Adiós a Larry Laudan, el brillante filósofo que advirtió que la ciencia no busca la verdad

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En su libro ‘El progreso y sus problemas’, expone con una rotundidad implacable las líneas fundamentales de lo que sería una renovada concepción racionalista de la ciencia

La filosofía de la ciencia ha sido, desde su constitución como disciplina diferenciada allá por finales de los 20 y principios de los 30 del siglo pasado, una de las ramas más activas e influyentes de la filosofía, y, aún lo sigue siendo. Muchas de sus aportaciones conceptuales han sido adoptadas por los propios científicos para describir y cualificar su propia labor. Es común hoy el uso de términos como ‘contrastabilidad’ (‘testabiliy’ en inglés), ‘verificabilidad’, ‘falsabilidad’, ‘paradigma’ o ‘pseudociencia’, todos ellos procedentes de o desarrollados en la filosofía de la ciencia durante todos estos años. Los nombres de Carnap, Popper, Kuhn, Lakatos y Feyerabend no solo son conocidos por todos los que han estudiado la filosofía contemporánea, sino que les suenan al menos a muchas personas interesadas en la ciencia.

Pertenecen a lo que podríamos considerar como la época dorada de la filosofía general de la ciencia, que llegaría hasta los años 80. Después el terreno empezaría a quedar ocupado por las filosofías de la ciencia especializadas en ciencias concretas, como la filosofía de la biología, la filosofía de la economía o la filosofía de la física. Pero para que la lista de nombres indiscutibles (se simpatice más o menos con sus propuestas) esté completa hay que incluir sin lugar a dudas el de Larry Laudan, quien falleció el pasado 23 de agosto en Lexington, Kentucky.

Laudan nació en Austin (Texas) en 1941, se graduó (con un Bachelor of Arts) en física en la Universidad de Kansas y posteriormente obtuvo el grado en filosofía en Princeton, trasladándose a la Universidad de Cambridge para su doctorado. A lo largo de su vida impartió clases en el University College London, en la Universidad de Pittsburgh (donde dirigió su prestigioso Centro de Filosofía de la Ciencia), en la de Virginia, en la de Hawaii, en la de Texas, y finalmente en la Universidad Nacional Autónoma de México. A finales de los 90 él y su mujer Rachel, una muy prestigiosa historiadora de la ciencia, trasladaron su residencia habitual a México, instalándose primero en Guanajuato y luego en Ciudad de México. Allí colaboraron en el programa de posgrado de la UNAM y establecieron estrecho contacto con los filósofos de la ciencia y epistemólogos mexicanos. Al cabo de unos quince años retornaron a los Estados Unidos.

Su crítica al relativismo y al realismo era una llamada urgente a un cambio sustancial en nuestra forma de entender la ciencia

En 1977 apareció el libro que le haría saltar a primer plano de la disciplina, ‘El progreso y sus problemas’ . En él, Laudan expone con una rotundidad implacable, una excelente profundidad en los argumentos y un dominio asombroso de los ejemplos las líneas fundamentales de lo que sería su línea central de pensamiento a partir de entonces: la defensa de una renovada concepción racionalista de la ciencia (frente a las posiciones relativistas de Kuhn y Feyerabend) y el rechazo del realismo científico, es decir, de la idea de que el progreso científico ha de verse como una búsqueda siempre inacabada de la verdad. Puesto que el relativismo y el realismo habían sido las dos alternativas más potentes que se configuraron como salidas posibles tras el agotamiento del positivismo lógico del Círculo de Viena y sus adláteres, la crítica de Laudan a ambas corrientes se tornaba entonces en una llamada urgente a un cambio sustancial en nuestra forma de entender la ciencia.

Su propuesta consistía en un racionalismo atemperado por un cierto naturalismo: todo modelo teórico normativo acerca del modo en que se produce el progreso científico debe contrastarse, como cualquier hipótesis, con los datos empíricos, en este caso con los provenientes de la historia de la ciencia, y, a su vez, la racionalidad científica debe entenderse como una estrecha interrelación no jerarquizable entre los métodos, las teorías y los fines de la ciencia. Tomando esta vía, Laudan profundizaba y articulaba propuestas que también había formulado Imre Lakatos, cuya obra quedó truncada por su prematura muerte.

Para Laudan, el objetivo de la ciencia no es encontrar verdades, sino resolver problemas de forma cada vez más efectiva

Para Laudan, el objetivo de la ciencia no es encontrar verdades, sino resolver problemas de forma cada vez más efectiva. Por lo tanto, las teorías científicas no han de ser juzgadas por un supuesto acercamiento a la verdad, que es algo imposible de establecer, puesto que no sabemos cuál es la verdad, sino por su capacidad comparativa para resolver más y mejores problemas que las teorías rivales. Por otro lado, el progreso científico, que, frente a lo que Kuhn sostenía, no es revolucionario, sino evolutivo y gradual, obedece a criterios racionales, sin que la influencia de factores externos (sociales, filosóficos, religiosos, etc.) destruyan necesariamente esa racionalidad, sino que, al contrario, pueden formar parte sustancial de ella. En lo que el relativismo se equivoca, sin embargo, en poner todo el peso del cambio de teorías en esos factores externos.

Pueden compararse racionalmente todas las teorías y establecer cuáles resuelven de forma más efectiva los problemas. No es necesario recurrir a traducción alguna entre ellas. Esto desmonta el problema de la inconmensurabilidad entre teorías que había señalado Kuhn. No obstante, Laudan introduce dos matices importantes en las concepciones racionalistas previas sobre el cambio científico. Por un lado, el progreso conceptual es tan importante o más que el progreso empírico, y, por otro lado, los principios de racionalidad científica también cambian con el tiempo, como lo hacen las teorías. Lo que era científicamente racional en el siglo XVII no siempre coincide con lo que es científicamente racional hoy. No hay, pues, una racionalidad científica atemporal. Por eso, mostrar la racionalidad de los cambios científicos del pasado, no consiste en establecer que actuaron de acuerdo con nuestros principios de racionalidad, sino que hicieron elecciones progresivas de acuerdo con sus propios criterios. Cualquier evaluación de un progreso ha de estar, pues, siempre históricamente contextualizada, pero eso no implica que validez dependa sin más de la visión que nos proporcione el paradigma vigente, como pensaba Kuhn.

 

Críticos

Algunos críticos, como John Worrall, señalaron una inconsistencia en este punto. Si no hay criterios atemporales de racionalidad, no parece posible entonces afirmar que el progreso científico sea objetivo y no relativo a los criterios del contexto en el que se juzgue, en este caso los criterios aceptados hoy de forma habitual en la ciencia. Y si creemos que esos criterios de hoy son mejores que los del pasado es porque estamos aceptando de forma implícita al menos algunos principios permanentes de evaluación.

Todas estas ideas las fue desarrollando Laudan en los libros posteriores, como ‘Ciencia e hipótesis’, de 1981, ‘Ciencia y valores’, de 1984, ‘Ciencia y relativismo’, de 1990 y ‘Más allá del positivismo y el relativismo’, de 1996.

Sin embargo, su crítica al realismo cobró su forma más precisa y certera en un artículo de 1981 titulado ‘Una refutación del realismo convergente’, que todavía se cita profusamente. Los realistas ponían el peso de sus argumentos en la tesis de que la verdad (aproximada) de nuestras teorías científicas es la mejor explicación que podemos dar del éxito predictivo y práctico de la ciencia. En este artículo, Laudan desmonta esta tesis mostrando que en el pasado hemos tenido un éxito apreciable con teorías que hoy consideramos falsas. Es, por tanto, un error comprometerse, como hacen los realistas, con la ontología postulada por una teoría científica solo porque esta tenga éxito. Los realistas llevan desde entonces elaborando respuestas a esta crítica, unas más plausibles que otras, y el debate continúa.

En el pasado hemos tenido un éxito apreciable con teorías que hoy consideramos falsas

Con respecto al problema fundamental que había ocupado a los filósofos del Círculo de Viena y a Popper, el problema de la demarcación entre ciencia y no-ciencia, o, en el caso de Popper, entre ciencia y pseudociencia, Laudan intentó también dar un giro radical y sostuvo que era un falso problema. No existen, a su juicio, criterios de demarcación precisos y universales que puedan cumplir tal función. De hecho, todos los propuestos (verificabilidad, confirmabilidad, falsabilidad, progresividad) han fracasado. Por eso, Laudan afirma que lo importante es establecer criterios para saber cuándo estamos ante una buena teoría, fiable, fértil y bien fundada, sea esta científica o no. En la actualidad, sin embargo, dado el auge que han cobrado las pseudociencias, este problema ha resurgido con fuerza. La posición más aceptada hoy es la que sostiene que, si bien no hay un criterio único de demarcación (la falsabilidad no vale tampoco, pese a lo que muchos creen), pueden establecerse, no obstante, una pluralidad de criterios indicativos, contextuales –no de propiedades necesarias y suficientes–, que pueden orientarnos en casos concretos sobre el carácter científico o pseudocientífico de una teoría.

A finales de los 90 y comienzos de este siglo Laudan empezó a interesarse por la filosofía del derecho, en particular, por epistemología legal, y el papel de las pruebas en los veredictos en derecho penal. Fruto de ese interés fue su libro ‘Truth, Error, and Criminal Law’, publicado en 2006 y traducido al español como Verdad, error y proceso penal, donde disecciona las principales fuentes de error en la evaluación de las evidencias o pruebas que se presentan en un juicio y que dan lugar a veredictos falsos, es decir, a la absolución del culpable o a la condena del inocente. Desafortunadamente, ni mis conocimientos sobre el tema, ni la extensión de este artículo, me permiten entrar mínimamente en su análisis. Con lo dicho espero haber mostrado de forma suficiente la grandeza intelectual del filósofo que acabamos de perder.

Antonio Diéguez es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Málaga. Su último libro publicado es ‘Cuerpos inadecuados: el desafío transhumanista a la filosofía’ (Herder).

 

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