Rafael del Naranco: Entre la rabia y la pasión

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Reposan, sobre la mesita de noche, en el aposento de la ciudad mediterránea en la que este escribidor subsiste, un libro de Curzio Malaparte y otro Oriana Fallaci, además, sobre el suelo y en la repisas, de otros textos que nos han acompañado por años.

Son tragedias agrietadas de cruel dolencia, concernientes a la Europa mal renacida a partir de la II Guerra Mundial, tan miserable y sanguinaria toda ella.

La Fallaci – apasionada, locuaz, tierna y perseverante a su vez – al haber sido su literatura semejante a un abanico oriental detrás del cual se oculta todo rostro humano, guarda las contradicciones de la supervivencia, incluida la rabia y con ella   toda pasión humana.

En ese retrato, se presenta la idéntica realidad humana doliente, dura y descarnada, de su compatriota Malaparte. Al unísono, siempre los acompañó la batahola, el sufrimiento, y el furor corriendo por las venas.

Al momento en que Curzio era un muerto inmutable, solidificado y llevado por las carreteras de las hondonadas de Prato, igual a arpas de hierba empujadas por un viento despectivo al encuentro de su tumba, sabía que con él se inhumaba la carne del cadáver materno que le había dicho: Existir, hijo, es sufrir.

Sobre aquella exhalación, marchaba la sangre coagulada de Nápoles al encuentro de la bahía, y de aquellos efebos espigados, heridos en su pudor, intensamente desencajados, femeninos hasta la saliva de deseo, escondidos bajo la Torre del Greco, en aquel acantilado pedregoso cara a las aguas añiles de Capri, la isla amada con sus farallones y los pinos negros, donde comenzó a morir.

Sobre otra luminiscencia años después – pero en la misma Europa – se vislumbra a Oriana, al albor de una libélula   sorbiendo sin cesar su propia sangre por las calles de Florencia, tras haber escrito las cuartillas más duras, intensas y directas del periodismo del último medio siglo XX europeo.

En una nueva similitud, a la autora de “La rabia y el orgullo”, la contemplamos comprimida bajo el vaho de una dama de otoño,  sabedora que detrás de nuestra civilización desgarrada, aún permanece la realidad civilizadora de Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles y Fidias.

 

De la misma forma sus esculturas y filología, anfiteatros, acueductos, calzadas y viaductos, que llegaban hasta los confines de Germania y más allá de aquel mundo envuelto en incertidumbre, pero aún así sobrehumano. Es decir, memorable.

rnaranco@hotmail.com

 

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