Eduardo Kohn: Otro manifiesto antisemita de Mahmoud Abbas

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Hace 50 años, Alemania quería reivindicarse. 25 años antes el Comité Olímpico no había tenido ningún prurito en concederle la realización de las Olimpíadas de 1936 en Múnich. En 1972, tenía que ser diferente. Los Juegos de 1972 debían ser ejemplares. Hasta que, en la madrugada del 5 de septiembre, ocho integrantes del grupo terrorista palestino “Setiembre Negro” irrumpieron en el alojamiento del equipo olímpico israelí. Demandaban la liberación de 232 presos palestinos en Israel, de los terroristas alemanes Andreas Baader y Ulrike Meinhof, y del terrorista japonés Kozo Okamoto. Los jefes del equipo negociador alemán querían ceder a toda costa. Pero Israel lo rechazó categóricamente. El secuestro terminó en tragedia. Tras el fracaso de una vergonzosa operación de rescate terminaron muertos 11 atletas israelíes, cinco terroristas y un policía. El jefe de policía de Múnich, Manfred Schreiber, reconoció luego que sus hombres no estaban preparados para lo ocurrido.

El psicólogo policial alemán Georg Sieber había desarrollado antes de los Juegos Olímpicos del 72, escenarios de posibles problemas graves. Uno de los escenarios se acercaba al que se hizo realidad: un ataque terrorista contra deportistas israelíes en horas de la madrugada. Sieber declaró que no fue el único que hizo advertencias: “Hubo todo tipo de servicios de inteligencia, desde los estadounidenses hasta los chinos, que decían: ‘hemos escuchado que algo va a pasar’”. Tal como recordamos, el desastre final se produjo en el aeropuerto militar de Fürstenfeldbruck. Las autoridades simularon acceder a la demanda de los terroristas que querían volar a El Cairo con los rehenes. Los llevaron en dos helicópteros hacia un avión. Solo estaban en posición cinco francotiradores, porque no sabían que se enfrentaban a ocho secuestradores. Además, estaban mal equipados. El enfrentamiento a tiros duró dos horas. Uno de los terroristas lanzó una granada dentro de uno de los helicópteros, donde murieron algunos rehenes. Los del otro helicóptero fueron acribillados. Tres de los terroristas sobrevivieron. Y no podemos olvidar tampoco que esos terroristas fueron liberados 56 días después en un canje absurdo de Alemania por un avión de Lufthansa secuestrado, lo cual envalentonó a todo el terrorismo y mostró las debilidades emocionales, por decirlo de alguna forma, de algunos gobiernos europeos.

Ahora cuando se conmemora medio siglo de esta masacre, los familiares de las víctimas no aceptan concurrir a la conmemoración que organiza el gobierno de Alemania, y le están pidiendo a las autoridades israelíes, en particular a presidente Herzog, que no forme parte del evento. Es que el dolor no se mitiga con el tiempo. Los deportistas asesinados fueron víctimas del terrorismo palestino, pero también de la ineptitud y tosudez de las autoridades. La liberación posterior de los terroristas que quedaron encarcelados fue una afrenta que quedó como otra bofetada impune. Y, por si fuera poco, el Comité Olímpico Mundial, amoral en 1936 apoyando los Juegos de Hitler, volvió a mostrar su esencia cuando ordenó continuar los Juegos al día siguiente del asesinato de los deportistas israelíes. Lo recordable es la ignominia.

Al mismo tiempo que nuestra memoria nos lleva a medio siglo atrás, esta semana Alemania fue centro de atención, no por Munich 1972 sino por la agresión antisemita de Mahmoud Abbas, de visita en Berlín. Es bastante notorio por el ruido que ha causado que Abbas se encargó una vez más de demostrar qué es lo que siente y piensa sobre Israel y el pueblo judío. La pregunta de un periodista en la conferencia de prensa que Abbas dio junto con el Canciller alemán fue directa y sin dobleces. El periodista quería saber si 50 años después los palestinos se disculparían de alguna forma con Israel por el asesinato de 11 deportistas en los Juegos Olímpicos de Múnich. La respuesta desencajada de Abbas gritándole que si quiere hablar del pasado, él puede hablar de “50 Holocaustos cometidos por Israel”, fue, primero lo que se puede esperar de Abbas, segundo su visceral negación del Holocausto que lleva más de cuarenta años, y tercero la banalización del Holocausto que no sólo Abbas sino gran parte del mundo árabe ha hecho y sigue haciendo.

Hace cuatro décadas Abbas escribió una tesis para la Universidad de Moscú que tituló “La otra cara: la relación secreta entre el nazismo y el sionismo”. Entre otras aseveraciones escribió entonces que decir que seis millones de judíos murieron el Holocausto es una exageración de algo no probado. Hace menos años, apenas cuatro, en 2018, Abbas siguió apostando al barro y al odio cuando declaró que “el comportamiento social de los judíos, y no el antisemitismo, fue la causa de la matanza de judíos en Europa a manos de Hitler”.

Abbas usa las disculpas. No en 1982. Cuando se le pregunta por su tesis de entonces dice que no se acuerda. Pero en 2018 pidió disculpas por sus dichos. Dijo lo que siente y piensa, sus disculpas son papel picado. Y ahora, esta semana, volvió a pedir disculpas por el escándalo que provocó en Alemania. Claro, el gobierno, los medios periodísticos y los partidos políticos alemanes se sintieron ultrajados por la agresión de Abbas. Así que 24 horas después Abbas se disculpó. Más papel picado. Más bien, más mentiras. Porque pocas horas antes, el lunes de esta semana, un terrorista atacó a un grupo de israelíes que caminaban por Jerusalén e hirió a nueve, dos de ellos, con serias heridas. Y Fatah, el movimiento palestino de Abbas los felicitó efusivamente. Y Abbas va a convertir en mártir al asesino, y le dará mucho dinero a su familia, y seguirá con su doble discurso.

Es que en realidad se siente intocable. En realidad, el asesinato de los atletas israelíes se siente impune. Alemania no le pidió cuentas a Arafat, obviamente, y liberó después tres terroristas. Los homenajes de hoy no limpian una mancha de medio siglo que no se borrará jamás. Y esta semana, Abbas atropella en Alemania con una barbaridad, pide sus disculpas banales que ni él cree, ¿y qué pasa? Nada. Puede felicitar ataques terroristas contra civiles israelíes, puede entregar dinero por asesinar israelíes, puede usar podios para agraviar, mentir, horadar la historia y el presente, pero sabe que ningún Consejo de DDH va a investigarle o criticarle nada, sabe que Alemania le va a manifestar su disgusto y nada más, y que horas después de su exabrupto, puede decir bestialidades como que sufre de apartheid y va a tener dictaduras de sobra que lo van a apoyar y democracias que se van a llamar a silencio impúdico permanente. Entonces, seguirá agrediendo sin dificultades, y las expresiones políticas de bajo costo que algunas potencias gustan hacer sobre la “paz entre palestinos e israelíes”, seguirán por su camino superfluo. Esta semana, Abbas demostró una vez más que el odio antisemita es más fuerte que cualquier intento político.

 

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Sobre María Corina Machado
     
 
Nuestra Señora del Monte Carmelo
   

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