Dragones en la mitología griega, por Mariano Nava Contreras

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A propósito de la serie “Casa de dragones” tengo que decir que, efectivamente, también los primeros dragones que conocemos y el imaginario que los rodea tienen su origen en la mitología griega. De hecho el mismo nombre, drákôn, es griego. La etimología dice que deriva del verbo dérkomai, que significa “mirar de modo fijo y penetrante”, al parecer debido a su paralizante y mortal mirada. De hecho, algunos afirman que Dracón, el tirano ateniense recordado por sus “leyes draconianas”, recibió este apodo por su papel de severo vigilante de los ciudadanos.

La mitología griega reporta la existencia de dragones desde los primeros textos literarios. En la Teogonía de Hesíodo se habla de Tifón (o Tifeo, depende del traductor), un monstruo alado de estatura colosal que tenía cabezas de dragones en las garras y serpientes en las piernas (Theog. 820-868). Era tan alto que podía tocar las estrellas, achicharraba con el calor de su mirada y vomitaba fuego y lava. También era capaz de provocar huracanes y terremotos solamente con el batir de sus alas. Tifón fue el último de los hijos de Gea, la Tierra. Trató de destruir a Zeus, pero éste lo venció y lo confinó bajo el monte Etna. Sin embargo, un canto tan antiguo como el Himno homérico III a Apolo (305 ss.) cuenta que Tifón fue engendrado por Hera sola, enfadada porque Zeus había alumbrado a Atenea sacándola de su cabeza sin juntarse con ella. Así Hera parió a Tifón, “terrible y siniestro”, “azote de los mortales”, si bien terminó vencido por las flechas de Apolo. Ovidio, en las Metamorfosis (V 321-331), añade que cuando Tifón emergió de la Tierra, los dioses aterrados huyeron a Egipto y éste los persiguió; entonces los dioses tuvieron que convertirse en animales para escapar de él. El mito de Tifón estaría relacionado con el de la serpiente Pitón, a la que mató Apolo en Delfos, según cuenta Apolodoro (Bib. I, 4), en el santuario donde revela sus oráculos la “pitia” o “pitonisa”. El mismo Himno homérico nos habla también de una “dragona”, drakaina (300-304), “monstruo salvaje”, “que causaba mucho daño a los hombres”.

Otro dragón famoso en la antigüedad fue el célebre Dragón de la Cólquide, que guardaba el “vellocino de oro”. Cuenta Apolonio de Rodas en sus Argonáuticas que en la Cólquide, en el extremo oriental del Mar Negro, “lo más recóndito del ponto”, quedaba el “sombrío” bosque de Ares. Allí, en lo alto de una encina, estaba el vellocino de oro que tanto buscaban Jasón y sus amigos: “lo custodia un dragón, asechando alrededor, monstruo terrible de ver. Ni de día ni de noche el dulce sueño domina sus ojos implacables” (II 402-406). El Dragón de la Cólquide tenía el cuello extremadamente largo y su terrible silbido podía ser escuchado a gran distancia. Medea, mediante pócimas y hechizos, hizo que el monstruo se durmiera para que Jasón pudiera robar el vellocino, aunque según otros autores Jasón se enfrenta al dragón y lo mata.

También famosa fue la Hidra de Lerna, una serpiente de muchas cabezas y aliento venenoso que habitaba el pantano de Lerna en el Peloponeso, una de las entradas al infierno. Al parecer, por cada cabeza que le cortaban brotaban dos más fuertes que la anterior. Según Hesíodo, la Hidra era una de las hijas de Tifón. Higino (Fábulas XXX) cuenta que Heracles, con la ayuda de su sobrino Yolao, la mató con su espada. Primero los dos se cubrieron bocas y narices para protegerse de su aliento, y después Heracles cercenó cada una de sus cabezas. Para que no brotara una cabeza nueva, Yolao iba cauterizando las heridas con una antorcha (Apolodoro dice que la idea fue de Atenea). Heracles, además, mojó la punta de sus flechas con la sangre de la Hidra, y por eso eran mortales. El episodio ha inspirado a muchos de los más importantes pintores europeos, excitando la imaginación de Occidente, de Antonio Pollaiuolo y Zurbarán a Moreau y Walt Disney.

Muchas cabezas y forma de serpiente tenía también Ladón, el terrible dragón de cien cabezas que guardaba el Jardín de las Hespérides. Según Hesíodo (Theog. 333) era también uno de los hijos de Tifón. Hera lo había enviado para que Heracles no pudiera robar las doradas manzanas, uno de sus doce trabajos. Dice Apolonio que Jasón y sus amigos se toparon con el cuerpo de Ladón cuando ya lo había matado Heracles (Arg. IV 1395 ss.). Éste lo hirió con las flechas envenenadas con la sangre de la Hidra de Lerna. Jasón y sus compañeros encontraron al dragón ya moribundo, “echado contra el tronco de un manzano”, “sólo el extremo de su cola se movía aún, pero desde la cabeza hasta el final de su negro espinazo yacía inerte”, “las moscas se secaban sobre sus pútridas heridas”.

Droagones 1
Droagones 1

Hendrick Goltzius (1558-1617), «Cadmo». Galería Nacional de Dinamarca, Copenhague

Estas descripciones del dragón en tanto que monstruo mitológico irán configurando un imaginario que pasa sin transición a Roma y a la Edad Media. En la Historia Natural de Plinio el Viejo (VIII 33) se describe al basilisco de Cirene, que habitaba la costa mediterránea de África. Se trata de una pequeña serpiente de tamaño no mayor a doce dedos, con una mancha blanca en la cabeza como una corona, de donde su nombre (en griego, “reyecito”). Sin embargo, el tamaño no dice el daño que es capaz de causar: “con su silbido pone en fuga a todas las serpientes (…) Mata los arbustos, no solo al tocarlos sino también al exhalar su aliento sobre ellos, abrasa las hierbas, rompe las piedras; tal es la fuerza de su veneno”. El basilisco aparece mencionado en el Antiguo Testamento (Isaías 14:29 y Salmo 91:13) y Leonardo Da Vinci lo nombra en su bestiario. La leyenda dice que la única manera de matarlo era con el canto de un gallo, que lo aterraba en tal grado, aunque dicen que Alejandro Magno mató a uno con solo mostrarle un espejo. Pierre de Beauvais, en el siglo XII, dijo que los basiliscos son producto de un huevo deforme empollado por un sapo, y Beda el Venerable añadió que en un nido de estiércol.

Los bestiarios medievales, verdaderos compendios de la imaginación zoomórfica, dieron cuenta de numerosas criaturas que, así como el basilisco, comparten con al dragón algunas de sus características mortales. En el siglo VII Isidoro de Sevilla, siguiendo a Plinio, lo asocia al catoblepas (cuerpo de vaca, cabeza de cerdo, aliento y mirada mortales) y a la cocatriz (cuerpo de dragón y alas, cabeza de gallo, aliento y mirada igualmente mortales), lo cual niega Alberto Magno en su De animalibus. En todo caso, la cocatriz podría ser pariente del Cocadrille de las leyendas del centro de Francia, y no ha faltado quien la relacione con el Colo-colo de la mitología chilota, serpiente emplumada con cabeza de rata que habita en las regiones de Chiloé, y que se alimenta de la saliva de las personas, deshidratándolas hasta hacerlas morir. Para Pedro Tafur sin embargo, viajero español por Egipto en el siglo XV, no se trata más que del cocodrilo del Nilo.

Claro que hay otros más, como el que mató Perseo para liberar a Andrómeda según cuentan Apolodoro, Pausanias y Ovidio, o el que mató Cadmo para poder fundar Tebas, cuyos dientes dieron origen a la raza de los cadmeos. Y desde luego que no todos los dragones eran temibles, como los que tiraban del carro de Medea, con el que huyó a Atenas después de haber matado a sus hijos según cuenta Eurípides, o los que llevaban el carro de Demeter, diosa de la fertilidad que habitaba en el Hades. Tampoco eran solo griegos los dragones mitológicos. Está Fafner, que se convirtió en dragón para quedarse con el tesoro de su padre en la Saga de los Volsungos de la mitología islandesa. Y en la mitología china también había dragones legendarios, como Tianlong, que protegía los templos, o Shenglong, criatura celestial que tutelaba las lluvias, las nubes y el viento.

 

En su Manual de zoología fantástica, Borges dice que el dragón es quizás el menos afortunado de los animales fantásticos. Todos lo conocen pero ya nadie cree en ellos, quizás debido a una indigestión por exceso en los cuentos de hadas. Sin embargo, esto los destierra al reino del relato y de la imaginación, lo que no necesariamente es tan malo. La descripción de los dragones, como de los demás seres monstruosos, supone una poética de lo terrible, de lo tremendo, de lo deinón. Las descripciones y narraciones del monstruo se van articulando en una gramática de lo deforme, basada en la extrañeza y la desmesura, que muchas veces excede el aspecto físico y compromete también las esferas de lo etnográfico y lo geográfico. El dragón aparece además asociado a la idea del exotismo y de la lejanía, del apartamiento de los centros de civilización que legitiman el canon estético. “Un monstruo es, por definición un ser marginal”, dice tajantemente Richard Buxton en El imaginario griego (Cambridge, 2003). En esta mecánica de la aversión y la amenaza, lo terrible y lo deforme concitan el miedo y la repugnancia que produce la fealdad como efecto cuidadosamente cultivado, una idea de fealdad, de deformidad y de peligrosidad –la mirada, el aliento- consagrada en un imaginario. Un imaginario que, nos damos cuenta, ni pierde su vigencia ni agota su poder de seducción.

Prodavinci

 

 

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