Pedro R. García: La dicotomía reduccionista de izquierdas y derechas

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Una acotación necesaria…

La condición posmoderna sospecha de los yamados grands récits que se quieren unitarios (Lyotard), siendo el ideal filosófico indudablemente uno de esos desautorizados grandes relatos, de manera que el prefijo “pos” que caracteriza el presente (posmoderno, posestructuralista, poshistórico, posnacional, postindustrial) incluye también una posteridad al ideal y su resignada renuncia sería el precio exigido por ser libres e inteligentes. Por último, se insiste en que la complejidad de las democracias avanzadas de carácter multicultural no se deja compendiar en un solo modelo humano, a lo que se añade que, por su parte, las ciencias se han especializado tanto que resulta iluso cualquier intento de síntesis unitaria. Los títulos de tres celebrados libros de el sociólogo Daniel Bell conformarían otros tantos eslóganes de la imposibilidad del ideal en el estado actual de la cultura: El fin de las ideologías, El advenimiento de la sociedad post-industrial y Las contradicciones culturales del capitalismo. La consciencia nos hace libres e inteligentes, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general. ¡Qué lúcido!, se dice de ese pesimista satisfecho, como si su fatalismo fuera la última palabra sobre el asunto, merecedor de ese ¡archivado! con que Mynheer Peperkorn zanja las discusiones en La montaña mágica de Thomas Mann. Pero el propio Thomas en su relato favorito, Tonio Kröger, alerta sobre los peligros de ese exceso de lucidez que conduce a las “náuseas del conocimiento”, como las que estragan el gusto de esos espíritus delicados que saben tanto de ópera que nunca disfrutan de una función, por buena que sea, porque siempre la encuentran tediosa. La hipercrítica es paralizante seca las fuentes del entusiasmo y fosiliza aqueyas fuerzas creadoras que nos elevan a lo mejor. Sólo el ideal promueve el progreso moral colectivo; sin él estamos condenados a conformarnos con el orden establecido. Preservar en la vida una cierta ingenuidad es lección de sabiduría porque permite sentir el ideal aun antes de definirlo

“Así en el juicio practico de la conciencia, que impone a la persona la obligación de realizar un determinado acto, se manifiesta en el vínculo de la libertad con la verdad.  Precisamente por esto la conciencia se expresa con actos de “juicio”; que reflejan la verdad sobre el bien y no como “decisiones arbitrarias”.  La madurez y responsabilidad de estos juicios y, en definitiva, del hombre, que es su sujeto se demuestran no con la liberación de la conciencia de la verdad objetiva, a favor de una presunta autonomía de la propia decisión, sino, al contrario, con una apremiante búsqueda de la verdad y con dejarse guiar por eya en el obrar”. Juan Pablo II, Carta (ENC. Veritatis splendor, 61: AAS 85 (1993) 1881-11829).

Ubicando algunas Pistas…

En el mundo musulmán (que es, rigurosamente, monoteísta, y, por tanto, ontológicamente monista: “la verdad es una”), y siguiendo a Averroes (que vivió en el siglo XII), el cuerpo es prescindible (pues la razón está en Dios y sólo en él). Esta discrepancia entre Santo Tomás y Averroes, que se inscribe ya en el ámbito filosófico-teológico, remite a la disputa en torno de la idea del entendimiento agente universal aristotélica, y es obvio que desborda por entero los criterios simplificantes que  situamos, como dilucidación tolerancia/intolerancia avance/retroceso oscurantismo/ claridad discriminación/no-discriminación, mentalidad abierta/mentalidad cerrada o izquierda/derecha, lo que no implica que no tengan derivaciones decisivas, como nos obligaríamos a ir insinuando, en la configuración de antagonismos históricos y geopolíticos de gran dificultad y gradación de nuestro tiempo. Por otro lado, ambiciona estar presente en nuestro abordaje una perspectiva de ángulo de presunción circunscrito (o perspectiva teleobjetiva) reducido a los límites de lo que consideramos nuestro presente histórico inmediato (circunscrito político-ideológicamente), un presente cuyo límite concreto de inicio es la caída de la Unión Soviética. A poco más de treinta años del colapso, y lejos de lo que muchos, con Fukuyama, quisieron hacer ver como el “fin de la historia” en tanto que triunfo de la democracia, la libertad y el capitalismo, las coordenadas ideológico políticas hoy este cambiante marco global. Se ha complejizado, con un nuevo menú, aunque sigan existiendo la altisonante retorica la izquierda, la derecha, el liberalismo, la libertad, la democracia, el Estado, el nacionalismo, el socialismo, el fascismo, occidente, la civilización, el totalitarismo o el capitalismo son ideas, ideologías y procesos políticos e históricos que siguen estando problematizados en función del fin de una etapa de la historia: la guerra fría (que pareciera de vuelta, con el capítulo de empuje económico de China).

Colapso del socialismo real.

Muchos de los problemas planteados y no resueltos o decididos parcialmente, o determinados pero con nuevas dificultades como consecuencia colateral en ese período y en el contexto de ese antagonismo ideológico siguen abiertos y vigentes aunque implantados en un suelo político evidentemente que transformado y en transformación (la migración masiva, el poderío chino o el fundamentalismo islámico, la vuelta a escena de la Rusia o el neopagano de los países escandinavos de estos últimos años conforman sin duda un contexto distinto y mezclado). Pero no se trata, como muchos creen con una ingenuidad en verdad ya irritante (y han querido radicarse en esto como característica definitoria de “la izquierda”, lo que incrementa exponencialmente la irritación), que cualquier problema que siga acaso abierto en nuestro tiempo ha de atinar su solución, o bien poniendo en práctica el expediente de ampliar o profundizar o radicalizar la democracia (fundamentalismo democrático, dixit Trump), o bien por medio de la puesta en práctica de la metodología ética del humanismo metafísico para proceder así a humanizar, por ejemplo, al capitalismo (fundamentalismo idealista, o jesuitismo político, en palabras de Lenin), o bien por medio del dispositivo de ampliar las libertades (o los derechos, dirán muchos) desde un punto de vista genérico y metafísico (libertarismo emancipatorio y, por cuanto a las libertades, en el límite, anarquista). En todo caso, podríamos decir que planteamientos como estos son esgrimidos por quienes quieren superar el pasado sin haberlo comprendido en absoluto, haciendo que sus buenas intenciones o, mejor, su inocencia (democrática, ética, o libertaria) no concluya siendo otra cosa que la candidez de su ignorancia. Nuestro presente delimitado, y en todo caso, es éste, lo que hace frívolo e contradictorio querer estar hablando de futuro, o de visión de expectante, como hemos dicho ya. Aquí nuestra ambición es intentar hablar sobre Venezuela, sobre sus problemas y sobre su problema, en una perspectiva, en definitiva, de historia universal. Y no se tratará tanto de tener una perspectiva atenta y de echar una mirada hacia adelante, sino de saber cómo hemos yegado a ser lo que somos, en qué consisten las claves de lo que concurrimos y qué deriva hacer al respecto para que eso que hemos yegado a ser pueda permanecer en el tiempo e influir históricamente. Estas notas son también, por tanto, de índole político y, por tanto, tienen el interés de ser dialéctico y polémico. No lo trazamos desde un nivel de premisas teóricas y político-ideológicas cero, sino que lo intentamos desde un escenario muy especifico de racionalidad política, (lo que implica tener presente y ejercitar siempre una ontología política, una teoría del Estado, una teoría de la historia, una crítica de la economía política y una crítica de la razón política), y, en un sentido muy general, desde una posición político-ideológica.

 

¿Tiene sentido seguir apelando a las categorías de izquierda/derecha?

Pero la factura crítica y polémica con la que ambicionamos implica también que la misma idea de la izquierda y sus corrientes, al igual, en correspondencia, que la idea de derecha y sus estándares, es lo que hemos también de someter a crítica y reconstrucción. Y más aún: la tendencia misma de querer agotarlo todo en función de la dicotomía izquierda-derecha será, por su reduccionismo, desestimada en más de un sentido (y, cuando proceda, será también triturada críticamente). Y esto es así en virtud del repliegue total que a este respecto intentamos en torno de la tesis según la cual tanto la izquierda como la derecha son categorías político-ideológicas propias (o exclusivas) del mundo presente, es decir, que solamente tienen sentido ser aplicadas a los procesos de configuración política e ideológica de la Revolución francesa en adelante, pero teniendo como límite básico la caída de la Unión Soviética. La dicotomía izquierda-derecha, en efecto, se nos ha ofrecido históricamente como la tensión fundamental en la curva histórica de 1.789 a 1.989, pero no es procedente querer inscribir o explicar todo estrato o proceso de organización histórica (o artística, o científica, o filosófica, o religiosa o teológica) dentro de ese marco, pues hay complejidad de claves y efectos, multiplicidad de contenidos, de variables y de ritmos de decantación que desbordan por entero los límites del mundo organizado durante los dos últimos siglos. Es y ha sido siempre absurdo y ridículo querer estar discutiendo de izquierda y de derecha, o de conservadurismo científico y progresismo. ¿Y qué decir de los intentos que muy posiblemente pudieran darse por quienes acaso encontraran interés en clasificar a la filosofía o a la teología según si son de izquierda o de derecha? ¿Y cuál es la razón o la evidencia racional (filosófico-teológica) en función de la cual nadie dice nada cuando alguien afirma sin pena ni escozor que está estudiando o “acercándose” al budismo, al taoísmo o a la Cabala, mientras que el escándalo más erizado sería la segura reacción si, en vez de ser el budismo o la Cabala, fuera el catolicismo a lo que estuviera acercándose el interesado en el tema? ¿Por qué el juicio riguroso se afirma contundentemente que el catolicismo es la derecha y el oscurantismo hoy en día? ¿Cómo clasificar entonces al budismo o al chamanismo indigenista? ¿De izquierda? ¿Con qué razón teológica o filosófica, nos respondemos sobre todo por aqueyo dicho por Carlos Marx en La cuestión judía? cuando afirmaba que “el planteamiento de un problema equivale a su resolución”. En este caso, un trazado equivocado equivale a la permanente confusión y oscurecimiento de una cuestión o pseudo-problema: en cualquiera de los tres casos que acabamos de aludir (el arte, la ciencia, la filosofía), lo que estaría ocurriendo en el momento de querer ser apreciadas o reducidas a la luz de las dicotomías izquierda/derecha o progresismo/conservadurismo es una de las tan típicas como desafortunadas puestas en ejercicio de reduccionismo sociológico; que, junto con el psicologismo, es uno de los más perniciosos vicios confesionarios de nuestro tiempo.

Maquiavelo/ Tito Livio de izquierda o de derecha

El asunto es entonces que antes de 1.789 no tiene sentido hablar ni de izquierda ni de derecha. Hacerlo implicaría incurrir en un anacronismo inútil. Pero, correspondientemente, el mundo no se explica exclusivamente a partir de 1.789. Quien persiga hacerlo estaría ofreciéndosenos como alguien cercado dentro de un capital encogimiento de horizontes históricos y filosóficos. ¿Cómo encasiyar por ejemplo a Maquiavelo? ¿Era él de derecha o de izquierda? ¿O será más bien quizá que el Maquiavelo de El Príncipe nos ofrecía su costado de derecha (o autoritario, pragmático y sin ideales, dirán muchos) mientras que el de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio nos ofrece su cara republicana (o ética y con ideales, según algunos otros) y, por tanto, de izquierda? El planteamiento carece por completo de sentido, y sólo alguien con concepción estrecha y maniquea podría encontrar interés en encontrar una respuesta a semejante indagación. Ahora bien, por cuanto al período abierto a partir de 1.989 hasta nuestros días, habiendo colapsado el proyecto de socialismo real soviético, no se trata de que no se pueda hablar de izquierda y de derecha, ni de que se haya alcanzado ya el “fin de la Historia”; (la alevosa agresión a

de Rusia a Ucrania, licuo esas afirmaciones. se trata de tomar nota del hecho de que estamos ante categorías que es necesario reconstruir en sus fundamentos, alcances y contenidos. Pero es precisamente en las tareas de rescate (de nuevas síntesis) en que se apoya toda la dificultad, pues no basta con decir, desde un laconismo atropeyado al que se nos tiene cada vez más acostumbrados, que lo que hay que hacer es pasar de un “vieja izquierda” (anclada en los setenta o en los sesenta, como se les enseña a decir a los jóvenes adocenados que estudian ciencias políticas, economía o políticas públicas en universidades privadas) a una “izquierda moderna”, ni basta tampoco con repetir en abstracto fórmulas pretéritas al margen de toda su dialéctica interna (y esto vale tanto para los que insisten ser las  izquierdas como para las derechas). Hemos escuchado en incontables ocasiones a personas que, ante el argumento de definir qué significa ser de izquierda, recurren a la cansina receta trinitaria de la revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad) para tratar de salir al paso ante esta pregunta, pero saltándose la historia entera de los siglos XIX y XX, y sin tomar en consideración los inconvenientes y contradicciones en los tiempos mismos de la Revolución, de la Convención, del Directorio, del Consulado y del imperio de Napoleón, eslabones todos de una compleja dialéctica política que, en su dramático escalamiento “Cuando se pone uno a dirigir una revolución, la dificultad no está en hacerla avanzar, sino en contenerla”, decía Mirabeau en octubre de 1.789), que arrastró al mundo a la evidencia de que, para decirlo de algún modo, no basta con repetir con aire ético y angelical o humanista que para ser de izquierda hay que querer mucho al pueblo y defender la libertad, la igualdad y la fraternidad, y que, correspondientemente, quien está en la derecha está en contra de tales principios y estarán por tanto yamados a ser caricaturizados burdamente con referencias o a Franco a Hitler, ahora a Johnson, Putin, y Trump, sin tomar en serio (porque es obvio que se sabe) el hecho de que los dos primeros ya no existen más, y sin entender, siquiera mínimamente, las razones y problemas que, a su juicio y desde sus coordenadas (las de Franco, Hitler o Mussolini quien, por cierto, militó al igual que Gramsci en el mismo Partido Socialista Italiano antes de la creación del PCI en el congreso de Livorno, en 1.921). Toda nueva síntesis y rescate (política, ideológica) son solamente posibles si se cuenta con una plataforma filosófica con la suficiente codificación y la fuerza abarcadora como para comprender todo lo viejo al tiempo mismo de ser hábil, dialécticamente, de incorporar, defendiendo estructuras fundamentales, todo lo nuevo (por que nada surge de la nada ni, tampoco, hay nada, salvo “Dios padre”, Causa sui). La estructura desde la que algunos ambicionamos y desde la que pretendemos encarar este necesario cometido resumido y sistemático. Pero el impulso de estas notas es de fibra política (el sistema nervioso central en su conjunto es, digamos, filosófico) y ni siquiera aspira estar escrito “desde la izquierda” o “desde la derecha” porque “seamos demócrata” (que a ese respecto el de “ser demócrata”, nuestra posición es, guardando con respeto las distancias, como la de Aristóteles, es decir, le daba lo mismo serlo que no serlo puesto que lo que importa en realidad es ser, ante todo). Es político este articulo en tanto que quiere recoger y acogerse a la perspectiva ofrecida por las más importantes figuras que la tradición nos ha dado en materia de pensamiento y práctica políticos: Tucídides, Platón, Aristóteles y Cicerón, Kant, Leibniz, por cuanto al mundo clásico y por vía de ejemplo; y Maquiavelo, Marx, Lenin, Gramsci, Mariátegui, Molina Enríquez, Vasconcelos, por cuanto al mundo moderno y contemporáneo. Todos eyos han sido, hasta la médula, políticos además de teóricos de la política y del Estado; ninguno de eyos tuvo presente la posibilidad de considerarse a sí mismos como “intelectuales” o como académicos (es decir, como catedráticos) alejados de la política y de lo político, y es esa perspectiva de política gruesa en su sentido clásico la que en definitiva queremos adoptar en el desarroyo de esta búsqueda  en la medida precisa en que es sólo desde eya como podríamos repetir con Mariátegui que, en efecto, la política, la gran política, es la trama de la historia.

Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas.

 pgpgarcia5@gmai.com

 

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