Rafael Fauquié: Libertad, rebeldía y límite II

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Las propuestas de Camus sobre la libertad y la ética se comprenden mejor al acercarnos a su última novela: El primer hombre. Publicada póstumamente en el año 1994, el manuscrito de El primer hombre había sido hallado en el automóvil en el que Camus perdió la vida en un accidente el 4 de enero de 1960. Es una novela autobiográfica construida, principalmente, sobre recuerdos de infancia del propio Camus. Su protagonista, Jacques Cormery -alter ego de Camus- es, al igual que él, huérfano de padre. Vive en uno de los barrios más pobres de Argel –“en una pobreza desnuda como la muerte”-, junto a su madre, una abuela tiránica, un tío y un hermano. En ese ambiente el niño va formándose, obligado a “criarse solo, sin padre … a encontrar solo su moral y su verdad…”

En la formación del protagonista Jacques Cormery-Albert Camus destaca muy especialmente la figura de su profesor de escuela, M. Bernard (en la realidad, Louis Germaine, maestro de Camus), quien, consciente de las facultades del niño, le estimula la curiosidad, inculcándole amor por el conocimiento y la literatura; apoyándolo, de manera muy práctica, en la obtención de una beca que permitirá al niño proseguir estudios superiores en el Liceo. Camus describe a ese maestro, como una real inspiración para su propia infancia, y aún para su vida toda; una referencia central en ésta. Él era -dice- alguien que “alimentaba el hambre de descubrir” en sus estudiantes. Es fácil distinguir el alentador mensaje de la novela: un temprano y estimulante aprendizaje lleva a su protagonista a ver en la educación la posibilidad de dar lo mejor de sí mismo; un reconocimiento relacionado, además, con este otro: dar lo mejor de nosotros mismos puede significar, también, acercarnos más humanamente a los demás.

Cuando El primer hombre fue publicado, más de treinta años después de la muerte de su autor, se conoció también la carta que Camus había escrito a su profesor Germaine tras recibir el Premio Nobel. Vale la pena conocer sus palabras:

He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia mi primer pensamiento, después de mi madre, fue usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al pequeño y pobre niño que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece, por lo menos, la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted tuvo continúan vivos en uno de sus pequeños alumnos que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su agradecido pupilo. Le abrazo con todo mi corazón. Albert Camus.

 

Y vale la pena conocer, también, la respuesta del maestro: “Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo […] Tu celebridad no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo el mismo Camus”.

Dos mensajes centrales destacan en El primer hombre: de un lado, entender la vida como el interminable aprendizaje de nuestra identidad, como el reconocimiento de eso que somos y podemos ser para los otros; del otro, ver en la educación la única forma de superación individual, la mejor o la única manera de acceder a lo superior de toda existencia humana.

 

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