. Tampoco debe significar prolongar la permanencia del Estado Petro-dirigista-pretoriano, tentacular y omnipresente con sus nefastas secuelas de ineficiencia, despilfarro, sobrecarga burocrática, y cleptocracia como resultado la casi nula capacidad de respuestas ante las demandas ciudadanas en este momento de todos los ámbitos de la sociedad. La redefinición del Estado providencial y por lo tanto en una primera etapa, la vuelta al Keynesianismo, transformado o “Neokeynisianismo” pasa en Venezuela por una estrategia de acumulación que estimule la demanda efectiva y propenda a la creación acelerada de empleo productivo y competitivo; fortalecimiento de las instituciones y de la responsabilidad social del Estado. Un Estado fuerte no significa un Estado autoritario, ni interventor, sino con responsabilidades bien delimitadas, con reglas claras uso obligatorio de tecnologías para la trasparencia y una consensuada cooperación entre la sociedad y el Estado, única y real salida al flagelo de la pobreza y el casi nulo desarroyo en el complejo escenario de la globalización de todos los procesos sociales, políticos, económicos y culturales a partir de los nuevos paradigmas científicos y tecnológicos que Venezuela y los países Latinoamericanos afrontamos por nuestras características estructurales en condiciones desventajosas.

Con nuestras omisiones le hemos cortado una vez más rodajas al tiempo, pero el tiempo sigue igual.

pedrorafaelgarciamolina@yahoo.com

 

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