Oscar Fuenmayor: Testimonio de un profesor después de cobrar su salario y su bono vacacional

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Luego de recibir mi salario y mi bono integrales, hice planes para ir al mercado a comprar unos granos para mi dieta vegetariana considerando los altos precios de la carne, el pollo y el queso. No me agrada ir al mercado, cada vez que lo hago regreso abatido y con la impresión de que la cosa está mala y se va a poner peor.

Una sensación de espanto me abrumó ese día  de  solo pensar en cómo estaría la especulación a consecuencia del tejemaneje cambiario.  Mi plan -mejor dicho, mi fantasía-,  fue comprar un kilo de caraotas, un kilo de garbanzos, uno de frijoles, otro de lentejas; en fin, un kilo de algunas cosas, no de todas,  porque sabía de antemano que la escalada imparable de precios que arrasa con nuestras vidas no me iba a dejar para mucho, y menos con la curva tan aplanada de salarios por la acción del Gobierno a través de la ONAPRE y su “inexistente instructivo”.

Muy tempranito me levanté con voluntad inquebrantable de supervivencia. En nuestro país, cada día que pasa es un paso que damos hacia la eternidad y, si no nos organizamos de nuestra parte, para pelear, más temprano que tarde –como alguien por ahí suele decir-, nos meterán dentro de las estadísticas de caídos por causa de la guerra económica. Bueno, supongo que eso es lo que dirían algunos de mis amigos chavistas que todavía creen en el PSUV y en lo que oyen por VTV.

Así pues, para enfrentar mi destino en ese antro de especulación, practiqué muy temprano por la mañana la meditación profunda que aprendí en la India con mi maestro de hatha yoga, Sri Hoskhar O. Cioso. Presentía que iba a experimentar un sobresalto a la hora de pagar. Cuando ya estaba levitando determiné que era el momento de finalizar mi práctica de concentración y de salir al mercado a enfrentarme a los previsibles precios determinados por el desmadre nacional que sobrevino desde el 2013. Me sentí  preparado por los ejercicios de yoga. Hasta confiado.

 

Como a las 8 de la mañana llegué a la cola donde siempre compro los granos. En otros tiempos a esa hora la cola sería interminable y deduje que el escaso número de personas se debía a los míseros salarios y al desempleo. Y a los altos precios, por supuesto. Ahora que lo pienso me llama la atención que el Gobierno se ufane tanto de mantener aplanado al Covid, haya aplanado los salarios y las convenciones colectivas, pero  no pueda aplanar la curva de precios. Muy curioso. Me llega el turno y pido un kilo de garbanzos, otro de lentejas y otro de frijoles de cabecita negra. Ocurrió lo previsto: La cuenta sobrepasó ampliamente mi precario salario de educador que, como se sabe, tampoco alcanza para comprar los zapatos para ir al trabajo. Menos mal que había practicado yoga por la mañana. Respiré profundo y exhalé lentamente mi desdicha tal y como he aprendido de esa disciplina. Debí tener mal aspecto en ese momento pues  unas señoras, muy delgaditas todas que estaban en la cola, rompieron el distanciamiento social  y se me acercaron como para intentar sostenerme. Creo que pensaron que iba a desmayarme  o algo parecido al ver mi palidez del momento y mi cara de hambre para los días siguientes. “Anímese señor”, dijo una de ellas, “eso nos ha pasado a todos; uno sale a buscar la comida y lo que se lleva no alcanza ni para tres días.  Nosotras estamos acostumbradas a estos sustos y por eso es que nuestros maridos prefieren que seamos nosotras quienes hagamos el mercado”. “Es verdad”, dijo otra, “a los hombres se les enfría el guarapo cuando se trata de atender a los muchachos y ocuparse de los asuntos de la casa, pero más miedo les da venir a enfrentarse con los precios de la comida y nos dejan a nosotros el trabajo sucio. Para lo único que son buenos es… para,… usted sabe… “. ¿Lo mismo que quiere el negro? Pregunté yo tratando de hacerme el simpático y ya medio repuesto  del susto por el precio de los granos. Enseguida  me despedí de ese grupito de esas buenas señoras que me pareció que algo tenían en contra de sus pacientes maridos.

Con la moral en el piso me resigné a llevar apenas medio kilo de frijoles y medio de garbanzos haciendo cuentas para ver si me alcanzaba para comprar algo de café, que por cierto, no hace tanto uno de los presidentes que tenemos dijo que lo incluiría en la caja Clap. No estoy seguro si hasta de zapatos dijo algo. Cavilando acerca de lo que haré para comer los siguientes quince días llegué a mi casa; mi cabeza realmente  era un torbellino de preocupaciones. Me recosté en un diván como el que tiene Jorge Rodríguez en su consultorio de psiquiatra para lavar el cerebro de la militancia, y comencé a practicar el método de la asociación de ideas a ver si me relajaba. Sin que yo me lo propusiera, por mi mente desfiló un caos de imágenes  en sucesión: un cartón de huevos, cierto ex ministro de alimentación quien dijo que no importaba que los anaqueles estuvieran vacíos, un kilo de carne, el alto precio de los granos y hasta las miradas compasivas de las señoras delgaditas -por la dieta forzada que padecían- que se habían acercado a darme apoyo. Tuve asociaciones hasta de un extraño monstruo bicéfalo con las cabezas de dos presidentes. Creo que me dormí unos minutos de la pura angustia y tuve un sueño muy extraño: Yo estaba contando el número de granos de garbanzos y de frijoles y dividiéndolos entre 15 con algún propósito y entonces oí una voz que me dijo: «Has captado mi mensaje Oscar, estás haciendo buen uso de los recursos». También dijo: «(…) A nosotros nos llega un buque cada tres meses; esas cajas que las  están entregando ahorita deben durar por lo menos tres meses, yo sé que es difícil pero esto es un complemento, porque bueno, se complementa con lo que la persona pueda tener en la casa o con lo que la persona pueda comprar; lo que si le estoy diciendo es que hay que ahorrar, de la mejor manera hacer uso consciente de esos recursos que el gobierno revolucionario le está haciendo llegar a casa para que entre todos nosotros podamos salir adelante (…)». En medio de esa pesadilla reconocí la voz y lo que ocultaba en su encriptado mensaje: Hay que estirar lo que se tenga porque habrá menos comida y habrá más hambre;  que en materia de alimentación se acercan tiempos peores a los que ya estamos padeciendo.

En ese momento desperté más asustado que cuando me dieron los precios de los frijoles y los garbanzos.

 

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