Pedro R. García: Tensión entre la pureza sexual y el desenfreno…

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“Asmodeo es uno de los 7 príncipes del infierno y es el que representa el pecado de la lujuria, por tanto, es el demonio que se encarga de que los hombres y mujeres cometan actos de infidelidad y adulterio, además de que él se encarga de evitar las relaciones sexuales entre los esposos y arruinar noviazgos, él es el segundo al mando en el infierno pues satanás le concede el puesto de Virey infernal, Este demonio se dice de fue quien escribió sus intenciones en testamento del rey salomón palabras que decían: “Yo soy Asmodeo entre los mortales y mi negocio es atentar contra los jóvenes matrimonios, de manera que estos no se conozcan. Yo los quebrare con varias calamidades. Me arrebata la belleza de las vírgenes y anhelo sus corazones… Yo transporto a los hombres a los lapsos de la locura y el deseo cuando eyos tienen a sus esposas, así ellos las abandonan y se escapan de día, y de noche mantienen relaciones con las mujeres casadas y así caen en el pecado e incurren a actos culpables. Expulsar a este demonio por medio del acto del rito exorcista no es una tarea fácil, pues aquel que yeva a cabo el exorcismo debe conocer el verdadero nombre de Asmodeo, pero en el libro de Tobías el arcángel Rafael le dice a Tobías como deshacerse del demonio por medio de un complicado hechizo el que lo obligaría a huir al desierto de Egipto, donde seria atrapado por el arcángel Rafael. Según la mitología judía Asmodeo fue engendrado cuando Adán tuvo un hijo cuando estaba casado con lilith. También se dice que el demonio detesta el agua y las aves porque le recuerdan a Dios, además de que este demonio pertenecía a la orden de los querubines, lo que es la jerarquía más alta en las ordenes angelicales”.

Una acotación necesaria…

Hemos oído hablar de hombres que, apasionados en sus pulsiones, se cortaban sus órganos reproductores cuando les era imposible dominar sus mentes. “Supongamos que mi imaginación se convierte en esclava del deseo y miro malévolamente a mi hermana. Ardo en deseos, pero aún no he sido cegado totalmente por eyos. En tal situación, creo que cortarse el propio órgano sería un deber sagrado si no hay más remedio que hacerlo”. (Mohandas Gandhi, citado por Robert Payne en Gandhi (p. 344).  La plebe se arruina por la carne que con desmedida lujuria va contra el espíritu, y el sabio por el espíritu que con demasiada apetencia va contra la carne. (Georg Christopher Lichtenberg), según Freud, existe cierta relación de causalidad entre la represión de los apetitos sexuales “pervertidos” y los actos más elevados del espíritu, por un lado, y las neurosis por el otro. Dicho de un modo senciyo, la represión de una libido exagerada puede hacer de un hombre un genio o un neurótico. Max Scheler tiende a coincidir, en principio, con este punto de vista: no cabe ninguna duda de que de hecho y debido a la limitación de la energía psíquica total de un hombre, una fecunda actividad espiritual, cultural, profesional, como también las operaciones de las formas superiores de la simpatía y del amor, dependen hasta cierto grado de que se sujete el impulso sexual a un determinado orden e imperio (Esencia y formas de la simpatía, secc. B, cap. VI, 5). Lo que hay que resaltar es que Scheler no habla de “represión” sino de “dominio” del impulso sexual, y le achaca a Freud el hecho de que no haya sabido diferenciar estos dos conceptos: lo que en Freud echamos completamente de menos son indicaciones más precisas acerca de la diferencia entre un “dominio” justificado y necesario sobre la libido y el impulso sexual y una “represión” de eyos que según él representaría una fuente capital de las enfermedades nerviosas; y al mismo tiempo una descripción precisa de las diferentes condiciones que partiendo de la libido reprimida conducirían unas veces en la dirección de la “sublimación”, otras en la dirección de la “enfermedad”. Así como para Dietrich Von Hildebrand existe una fundamental diferencia entre la frigidez y la pureza sexual, existe para Scheler una diferencia entre represión y dominio sexual, siendo la represión un factor importante en la etiología de las neurosis y el dominio sexual un factor importante en la de la espiritualidad y la genialidad. La “sublimación”, concepto freudiano, es explicada por Scheler no como condicionada directamente por el dominio sexual, sino como consecuencia del “ahorro” de una cierta energía originaria utilizada por el hombre en sus diversos quehaceres: en nuestra opinión corresponde a todas las capas de nuestra existencia psíquica, empezando por la sensación hasta los actos más altos del espíritu, una cantidad independiente de energía psíquica, que no está tomada en absoluto a la energía impulsiva de la libido. Dada la limitación de la energía psíquica total de un hombre, sí es posible que el emplear la energía de una de estas capas en cantidad excesiva, y no ajustada a la armonía y al equilibrio de las fuerzas psíquicas, conduzca a sustraer energía a las capas restantes, a saber, en tanto que todas las energías correspondientes a las diversas capas participan en la limitada energía total del hombre y sólo pueden dar de su propio fondo hasta donde lo permite simultáneamente esta energía total y su ley de distribución interna. No es el caso tampoco de decir que nada más que dominando el impulso sexual aparecerá la sublimación bajo la forma de grandes producciones culturales en cualquier sujeto que practique tal dominio. De ser así, sería cosa de esperar que dondequiera se practicase un duradero ascetismo sexual, que conduce, como enseña la experiencia, a la evaporación y muerte de la simpatía y del impulso sexual, como, por ejemplo, en los claustros monacales, se encontrarían necesariamente las más altas energías espirituales, y en consecuencia brotasen de eyos también las más altas obras de la cultura del espíritu; de esto, sin embargo y a pesar de todo lo producido por los claustros, no nos muestra nada la experiencia. La energía sexual reprimida no sobrevendría, por arte de magia, en cultura, sino que despertaría valores culturales que la propia persona ya poseía y que se mantenían latentes por estar su energía psíquica “dispersa” en exceso: si la voz “sublimación” ha de tener un sentido racional, sólo puede querer decir que por obra de este proceso que rechaza la libido es derivada hacia las aptitudes y direcciones de interés espirituales existentes en forma de disposiciones una energía que les sería rehusada en el otro caso, de una entrega sin límites a la libido. El dominio sexual no “crea” disposiciones para el encuentro de valores culturales, pero sí despierta estas disposiciones que a veces hibernan. Pero si en vez de dominarnos nos reprimimos, no sólo las disposiciones no aparecen, sino que afloran, en su reemplazo, las neurosis. El hombre pierde, y pierde la cultura. Y entonces surge la cuestión, trascendente como pocas, acerca de cómo dominar la libido sin yegar a reprimirla. Constreñir el impulso sexual es inmovilizarlo, es no darle libre salida práctica una vez que ya se ha apoderado de nuestros órganos reproductivos y de nuestro cerebro. Es sentir el deseo ardorosamente y no concretarlo con cópulas o masturbaciones.

Ubicando algunas pistas…

El dominio sexual, en cambio, actúa inhibiendo el deseo mismo, de suerte que el apetito concupiscible nunca traspasa el umbral de la conciencia. Guiándonos por estas definiciones, salta a la vista que la tarea de quien pretende dominarse sexualmente presenta mayores inconvenientes logísticos que la de quien se conforma con reprimirse. Para reprimir la libido sólo hace falta poseer en alto grado la virtud relativa de la continencia. San Benito, revolcándose desnudo sobre zarzas cada vez que la lubricidad lo invadía, representa un claro ejemplo de represión sexual o continencia. Esto es, como se dijo, una acción virtuosa, pero peligrosa para la salud mental del combatiente. En efecto, una represión tan encendida de los apetitos sexuales puede degenerar en neurosis si se prolonga en el tiempo. La virtud consiste aquí en desarroyar el hábito de la continencia como antesala de la aparición de otra virtud relativa mucho más interesante: la pureza sexual. Siendo la continencia una virtud que se manifiesta mayormente por vía racional, es pasible de perfeccionamiento por el ejercicio, sucediendo entonces que después de algún tiempo de autorrepresiones, el deseo sexual tiende a ceder rápidamente ante la voluntad del individuo que ha tomado la decisión de no desfogarlo. Pero esto no significa que el deseo deje de manifestarse. Lo que desarroya el ejercicio de la continencia sexual no es una eliminación del deseo sino su “conexión firme”, la certeza de que no podrá desatarse que el impúdico no tiene y que el continente poco ejercitado tiene a medias. El ejercicio de la abstinencia nos convierte en mejores sujetadores o nos provee de una mejor cuerda, pero es impotente para evitar que el perturbado intruso aparezca y tengamos que maniatarlo. tiene la mesura y su ejercicio continuado, empero, la interesante tarea de crear un ambiente psicológico favorable para el conocimiento profundo de ciertos valores, uno de los cuales es la pureza sexual. Conocer profundamente intuitivamente y ya no discursivamente lo que significa la posesión de una virtud, es causa, como bien señalaba Sócrates, de que al punto la virtud se nos pegue, y a ese conocimiento profundo tiene mayores chances de acceder una persona continente, que reprime su sexualidad, que un lujurioso extremo que da rienda suelta a sus impulsos. Ciertamente que la represión tienta a la neurosis, por lo que no es conveniente continuarla indefinidamente si es que la meditación sobre la pureza sexual no logra enfocarse sobre su objeto y así evitar el ascenso del deseo. Hay también algunos trucos adicionales que nos auxilian en esta empresa epopéyica de transformar la continencia sexual en pureza: el desviar la mirada de los “objetos de lujuria” es altamente recomendable para los individuos del sexo masculino, cuya sexualidad suele despertar por los ojos, lo mismo que el evitar el contacto físico de todo tipo lo es para las mujeres. Y ni que hablar del alcohol o las drogas excitantes: que son aparatos perforadores de la tela que constituye la voluntad racional del continente y por cuyos agujeros se infiltra la tentadora ponzoña.

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La elevación de una energía más humilde a fines más elevados…

 

La elevación de una energía más humilde a fines más elevados…

Yegamos entonces a comprender que, aunque nuestro objetivo sea pura y exclusivamente la continencia y la pureza de tipo sexual, será necesario extender considerablemente la voluntad de autorrepresión hacia otras esferas fronterizas, aunque no sea como mero apuntalamiento. Podemos esbozar ahora una explicación plausible de la diferenciación que venimos buscando desde hace rato entre la pureza sexual y la frigidez. Dice Chesterton, refiriéndose a Santo Tomás de Aquino, que “no fue frecuentemente irritado” por el virus de la lujuria, y atribuye esta no irritación a nuestro concepto freudiano de sublimación, “que es la elevación de una energía más humilde a fines más elevados; así que el apetito quedaba casi apagado en el horno de su energía intelectual” (Santo Tomás de Aquino, cap. V). Según Chesterton, su aplicación al estudio eclipsaba o ahogaba su lujuria, al punto de impedirle asomar siquiera las narices a la conciencia. Pero si hemos de ser consecuentes con nuestro pensamiento no es fácil aprobar esta explicación. Lo que pudo haber sucedido, en todo caso, es que Santo Tomás, habiendo primeramente reprimido su deseo sexual para luego eliminarlo, produjera su monumental teología como sublimación de aqueya energía sexual ahorrada. No es esto, sin embargo, lo que algunos pensadores creen que haya sucedido. No me parece que el Aquinate sea la especie de santo que haya tenido que luchar desesperadamente contra la lujuria; me lo imagino, más bien, como alguien a quien la lujuria nunca molestó, ni antes ni después de haber yegado a lo que alcanzó. Me lo imagino, en definitiva, como un santo impasible. Supongamos, sin estar seguros de eyo, que este es realmente el caso, y comparémoslo con aquel otro santo que se revolcaba sobre zarzas para distraer al deseo y que, merced a esta y a otras maniobras de diversión, logró controlarlo en primera instancia y anularlo luego. Yo digo que, de estos dos santos, hay uno, y sólo uno, que puede considerarse dueño de la virtud de la pureza sexual, y es el que la consiguió a fuerza de revolcarse. No estoy diciendo que este santo haya sido más “santo”, más puro en todo sentido, que el santo representado aquí por Tomás de Aquino, nada más quiero deducir que de entre todas las virtudes que son factibles de esperar en un santo, hay una que el que se revolcaba en las zarzas y la poseía y el otro no. Y la poseía porque la conquistó; la pureza sexual es una virtud exclusivamente dimensionada para los lujuriosos, para los que han nacido ya con la lujuria a flor de piel o royéndoles los talones. Un hombre que nunca experimentara la lujuria en ningún grado no puede aspirar a esta virtud, senciyamente porque es impasible y a los insensibles les está vedado este combate. La frigidez no es una virtud ni un vicio, sino una disposición temperamental neutra. Es la metáfora, análogamente, de un contador deshonesto comparado con un niño que no supiera sumar, ni restar, ni realizar ninguna operación matemática: el contador impúdico podría, si se dieran determinadas circunstancias, convertirse y abrazar la virtud relativa de la honestidad, cosa que nunca podría lograr el pequeño analfabeto. Este último es “digno” en el sentido de que le es imposible la obscenidad, pero no es virtuoso en el sentido recto que implica esta virtud, el cual requiere conocer la indecencia, no necesariamente por experiencia como sí es el caso de la lujuria, pero sí conceptualmente. Tiene que existir la posibilidad de caer en la concupiscencia en el espíritu de una persona para que pueda juzgársela como honesta, y lo mismo tiene que existir la posibilidad de tropezar con la lujuria, o haber existido esta posibilidad en el pasado, para poder aspirar a la pureza sexual. Todo es cuestión de saberse escuchar, de atender al propio cuerpo y también al espíritu, y de adaptarse a sus tiempos. Leamos estas palabras de Julien Virrey: “si hay en el universo un principio capaz de imprimir a nuestra inteligencia toda la audacia y toda la extensión de que es susceptible, este principio es, sin disputa, el esperma. El esperma es, por consiguiente, un nuevo ímpetu faciens, una fuente de vigor vital. Por él el genio se enardece, la poesía se enriquece en nobles sentimientos, se colorea con briyantes imágenes; la misma, y todas las beyas artes se encienden en esta antorcha de vida, y en cambio, nada corrompe tanto el gusto como las voluptuosidades, que; nada desencanta, nada enfría tanto la imaginación, como esta efusión de placeres. Así, el buen gusto está unido a las compasivas costumbres, y la moral más sana es una sublime medicina. ¿Que es más propio para agrandar la existencia y aumentar nuestras fuerzas, que la sustancia misma que nos comunica la vida en el seno maternal? Así, el esperma, reabsorbido en la economía (fisiológica), imprime una actividad extraordinaria a todas las funciones, distendiendo todos los sistemas y principalmente el nervioso; de ahí vienen el calor de sentimiento, el valor, la energía, la impetuosidad que la pubertad desarroya; de ahí esa disposición al entusiasmo, ese arrebato que se nota en los juveniles cerebros. Empero, estas venturosas cualidades desaparecen por la profusión excesiva del esperma (La mujer bajo los puntos de vista fisiológico, moral y literario, pp. 236 a 239). Cuando leí estas reflexiones por vez primera, hace poco más de diez años, creía como aún sigo creyendo que la represión del deseo sexual podía yegar a ser sicológicamente peligrosa para el casto. “En un tayer de literatura escribí en aquel entonces comentando el anterior pasaje que la no efusión “enardezca el genio poético y enriquezca las hermosas artes con esplendentes imágenes encendidas como antorchas de vida”, pero si el precio a pagar por encender antorchas es volverse uno loco, prefiero mantener las mías apagadas”. El error que ahora creo ver en aquel mi antiguo punto de vista estriba en no haber sabido diferenciar la represión del dominio como antesalas, respectivamente, de la neurosis y de la producción cultural de envergadura. Continuo con Virey: observando los antiguos filósofos en cuánto grado la evacuación excesiva del esperma debilitaba el órgano cerebral, lo yamaban stiya cerebri, flujo del cerebro. Parece que la misma inteligencia que organiza y vivifica el embrión por el esperma puede, conservándose, acumularse en nuestro propio sistema de sensibilidad y dotar al cerebro del más alto grado de tensión. Absteniéndonos de la generación corporal, nos hacemos más capaces de la generación intelectual, tenemos más genio interior (ingenium) y por la misma razón los hombres que lo han detentado son menos capaces de engendrar físicamente. Newton murió virgen, lo mismo que W. Pitt, según se afirma. Kant aborrecía a las mujeres; y algunos grandes hombres de la antigüedad, como observa Bacon, fueron muy poco dados a las voluptuosidades (Ibíd., pp. 244-5). He aquí los comentarios que merecía este pasaje que ponía en tela de juicio mi estilo de vida sexual que ya estaba pronto a desbordarse: “Que los grandes hombres de la antigüedad, al igual que los grandes hombres del presente, hayan sido y sean (en general) muy poco dados a las voluptuosidades es algo que no es fácil discutir, pero del poco erotismo a la total abstinencia hay un abismo que no sé si es posible saltarse. Que Newton y ese W. Pitt que desconozco hayan sido vírgenes no implica que no se masturbaran, y si no lo hacían entonces fueron grandes hombres a pesar de su continencia y no gracias a eya. Repito que no todos los grandes hombres tienen dispositivos manuales en la cabeza, pero quienes tuvieron la suerte y la desgracia de nacer con ese instinto, valioso como pocos, marcado a fuego en el espíritu, me parece que lo mejor que pueden hacer es sacar de paseo de vez en cuando los perturbadores para que la mente no pierda la cordura con tanto chiyido y roedura que le carcomen las ganas de echar una mirada hacia lo alto”. No había dudas: la continencia era peligrosa y había que evitarla. La sublimación, si aparecían, en coalición con la neurosis. Diferenciarlas no era fácil, aunque se podía intentar. Pero Virey no claudica y continua: “si es verdad que las pasiones fuertes, exaltando la imaginación, dan alas al pensamiento y transportan el alma a esas sublimes regiones desde donde contempla el universo en éxtasis y se lanza a la inmortalidad, el único medio de obtener este potente impulso estriba en no saciar las voluptuosidades, en tender más y más los resortes de la continencia o de la resistencia (ibíd., pp. 247-8). ¡Tender los resortes! ¿Y a mí me lo decía?: “Yo intenté ya un par de veces progresar espiritualmente mediante la continencia sexual, dilatando el resorte más y más y suponiendo que podría extenderlo indefinidamente como si fuera una goma. Pero no resultó. No es que la continencia en sí misma sea difícil de mantener, pero me parecía que el precio a pagar por eya era excesivo, porque me costaba nada más y nada menos que mi tranquilidad mental. Creo que lo mejor que puedo hacer por mi propio bien y por el mundo en general es escribir; y como para poder escribir hoy necesito, a diferencia de años anteriores, tener la mente serena, debo mantenerla ocupada lo menos posible con asuntos tan triviales como el deseo sexual sin amor, y el método más efectivo para evitar el deseo sexual es satisfacerlo”. ¡No, amigo, por supuesto que no! ¡El deseo sexual es un bumerán que si se satisface lujuriosamente vuelve a la carga por detrás y nos golpea justo en la nuca! Es verdad que la lujuria tiene un límite fisiológico que no es posible salvar, ¡pero bien jodidos estamos si la tranquilidad mental necesaria para escribir hay que ceñirla a los momentos en que mi libido está extenuada! Lo ideal sería erradicar el deseo por completo, no satisfacerlo y volverlo a tener al rato. Pero ¿cómo erradicarlo? Imposible para un hombre lujurioso como yo; luego, ¡a masturbarse!: “Careciendo de novias o amigas que accediesen gustosas a esta requisitoria, y considerando inmoral el hecho de solicitar el concurso de una profesional (escabroso por requerir una erogación considerable de dinero que otros no tienen ni para darles de comer a sus hijos, nada más que por eso), lo que hago no es otra cosa que masturbarme cuando el deseo se presenta imponente ante mi dubitativa humanidad, algo que ocurre bastante frecuentemente (0,62 masturbaciones eyaculativas por día según las estadísticas de la pasada primavera)”. Virey admiraba a Newton y a Pitt por su continencia, pero tal vez estos señores se masturbaban a escondidas como actualmente lo hacen muchos hombres que por vergüenza no lo admiten ni siquiera ante sus más íntimas amistades, o apelan al sexo virtual en las redes. Yo decidí admitirlo no porque no sienta vergüenza pensando que mis potenciales a amigas e hijos o algunos de mis familiares podrían leer esta declaración, ni tampoco soy un desenfrenado que lo único que desea es turbar con sus concupiscencias. Lo que yo creo que ha terminar de una vez con la hipocresía del decir una cosa y hacer otra. No quiero escribir seriamente ni una sola mentira siendo consciente de que estoy mintiendo, y ocultar una verdad se parece mucho, demasiado a estar mintiendo. No sé si masturbarme me hace más inmoral, menos vigoroso y más cobarde como era la opinión de Virrey, pero yo no lo creo. En todo caso, me destraba los pensamientos, y eso es lo único que me interesa por el momento”. Yo sabía, creía, que la continencia era valiosa y necesaria para mi progreso espiritual, pero aún no tenía la fuerza o el conocimiento suficientes como para ejercitarla, y me consolaba pensando, como la zorra de la fábula viendo desde abajo a las inalcanzables uvas, que mi libertad de lujuria me destrababa los pensamientos. Si no hubiera sentido que la continencia era una virtud, ¿para qué intentar alcanzarla? Porque lo intenté varias veces. Las primeras no las contemos, porque yo era un adolescente y no se puede pretender que un adolescente comprenda el valor de la continencia dejando de lado las imposiciones de fuera y la superstición caduca. Empecemos a contar a partir de los años de incipiente madurez mental. Ocurrió la primera intentona en 1996, durante mi primer gran viaje, manteniéndome continente durante más de tres meses, entre mayo y agosto, y cediendo al fin el deseo masturbatorio mientras acampaba en el Parque Nacional Iguazú. Al regresar de aquel viaje positivo como ningún otro, pero deficitario en este rubro, decidí tomarme más en serio esta cuestión de la continencia, y entonces eché mano de Dios. Le prometí que “de aquí en adelante, mis órganos genitales no trabajarán, estando yo consciente, para procurar y/o procurarse placer, exceptuando de esta promesa los actos sexuales que se realizaren junto a un ser amado” (anotaciones del 7/5/97). Y en esa misma entrada, un poco más abajo, me jactaba de tener ya controlados mis deseos sexuales primarios, de modo que mi promesa no sería más que una ofrenda. “No es conveniente prometer a Cristo cosas que no están bajo nuestro control a la espera de que, por su propia virtud, y no por la nuestra, podamos controlarlas”. Pero visto estaba que aquel control era ilusorio, que era hijo de una cierta tranquilidad de espíritu que en ese momento disfrutaba y que desapareció al primer pequeño inconveniente que se me presentó. Y no pude superar mi récord: nuevamente tres meses y pico fue lo que aguanté sin eyacular. Después vino lo que todos ya conocen, lo que me mantuvo vivo y cuerdo durante aqueyos años de cólera. Sí, la promiscuidad sexual me mantuvo vivo y cuerdo. Gran ayuda es la continencia cuando se ejercita en su tiempo y sazón, y harto peligrosa cuando se impone autoritariamente. Y ahora ¡qué! ¿Por qué supongo que ahora será distinto? No, no supongo nada. Tan sólo experimento. Si no ha yegado el tiempo todavía, volveré a mi viejo vicio y conviviré con él, a la espera esperanzada de que algún día el conocimiento profundo de la pureza sexual se me haga carne. Hay, sin embargo, un indicio alentador, y es que en estos pocos días de reconcentración mental y abstinencia… ¡el deseo no se ha hecho presente! No tuve que atarlo, porque nunca se presentó. ¿Significa esto que ya soy puro? ¡Idiota de mí si así lo supusiera! El diablo tiene muchos modos de manifestarse, y a veces esboza una sutil retirada para poder tomar impulso, para arremeter más tarde con el ímpetu de un toro embravecido. Y yo, torero poco eximio, atravesado hasta la médula por las cornadas, me aprestaré una vez más a salir al ruedo, blandiendo la roja capa frente a una bestia que no parece cansada a pesar de sus infinitas corridas. ¡Auxíliame San Benito! ¡Convénceme de las bondades de la continencia y de las maraviyas de la pureza! Y si no puedes convencerme, y me ves desnudarme preparándome para una nueva orgía, aprovecha mi desnudez y entiérrame aqueyas tus zarzas en mi bronceada piel hasta que se cubra entera de sangre y cicatrices. Zarzas tuvo Cristo a modo de corona en su cabeza, y con eyas fayeció. Yo he de morir enzarzado también, pero morir para esta vida de puro desenfreno que no es vida, y nacer para la otra, resucitar para la vida que merece ser vivida. ¡Auxíliame, San Benito! Que poseía en el sentido de disposiciones psicológicas a propósito para crear cultura, no en el sentido de que la propia persona, por sí misma, sea un bien cultural. (Nota: en este momento me entero de una anécdota que la hagiografía clásica refiere de Santo Tomás de Aquino. Parece ser que sus hermanos, deseosos de que el joven Tomás revocara su decisión de consagrarse el servicio de la Iglesia, decidieron tentarlo acercándole una prostituta, pero Tomás la sacó corriendo mientras la amenazaba con una rama encendida. Luego, feliz por haber sabido espantar al Maligno, dibujó con la rama una cruz y frente a eya se arrodiyó a rezar. Esta anécdota puede ser verdadera o falsa, pero si la suponemos verdadera, ¿podría inferirse de la misma el hecho de que Santo Tomás haya sido una persona lujuriosa? Habría que preguntarle a un buen psicólogo, pero a mí no me parece.

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Solo los espíritus agrietados poseen aberturas al más ayá.

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