Pedro R. García: Caracas de La Ciudad Mesopotámica a la ciudad postmoderna I

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Vamos edifiquemos una ciudad cuya cúspide yegue al cielo y hagamos un nombre, por si fuéramos esparcidos sobre la faz de la tierra”(Génesis XI)

Una acotación necesaria…

Cuando el otoño le dio paso a la primavera, en abril de 1999, Guillermo Cabrera Infante, nos obsequió “El Libro de las Ciudades”, y nos dijo en su ¿Elogio a la Ciudad que reproducimos in extenso cito: “El hombre no inventó la ciudad, ¿más bien la ciudad erigió al hombre y sus costumbres? Urbanidad viene originalmente de la palabra latina para la ciudad. La ciudad como la conocemos se originó posiblemente en el Asia entre el sexto y el primer milenio antes de Cristo. Pero es en Grecia donde la idea ciudad-Estado o polis yega a su cúspide con lo que Roma, creadora del imperio romano, la ciudad, Roma misma, edificada originalmente sin plan ni orden, creció hasta convertirse en un modelo de otras ciudades creadas a su imagen y semejanza. Bajo los Antoninos, Roma yegó a tener casi dos millones de habitantes, donde los ricos vivían en fastuosidad y los pobres en la indigencia, creando lo que hasta hoy día se yaman cuarterías o solares. Pero la ciudad ha sido destruida más de una vez por el hombre que creyó que la creó. Según la leyenda Nerón incendió Roma, pero Roma fue reconstruida y vive hasta nuestros días: la única ciudad que es una lección de historia. Las eras romanas viven en sus ruinas. Es, por supuesto, la Ciudad Eterna. Otras ciudades como Berlín la Habana y Caracas han sido destruidas por la guerra o por la desidia de sus gobernantes. De hecho, La Habana hoy es una ciudad derruida, no desde el aire como Berlín, sino desde dentro, Caracas, desolación y anarquía. Pero Berlín, como la Roma antigua después del incendio, ha sido reconstruida, y La Habana guarda una extraña beyeza entre las ruinas. Aunque, como Horacio, digo que las ruinas me encontrarán impávido. Es así que he buscado en otras ciudades su esplendor, ejemplo lo alegre que fue la Habana”, y le adicionaríamos la senciyez estética que detento Caracas.

Antecedentes históricos…

Sin embargo, este hermoso Elogio es una verdad incompleta del laureado escritor cubano, ayer halagado por su extraordinaria novela Tres Tristes Tigres”, luego contemplativamente observando desde el exilio disidente hoy tristemente fayecido. Pero esa maravillosa evocación nos plantea una necesaria y pertinente reflexión entre esa relación constituida entre el Hombre y la Ciudad, sus orígenes allá en los remotos confines de la historia y de su fluir ininterrumpido hasta nuestros días. Así las cosas, es necesario precisar que el género Homo es el resultado de la experiencia y de la observación. No en vano los primeros primates surgidos hacen 35 millones de años y el Homo Habilis, surgido hace 2.5 millones de años, cumplieron en su relación con su entorno casi las mismas fases. Vivieron en sus hábitats arbóreos dónde la sobrepoblación les obligó a abandonarlo y emigrar hacia las sabanas y en oleadas, desde el África hasta los confines del Asia, Europa e India y China; el entorno los obligó a adquirir destrezas, que en el caso del hombre, y he aquí la diferencia, le permitió tallar y manipular, en un primer estadio las ramas y luego la piedra para hacerlas cortantes y punzantes. Pero esto último fue la resultante de su mayor tiempo dedicado a la observación hasta convertirlas en instrumentos significativamente eficientes para la caza. Con ello marcaron el inicio de la edad de piedra, allá en el paleolítico inferior. Luego hace dos millones de años aparece sobre el viejo Homo Habilis, el nuevo Homo Erectus y durante la tercera glaciación del cuaternario, entre los 200.000 y 100.000 años, el viejo Homo Erectus que cederá el paso al nuevo Homo Sapiens, el hombre pensante con cuya aparición se da inicio al paleolítico medio. Durante la cuarta glaciación hace 80.000 años encontramos ya una cultura neandertal claramente definida. El Homo Sapiens (que se preocupa, que es pensante, además de ser propiamente el hombre que inicia la modernidad), tal como han sido los resultados de investigaciones de nuestra historia evolutiva se ha determinado que el hombre moderno está presente en África que es su espacio y territorio de origen, tal como lo demuestran los estudios realizados sobre los cromosomas del ADN mitocondrial (ADN, mt) por la naturaleza de su trasmisión matrilineal y del ADN nuclear por la naturaleza de su trasmisión patrilineal, sale desde allí en una primera oleada migratoria hace más de 50.000 años y se radicó en Asia y Australia; y muy subsiguientemente, en otra gran concentración se extendió por Europa.. Cazaba todo tipo de animales y se adaptó con eficiencia a cada medio ambiente. Hace unos 40.000 años el Homo sapiens se convirtió en el primer poblador humano de Australia. Hace unos 35.000 años empezó a manifestar su superioridad cultural frente al hombre de Neandertal, dando inicio así al paleolítico superior. Una buena prueba de esta superioridad es que la población mundial pasó en un tiempo muy breve de poco más de un millón de habitantes a casi cinco millones. A esta época corresponden los restos más antiguos conocidos de arte prefigurativo (incisiones y marcas decorativas en hueso y en piedra). Las primeras muestras conocidas de arte figurativo (cabezas y cuartos delanteros de animales pintadas en piedra) datan de hace unos 30.000 años. Este avance hay que asociarlo a una significativa evolución intelectual. Es imposible poner fechas a esto, pero el hombre adquirió la capacidad de pensamiento abstracto, es decir, la capacidad de pensar en algo sin necesidad de ningún estímulo externo que le impulsara a ello. Así mismo desarrolló el lenguaje articulado: los homínidos yevaban mucho tiempo comunicándose entre sí con gran eficiencia, pero siempre mediante signos cuyo significado lo fijaba el contexto (un grito en un momento dado podía ser la señal de iniciar un ataque conjunto a una presa, o el indicio de algún peligro cuya naturaleza había que percibir directamente, y demás). El lenguaje articulado dedujo la posibilidad de aludir a algo de forma unívoca independientemente del contexto. Tal vez las figuras esquemáticas fueron al principio un método de ponerse de acuerdo en el significado de las palabras, de convenir qué caza iban a buscar, tal vez se quedó como costumbre hacer dibujos de las presas que esperaban cazar, tal vez yegaron a imaginar que dibujar los animales era una forma mágica de atraerlos. Es difícil saber cómo imaginaban el mundo estos primeros hombres. Este lenguaje articulado va a diferenciarlo del resto de los otros homínidos. Éstos no tienen cultura porque su tiempo es único y sus testimonios no van más ayá del fondo de sus propios cuerpos; en cambio el Hombre, que nace más despojado que casi todos los seres vivos, dotado del rasgo específico del lenguaje, capaz de “pensar” sentimientos y emociones, “definir” objetos, acciones y deseos, “elaborar” conclusiones y “crear” decisiones, traspasa los confines de la contingencia, permite la realización de múltiples actividades y el progreso del pensamiento. Un arma fuera de lo común para su supervivencia y definitiva para imponerse en un mundo en el cual alzar el vuelo con desventaja; una herramienta peculiar más sofisticada para su propia evolución, por su naturaleza compleja, en la que intervienen procesos físicos y mentales complejos y medios idóneos para complementar la tarea del pensamiento, como cualidad del “pensamiento en marcha” que le permite trascender la realidad y olvidarse un poco de los esfuerzos de cada día en el duro entorno paleolítico que hacía que una madre dijera cosas hermosas y personales sobre su cría, o a un adolescente hablar del amor o a un guerrero exponer sus ideas para cazar mejor al búfalo, expresión de las necesidades primarias, que luego pasará a expresar deseos, sentimientos, ideas, aún mejor que las hachas de sílex y las flechas de obsidiana, que les ayudó a superar el medio hostil en constante pugna con  animales de mayor agilidad, fuerza, y astucia, un apresto desconocido entre las demás especies, un don intangible, tan inapreciable y misteriosos como la vida misma. Una cualidad innata que podía tomar la forma de pensamiento organizado en palabras más allá del instinto, que se transformaba en habla como expresión de libertad individual y capacidad de comunicación social, que fue además factor de progreso y desarrollo. Durante la Edad de Piedra, sin embargo, la palabra no estaba libre de cadenas, porque el conocimiento, su consecuencia inmediata, aún residía atado a un universo cerrado de mitos y tabúes que conformaban la cultura y las creencias de la tribu. Fue el génesis de la memoria humana y el motor de arranque para el comercio que acercó pueblos y culturas. Ya se ha dicho que en el Principio fue el Verbo y con el don de la palabra los hombres se pensaron a la imagen y semejanza de Dios. Tienen lenguaje, se comunican, pero son sociedades estáticas porque les falta la última condición del lenguaje humano, el rasgo final del ensimismamiento que permite al hombre, además de su libertad, su dignidad. Que otra cosa es el lenguaje humano sino una copia fiel de los sonidos de la naturaleza. El hombre primitivo formaba las palabras con sonido, según la sensación con que impresionaban su mente las características de tal objeto, cosa o ser, de donde resultaba que el nombre era la representación de los atributos de la cosa o ser que los yevaba. Y como tales sensaciones eran producidas “por el sonido, color y proporción del objeto”, y esa proporción se forma de agregados Numéricos, cada  nombre o cada palabra se relacionaba con un número. La palabra es una energía eternamente vibrando que se manifiesta en el mundo físico como sonido, pero que también se puede manifestar como forma y destruir otras existentes; el que ha yegado al dominio de la parte sutil de la palabra y conoce el verdadero nombre de una cosa puede, con su pronunciación, traer a su existencia dicha cosa. Cada hombre individualmente es un Logos. El Logos como sonido insonoro, potencial, que se manifiesta en el plano de los sentidos como resonancia audible. Cada letra del alfabeto es una fuerza; de la combinación de ellas nace la acción de fuerzas con propiedades distintas, que produce una resultante que tiende a un fin distinto. El nombre de un objeto y su forma van siempre juntos; no podemos separar el uno de la otra; al pensar en un objeto, acude en seguida su nombre, y si no lo conocemos, se forma en nuestra mente la imagen correspondiente al nombre. Pronunciar un nombre es evocar el objeto mismo. Por ejemplo, en nuestro continente la palabra “aguacate” viene de la lengua azteca náhuatl “Ahuacatln”, que también significa testículos. El Logos es una fuerza en la que el pensamiento y la palabra van unidos, y sin la fuerza del Logos no existe la palabra, resulta que el pensamiento y la palabra son las fuerzas constructoras de cuanto existe. Todas las cosas que existen tienen un nombre que es engendrado por las fuerzas vibrantes que lo componen. Por eso, quien conoce tal nombre tiene: La Capacidad de la Imaginación a medida que el Homo sapiens fue cobrando conciencia de su existencia en el mundo debió de percibir su debilidad e impotencia frente a la naturaleza: había animales feroces a los que era mejor no enfrentarse salvo extrema necesidad, otros, en cambio, podían ser dominados con habilidad. Por otra parte, nada había que hacer contra las fuerzas del cielo, los rayos y los truenos. Sin duda el Sol y la Luna debieron de intrigarle. Probablemente aventuro  la conclusión de que en el cielo habitaban seres muy poderosos y de humor voluble, a los que era mejor tener contentos, pues ejercían gran influencia sobre la tierra. En manos de estos seres estaba que acaeciera o no buena caza, que las mujeres tuvieran o no hijos… La imaginación del Homo sapiens ante lo desconocido pudo ir por mil caminos diferentes, creando dogmas de toda índole, acompañadas de ritos y costumbres. Es difícil saber qué finalidad concreta tendrían los objetos que hoy calificamos de “manifestaciones artísticas”. Se conocen estatuillas femeninas fabricadas desde hace unos 27.000 años. A partir de aquí se van produciendo imágenes pictóricas, bajorrelieves y esculturas cada vez más perfeccionadas. Hace unos 25.000 años se extinguió el hombre de Neandertal, con lo que el Homo sapiens pasó a ser la única especie humana sobre la Tierra y ya podemos referirnos a él simplemente como “el hombre”. Aparte de mínimas diferenciaciones etnográficas, no se ha producido ninguna evolución fisiológica substancial desde entonces. La extraordinaria evolución del hombre ha sido puramente cultural. Y ese proceso inicial lo conocemos como la revolución del neolítico. Si la piedra fue el instrumento significativamente eficiente para la caza, también lo será para construir sus viviendas.

 

El Mérito de Mesopotamia…

¿A quién le interesa hoy día Mesopotamia? Todo el mundo posee unas nociones más o menos vagas acerca de los pueblos en los que tradicionalmente se imagina que comenzó la civilización tal cual hoy la conocemos y cada vez son más las personas que han viajado físicamente a los territorios donde éstas se instalaron. La vieja Roma, las ciudades griegas, el legendario Egipto…, son sitios cada vez más populares gracias al auge del turismo y, desde luego, al interés de los argumentos ambientados en estas épocas y profusamente utilizados hoy día en la literatura y el cine. Pero, ¿y Mesopotamia? Si en su época de estudiantes fueron alumnos si se quiere aplicados, es posible por ello que aún guarden vagos recuerdos acerca de este territorio ubicado entre dos ríos, el Tigris y el Éufrates, en el que según viejas leyendas alguna vez estuvo ubicado el Paraíso Terrenal y donde desde luego en tiempos históricos muy antiguos habitaron pueblos de nombres exóticos que inventaron muchas de las cosas que en la actualidad consideramos lo más natural y lógico del mundo, como el cultivo de la tierra o la doma de animales, la rueda, la escalera y demás. Pueblos que, entre otras cosas, levantaron unas pirámides escalonadas yamadas Zigurats, la más famosa de las cuales fue la de Babilonia, la bíblica “ciudad de la perdición”. Los imperios que orgullosamente se desarrollaron en esa región y mandaron en el mundo entonces conocido yacen prácticamente olvidados y sepultados por milenios de polvo y rocas. Solo el pesado y laborioso proceso de rescate protagonizado por los integrantes de las sucesivas misiones arqueológicas que han operado en la zona durante los últimos doscientos años nos ha permitido recuperar parte de su legado y nos han dejado entrever la gloria que protagonizaron. Hoy, la mayor parte de esos trabajos se encuentran abandonados a su suerte o han sido directamente dañados destruidos en algún caso por los numerosos conflictos bélicos que en los últimos decenios han enfrentado entre si frente al devastador poderío militar occidental a sus descendientes iraquíes, kurdos, iraníes, kuwaitíes, sirios, turcos, hebreos… ¿Es que acaso no nos interesa Mesopotamia? ¿No nos dice nada su cultura? ¿Su religión y sus mitos? ¿Sus Leyendas? Aunque lo hayamos ignorado hasta ahora, sabemos mucho más de lo que creemos acerca de todo ello, como iremos descubriendo a lo largo de este análisis. Los cinéfilos guardarán en su memoria las secuencias primeras de El exorcista, el largometraje basado en la novela homónima de William Peter Batí. En ellas, el anciano sacerdote que más adelante se enfrentará al demonio encarnado en la lúgubre niña especialista en vomitonas, fenómenos psicoquinéticos e imposibles torceduras de cueyo, trabaja en un yacimiento iraquí. Ayí encuentra una antigua medallita cristiana antes de enfrentarse simbólicamente con una imagen de pesadiya: un pétreo ser antropomorfo dotado de cuatro alas en forma de aspa, una cabeza ciertamente grotesca, patas posteriores de ave de presa y patas delanteras como garras de león y que, además, posee una cola de escorpión, aunque este detalle no se advierte en el celuloide. Es Pazuzu,” hijo de Hanbi, rey de los demonios del viento del mal”, según reza una antigua descripción mesopotámica. Sin duda, una figura horrorosa, terrible y fantasmagórica que se identifica en la película con el diablo Judeocristiano (aunque lo cierto es que, durante el periodo asirio tardío y durante el neobabilónico, su inquietante imagen fue muy popular entre las embarazadas, que se hacían con amuletos de Pazuzu en bronce para protegerse contra los posibles ataques de un demonio aún más temido en el momento del parto: el femenino Lamashtu). ¿Es casualidad? ¿Por qué no se eligió un demonio egipcio o grecolatino como predecesor del que invade el cuerpo de la niña norteamericana? Las cosas nunca son como parecen y en el caso de la mitología que nos ocupa ahora, menos. Casi todo lo que conocemos sobre los antiguos mesopotámicos y pueblos adyacentes y circundantes, aparte de las deducciones obtenidas a partir de los restos desenterrados exhumados en las sucesivas excavaciones, la hemos obtenido de los dosificados relatos de la Biblia y de las narraciones elaboradas por fascinados viajeros y eruditos griegos, por lo que la parcialidad y fiabilidad de los datos es cuestionable. Algo sí está claro, y es que muchos de nuestros objetos de uso común, buena parte de la organización interna de una ciudad y de un sistema económico básico, un fragmento considerable de nuestras creencias morales y la forma de expresarlas…, y también otros detalles de nuestro acontecer diario son originales precisamente de la civilización que abrió los ojos hace más de cinco mil años en este lado del mundo. Cuando el deslumbrado turista visita las ruinas de la romana Pompeya y se asombra del correcto trazado de sus calles que incluso contaban con pasos de cobra y desagües comparándolo con las urbes modernas, ignora que ya los antiguos sumerios y luego asimilado por los babilonios disponían de un sistema similar. Un método que, por ejemplo, permitía el traslado de vehículos con ruedas, cargados de ladrillos con los que se construían los edificios para albergar a los soldados de ejércitos bien equipados porque sus necesidades estaban contabilizadas en tabliyas que constituyen el primer lenguaje escrito conocido de la historia de la humanidad. Todo esto, y otras cosas, ya eran muy viejos cuando Grecia y Roma empezaron a salpicar con sus yoriqueos de bebés recién nacidos las páginas de la historia. Y, si tan importante parece que fue esta cultura, ¿por qué los nombres de los monarcas asirios no son tan conocidos como los de los césares romanos? ¿Por qué sus dioses nos son completamente ajenos? ¿Por qué no tenemos una idea cierta de la extensión de sus conquistas? ¿Por qué la hemos olvidado o dejado de lado? La respuesta es que, en realidad, no hemos desterrado a Mesopotamia de nuestro recuerdo. Todo lo contrario: más bien la hemos digerido, hemos fagocitado su memoria con la inestimable ayuda, por un lado, del pragmático eclecticismo grecolatino, capaz de captar, asumir, reinterpretar y volver a vender como propio cualquier concepto ajeno si resultaba lo bastante útil y, por otro lado, del integrismo judeocristiano cuyos orígenes están muy unidos a ella. Como nos lo recuerda una añeja serie de dibujos animados sobre la historia del mundo, Érase una vez… debemos señalar que para entender la cultura, costumbres y mitología mesopotámica debemos deducir primero, aun superficialmente, la cultura mesopotámica. Y para su estudio, es inevitable echar mano de la enorme cantidad de material escrito del que disponemos, que nos aclara detalles sobre su vida social, política, militar, religiosa y económica. A diferencia de otras civilizaciones, cuyos textos no han sido respetados por el paso del tiempo o en las que la escritura era poco menos que tabú, la vieja Mesopotamia nos ha legado cientos de miles de tabletas o tablillas de arcilla grabada que contienen la expresión escrita organizada más antigua de la que tenemos noticia. Las más antiguas se remontan más allá del 3300 a. C. y fueron desenterradas en la ciudad sumeria de Uruk. Básicamente, contienen listas de productos: sacos de grano, cabezas de ganado, ánforas de cerveza, y demás.  Para entonces el uso del primitivo alfabeto yevaba tiempo consolidado, ya que disponía de un sistema organizado con más de 700 signos. El origen de la escritura se asocia tradicionalmente al desarrollo del comercio. A medida que este adquiría preeminencia como una de las principales actividades se hizo preciso controlar qué productos y en qué cantidades se estaban enviando o recibiendo. Así aparecen los primeros sellos, que estampan la marca de cada comerciante y que, con el tiempo, fueron evolucionando hasta los de tipo cilíndrico; lo que permitió a los grabadores mostrar sus habilidades diseñando escenas complejas en las que aparecían dioses, reyes, animales, y demás. Es muy posible que este uso comercial se conjugara desde el primer momento con otro religioso para dejar por escrito los mitos locales y los acontecimientos históricos, fundados ambos en forma de epopeyas largas, lentas, monótonas y repetitivas, cuyo principal objetivo no era el de entretener y sorprender a su audiencia, sino garantizar su supervivencia más allá de la tradición oral para un uso Litúrgico. En todo caso, sabemos que los escribas de los templos empleaban listas de productos como ejercicio para los novicios que se iniciaban así en el uso de las puntas de caña que se aplicaban sobre las tablillas de arcilla húmeda. Cocidas y endurecidas, estas tablillas se guardaban luego en verdaderas bibliotecas. No era extraño que se utilizará el barro habida cuenta su abundancia no debe olvidarse que esta era una cultura hidráulica asentada alrededor de los ríos, que se repetirá en otras civilizaciones del pasado y del presente y por ende su facilidad de manipulación. Los primeros signos figurativos, similares a los jeroglíficos egipcios pero muy anteriores a éstos, fueron estilizándose hasta dejar paso a otros más abstractos que poco a poco configuraron la característica escritura cuneiforme con forma de cuña que los caracterizó. La arqueología ha recuperado más de medio millón de esos “pergaminos de barro” de los cuales solo una pequeña parte ha visto la luz, convenientemente traducidos e interpretados, en las publicaciones especializadas que no suelen yegar al lector común. Podría haber un número parecido o superior de tablillas enterradas, esperando que alguien los rescate tras milenios de silencio, pero que tienen pocas posibilidades de volver a ver la luz del sol. Con el material ya en poder de los especialistas hay trabajo para muchos lustros, y montar una nueva expedición a la zona es cada día más caro y complicado, sobre todo si no se trabaja sobre una previsión de resultados garantizados. Si a eso añadimos los programas de desarrollo agrícola e industrial, que destruyen cientos de yacimientos sin que nadie se percate siquiera de lo que ocurre, o la proliferación de conflictos bélicos en la región con su consiguiente secuela de bombardeos y saqueos, como el enfrentamiento Irán-Irak o las guerras del Golfo primera y segunda de los Bush, padre e hijo, que no solo fueron en la búsqueda del petróleo como no se ha querido hacer ver, sino que además de lo económico se buscó la historia de la Humanidad, como todo Imperio que se respete trasladado como botín de guerra similar al apropiamiento del Código de Hammurabi en el pasado podemos hacernos una idea de la riqueza arqueológica perdida cada minuto que pasa y además de forma irrecuperable. Aun así, existe suficiente material en nuestro poder como para percatarnos de que la dificultad a la hora de acercarse a los mesopotámicos es tan similar a la de hacer lo propio con los egipcios: si nos embarcáramos en una máquina del tiempo con dirección única hacia el pasado remontándonos de cultura en cultura, yegaría un momento en el que, exceptuando a los dos pueblos citados, no podríamos seguir más atrás. Antes de Egipto y Mesopotamia, sólo encontraríamos silencio y barbarie: el tiempo de los hombres primitivos (o, ¿quién sabe?, si la máquina existiera de verdad y no fuese una creación del cine y la televisión, a lo mejor descubriríamos una civilización nueva y desconocida de la que hasta ahora ignoramos todo). En el caso que nos ocupa, resulta sorprendente la aparición, casi a partir de la nada, de una civilización tan completa aunque rudimentaria como la de los sumerios. ¿De dónde salen los conocimientos para construir ciudades organizadas y autosuficientes donde poco antes no había sino un puñado de nómadas semisalvajes? ¿Quién inventó la escritura y la astronomía en un lugar donde, el día anterior, en términos históricos, las gentes no sabían contar más ayá de diez porque solo tenían ese número de dedos en las manos? Nada evoluciona si no tiene una necesidad urgente para ello o un modelo a seguir que ofrezca ventajas tan evidentes como apetecibles. Pese a la inexistencia de esa necesidad y de ese modelo según los estudios modernos, la explicación oficial insiste en sugerirnos un lento, largo y profundo desarrollo, basado en un esforzado aprendizaje de técnicas agrícolas y ganaderas en la zona mesopotámica. Un desarrollo que más tarde se extenderá hacia el mar Caspio y los montes del Cáucaso por el norte, la Anatolia turca por el oeste, Egipto por el sur y Persia primero, el Valle del Indo después, por el oeste. Este proceso se había iniciado después de que el nivel del mar se elevara a finales del último periodo glacial que se calcula finalizó hace unos 12.000 años. Por en aquel tiempo, los primeros habitantes de Mesopotamia habrían descubierto el cultivo de plantas y el arte de domar animales. Se cree que para el 7.000 a. C. ya estaban consolidados el cultivo de al menos, trigo y cebada, y la domesticación de la vaca, la oveja y el cerdo. Hacia el 4.500 a. C. aparecen los primeros trabajos con metales y con cerámica a base de hornos. A partir de entonces irán surgiendo nuevos avances como el uso de la lanza y la honda, el cultivo de guisantes y lentejas, el hilado del lino, la talla de piedras preciosas, y demás, hasta que, según la misma datación, hacia el 3.000 a. C. podemos hablar de ciudades, cultivos de regadío, caravanas con camellos y caballos. La respuesta de los propios mesopotámicos al origen de su cultura no encaja con nuestra eurocéntrica interpretación y, además, resulta mucho más interesante. Según su propio punto de vista, los responsables de la evolución de los hombres no fueron ellos mismos sino los dioses, que vivían mucho antes de que existiera el ser humano y que de hecho lo crearon con fines específicos. Para ello le enseñaron a manejarse en su entorno, aprendiendo a garantizar su propia existencia de acuerdo con ciclos agrícolas regulares, así como a explotación de diversas especies animales y a protegerse de las inclemencias del tiempo y de los enemigos con la construcción de casas y ciudades. También le enseñaron lógicamente a levantar templos en los que serán adorados. En definitiva, le dieron un propósito y un significado a su vida. Por todo ello no nos puede extrañar que el mundo del hombre de Mesopotamia sea un lugar mágico por definición, en el que dioses, demonios y seres en general ajenos a la humanidad se manifiesten en todo momento y en todas partes. Un lugar en el que, por primera vez en la Historia conocida, las urbes adquieren una importancia vital. Según la explicación oficial vigente, la ciudad habría sido creada casi por casualidad, a partir de la acumulación de pequeños asentamientos y comunidades que fueron agrupándose y creciendo poco a poco para defenderse mejor. ¿De qué? De otras comunidades similares, por supuesto, pero también de los seres malignos que vagaban por el mundo. De esta forma se favoreció una eclosión urbana que vio cómo los poblados prácticamente cavados a partir de una serie de agujeros aprovechables del terreno se transformaban en grandes ciudades amuralladas y provistas de construcciones imponentes. También para este avance fundamental de la cultura humana, la mitología local tiene la misma respuesta: los verdaderos creadores y animadores de este desarrollo fueron los dioses, ya que todas las comunidades se construyeron siempre en torno a los edificios religiosos.

La primera ciudad, según las propias crónicas locales, fue la de Eridu: en su inicio un centro místico dedicado al culto del dios Enki. Según la descripción incluida en una tablilla babilónica, “no había crecido una caña, no había sido creado un árbol, no había sido hecha una casa, no había sido hecha una ciudad y las tierras eran mar cuando Eridu fue creada”. Y la verdad es que la construcción mas antigua desenterrada en Eridu es una pequeña habitación de más de 5.000 años de existencia y menos de tres metros cuadrados que supone pertenecía al templo original. Hoy, sus rastros se encuentran en pleno desierto al sur del río Éufrates, uno de cuyos brazos regó en aquella época sus campos y sus casas. El agua, elemento imprescindible para el desarrollo humano, dio nombre a la propia Mesopotamia puesto que mesó potamos en griego significa precisamente “entre los ríos” o “en medio de los ríos”, en referencia al Tigris y el Éufrates que nacen cerca del lago Van, hoy en territorio turco, y desembocan en el golfo Pérsico pero también a sus afluentes el Diyala, el Jabur, el  BaiIj, el Pequeño Zab y el Gran Zab e incluso al eficiente sistema de regadíos creado, por inspiración divina naturalmente, para aprovechar hasta la última gota del líquido elemento vital que permitió el nacimiento de Sumeria en el Sur, Akkcad y la sumeria Ka Dingir Ra que luego del asentamiento acadio la rebautizarán como Báb Hilan, “la puerta de los dioses”, Babilonia, en el Centro y Asiria en el Norte. Hay que destacar que en el caso de Babilonia, en esa época se le consideraba “el centro u ombligo del mundo”, que significaba para los pueblos mediterráneos posteriores a su gloria, sinónimo de la Edad de Oro perdida tiempos atrás y para los seguidores de los textos bíblicos veterotestamentarios, simbolizaba la perdición, los cultos paganos, la civilización corrupta y la Referente del Poder, de la misma manera que se le tildó Roma (cuyas letras leídas al revés significan Amor), el quinto imperio del Apocalipsis y hoy a Nueva York como la Nueva Babilonia, dónde por cierto el enclave de los lobbies de la judeidad tienen un inmenso poder de veto y opinión asentado en la calenturienta región de Palestina del Medio Oriente,. Como Imperio los EEUU saben que debe darle el trato similar al que le diera el Imperio Romano a la cuestión judía. El día que abandone a ese pueblo, creador de esa mixtura de modelo económico que resumía el socialismo-capitalismo sumerio, bíblicamente dará origen al socialismo con Libertad, Igualdad y Fraternidad. No en balde Marx, Engels, Kautski, Rosa Luxemburgo, entre otros además de su origen judío expresaron estos tres valores en sus múltiples obras escritas, diametralmente opuestas a los sucesores de los asirios dentro de esa corriente global del pensamiento político. Se supone que los primeros humanos en yegar a la zona fueron grupos de clásicos nómadas, cazadores y pescadores, procedentes de Asia Central y que un día sin que sepamos exactamente por qué de repente decidieron cambiar de vida y convertirse en agricultores y ganaderos. Para ello aprovecharon, como la mayor parte de las gentes que yegaron posteriormente, las regiones más apetecibles del curso medio e inferior de los dos grandes ríos. Con el tiempo, las pequeñas comunidades acabaron construyendo una serie de ciudades-estado que la iniciativa de reyes guerreros unificó en sucesivas épocas en diversos imperios. Este sistema político basado en la existencia de ciudades rivales e independientes entre si, pero en el fondo formando parte de una misma cultura fue copiado sin tapujos varios siglos más tarde por los griegos, a los que suele adjudicársele gratuitamente la patente de la idea. Los astutos hijos de la Hélade también copiaron otras cosas. Por ejemplo, las asambleas populares de las ciudades mesopotámicas que actuaban de forma absolutamente democrática recabando los votos de los ciudadanos excluyendo a las mujeres, los esclavos y los extranjeros para aprobar por mayoría simple la mayor parte de las decisiones materiales que afectaran a la marcha de la colectividad. Solo en caso de empate en el debate público se planteaba la posibilidad de apelar a un Consejo de Ancianos cuyas decisiones ya no podían ser discutidas.

La inmortalidad solo abre media hoja de su puerta estrecha y deslumbrante.

pgpgarcia5@gmail.com

 

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