Eduardo Robaina: El cambio climático influye en las olas de calor

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Y en los incendios, lluvias torrenciales, sequías…

A principios de mes, India y Pakistán se convirtieron en un auténtico horno, con temperaturas incompatibles con el bienestar humano. Durante la ola de calor, los termómetros superaron los 45 ºC. Este simple evento desencadenó una sucesión de horrores: muertes, pérdida de cosechas, cortes de electricidad, incendios, empeoramiento de la calidad del aire… Un evento como aquel está relacionado de forma unilateral e inequívoca con el cambio climático.

Hasta hace no mucho, vincular de forma tan contundente y prematura un fenómeno extremo con el cambio climático era impensable, tanto por parte de la comunidad científica como por el periodismo. Sin embargo, algo está cambiando.

Es inequívoco que el calentamiento global de la atmósfera está transformando el clima actual y alterando muchos eventos de distintas maneras. Por ello, dos científicos del clima han creado una guía sobre cómo comunicar el cambio climático y los eventos extremos. El documento, traducido a nueve idiomas, ha sido elaborado por Ben Clarke, de la Universidad de Oxford, y Friederike Otto, investigadora del Imperial College de Londres que fue elegida el año pasado como una de las 100 personas más influyentes del mundo por la revista Time.

El valioso trabajo se publica a través del World Weather Attribution (WWA), un grupo internacional de científicos y científicas especializado en el clima –cofundado por Otto y el recientemente fallecido Geert Jan van Oldenborgh– que analiza y comunica la posible influencia del cambio climático en los fenómenos meteorológicos extremos –como tormentas, lluvias torrenciales, olas de calor, nevadas, incendios y sequías–.

Una herramienta contra el negacionismo

Para saber si el cambio climático ha influido en un evento concreto, el equipo de especialistas realiza lo que se conoce como estudio de atribución. Hay dos formas de hacerlo. La lenta y la rápida. La primera se puede alargar durante meses o años. La segunda puede ser cuestión de semanas y es la que practica, voluntariamente, el World Weather Attribution.

Pero, ¿qué hace realmente un estudio de atribución? Básicamente, calcular si —y hasta qué punto— un fenómeno extremo es más probable y/o intenso debido al cambio climático. Es decir, los resultados permiten hacer declaraciones como que «este fenómeno es ahora el doble de probable debido al cambio climático causado por la actividad humana», o que «esta ola de calor alcanza tres grados más de los que hubiera alcanzado en un mundo sin calentamiento global».

«Primero se pregunta a través de una red de miembros quién tiene ganas y tiempo de participar en estudiar X evento que ha ocurrido. Esto a veces sucede mientras está ocurriendo el propio fenómeno, e incluso antes de que ocurra, como fue el caso de la ola de calor que afectó a Canadá y Estados Unidos. En esa ocasión, las predicciones de que iba a ver un evento extremo ya eran muy claras», cuentaGabriel A. Vecchi, profesor de geociencias, director del High Meadows Environmental Institute de la Universidad de Princeton y miembro activo del grupo.

«Uno de los pasos iniciales es discutir si entendemos lo suficiente sobre el tipo de evento como para hacer un análisis, porque no queremos desperdiciar tiempo analizando lo que no comprendemos», cuenta el experto. Después, relata, «es turno de mirar los datos y ver cuáles son los modelos que tenemos disponibles». Y una clave: «Es fundamental detectar cuáles son los expertos que no están en el grupo y que deberían estar; aquí es muy importante contar con especialistas locales«, detalla Vecchi.

Una vez ya tienen terminada la investigación –exprés pero robusta–, escriben un documento «de unos cuantos párrafos» que sirve para resumir los resultados principales. «Después se hace algo un poco más largo, con más detalles, para que alguien que quiera entender cómo se llegó a la conclusión pueda leerlo». Finalmente, «preparamos un artículo para que entre dentro de la literatura científica y pueda ser revisado por pares [esto es, que lo revise gente ajena a la investigación]». Esto último, afirma, lo hacen cuando ya han difundido los resultados principales, si bien se insiste en que se usan métodos ya evaluados anteriormente.

La investigación, como recalca el especialista, se inicia sin saber de antemano si el evento va a ser atribuible o no al cambio climático. «El grupo se compromete a publicar los resultados sin importar cuál sea la conclusión», explica Gabriel A. Vecchi. Actualmente, están inmersos en dos procesos de atribución: la ola de calor de India y Pakistán, y las inundaciones recientes en Sudáfrica, que han causado cientos de muertes.

Para encontrar el primer estudio de atribución hay que remontarse al año 2004. El objetivo entonces era investigar la implicación del calentamiento global en la ola de calor que afectó a Europa occidental el año anterior y en la que perdieron la vida 70.000 personas. La conclusión era clara: el efecto del cambio climático impulsado por los seres humanos había hecho que fenómenos como ese fueran, como mínimo, dos veces más probables.

Casi 20 años después de ese trabajo pionero, los estudios de este tipo se han incrementado. ¿La ola de calor que batió récords en el oeste de Canadá y Estados Unidos en 2021? Hubiera sido prácticamente imposible de no existir el cambio climático, al igual que la ola de calor en Siberia en 2020. ¿Las inundaciones de Europa central el verano pasado? Hasta 9 veces menos probable en un planeta sin calentamiento global.

Hasta la fecha, más de 400 estudios han examinado si el cambio climático aumenta la probabilidad de determinados fenómenos meteorológicos. Es tal su importancia que incluso se usan como prueba en litigios climáticos.  No obstante, y a pesar de su relevancia, es aún una herramienta anecdótica. «Los centros meteorológicos nacionales podrían, y deberían, empezar a hacer este tipo de estudios«, pide Vecchi. Explica que “el grupo de expertos del WWA es bastante grande en modo absoluto, pero a nivel relativo a la cantidad de efectos de eventos extremos que existen en el mundo es bastante pequeño. Somos dos o tres docenas de personas, de las cuales al final solo una docena puede ponerse con cada evento». Y se queja: «No es suficiente».

¿Hace falta esperar al estudio de atribución? No siempre

A lo largo de la guía dedicada a los periodistas, los dos científicos del clima repasan diferentes tipos de eventos extremos y lo que se sabe de ellos en relación al cambio climático. Unos son más fáciles de estudiar que otros. Las olas de calor son los casos más obvios de relacionar con el calentamiento global: «Si existe más calor en la atmósfera, hará más calor», señala el documento. «Las precipitaciones también son casos relativamente sencillos, ya que el aire más cálido tiende a contener más humedad». Por eso la mayoría de estudios se centran en este tipo de eventos. En cambio, las sequías, las tormentas de nieve, las tormentas tropicales y los incendios forestales son fenómenos más complicados.

Aun así, no siempre hay que esperar a que se publiquen estos estudios para informar sobre la conexión entre fenómenos extremos y cambio climático: «Hay ciertos tipos de eventos en los que la evidencia es suficientemente clara como para atribuirlo al cambio climático aunque no se haya hecho el análisis», confirma Vecchi, quien también ha participado como autor principal en los informes del IPCC. «Se puede decir que todavía no entendemos este evento, pero que otros similares ya se han atribuido al cambio climático», detalla.

En el caso reciente de India y Pakistán, a la espera de saber qué concluye exactamente el grupo de expertos, se puede decir ya sin miedo a errar que las altas temperaturas registradas se produjeron bajo la influencia del cambio climático. Existen precedentes que lo corroboran: en 2015 sucedió un evento similar en las mismas regiones. Entonces, todos los fenómenos mortalmente calurosos y húmedos en el norte de ambos países aumentaron de forma dramática como consecuencia del calentamiento global de la atmósfera.

A continuación repasamos distintos fenómenos meteorológicos extremos, su relación con el cambio climático y lo que se sabe hasta el momento:

Olas de calor 

Aquí no hay dudas. Toda ola de calor es ahora más fuerte y/o común debido al cambio climático provocado por las actividades humanas, siendo la principal de ellas la quema de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas). Como explican los autores de la guía, «las temperaturas antes consideradas extremas ahora son poco frecuentes, y las que antes eran prácticamente imposibles son la nueva definición de extremas«.

Una ola de calor que hubiera ocurrido una vez cada 10 años en el clima preindustrial (entre 1850 y 1900), ahora sucederá cada casi 3 veces a lo largo de una década, y será 1,2 ºC más calurosa. Con un calentamiento global de 2 ºC, la probabilidad sube a 5,6 veces y será 2,6 ºC más calurosa.

Debido al cambio climático, también es cada vez más probable que se sufran olas de calor en varias partes del planeta a la vez, «lo cual puede tener un impacto aún mayor (de varios órdenes de magnitud) en las personas, la agricultura y los sistemas alimentarios que el que puede causar un fenómeno aislado». Una vez más, la evidencia científica es clara: «La investigación muestra que estos ‘eventos acumulativos’ serían prácticamente imposibles sin el cambio climático», explican desde el WWA.

 

Inundaciones

Con las inundaciones provocadas por las lluvias extremas también existe un alto nivel de confianza respecto al papel que desempeña el cambio climático. Desde la década de 1950 las fuertes precipitaciones son más comunes e intensas en casi todo el planeta debido al cambio climático,explica el equipo de especialistas. Específicamente en Europa, la mayoría de Asia, el centro y este de Norteamérica y partes de Sudamérica, África y Australia. En zonas más amplias de África, Australasia y América Central y del Sur aún no hay confianza o certidumbre en cuanto a las inundaciones que provoca esa caída de agua: «Es posible que las inundaciones sean más frecuentes y/o severas en estos lugares, aunque también podrían estar influidas por otros factores». No obstante, dejan claro que las lluvias extremas no se han reducido en probabilidad en ninguna parte del planeta.

Dos ejemplos que sirven para ilustrar lo expuesto. En 2015, el norte de Inglaterra y el sur de Escocia se vieron afectados por la tormenta Desmond, que ocasionó inundaciones severas. El evento, según los estudios, era aproximadamente un 59% más probable a causa del cambio climático. En cambio, el calentamiento global impulsado por los gases de efecto invernadero poco o nada tuvo que ver con las devastadoras inundaciones sufridas en Bangladés en 2017.

El IPCC –el panel de especialistas en cambio climático de la ONU– también tiene suficiente evidencia sobre el tema: lo que antes hubiera sido un fenómeno que se da una vez cada diez años, ahora ocurre 1,3 veces cada diez años, y es un 6,7% más húmedo. Con un calentamiento de 2 ºC, esto ocurrirá 1,7 veces cada diez años, y será un 14% más húmedo.

¿Las lluvias extremas son más comunes e intensas por el cambio climático en cualquier rincón del planeta? Sí. ¿Todas las inundaciones tienen que ver con el cambio climático? No. Los estudios de atribuciones se suelen hacer con precipitaciones fuertes. Es decir: puede darse el caso de que una lluvia moderada cause grandes destrozos. En este caso, entran en juego otros elementos, como una mala planificación urbana, un alcantarillado pobre o una alta densidad de población.

Ciclones tropicales: huracanes, tifones y ciclones

Los tornados y fenómenos similares «son los más difíciles de entender, aunque poco a poco nuestro conocimiento va creciendo», reconoce Gabriel A. Vecchi. Actualmente, el número totalde ciclones tropicales por año no ha cambiado globalmente. Aun así, el cambio climático sí ha aumentado la incidencia de tormentas más intensas y destructivas. «Las precipitaciones extremas de ciclones tropicales han aumentado mucho, al igual que otros tipos de lluvia, y hay más mareas tormentosas debido al aumento del nivel del mar provocado por el cambio climático», detallan Ben Clarke y Friederike Otto en el documento.

El cambio climático afecta a los ciclones tropicales, principalmente, de tres maneras. En primer lugar, al hacer que llueva más. En segundo lugar, al calentar los océanos, lo que crea las condiciones perfectas para que puedan formarse tormentas más potentes, intensificarse rápidamente y persistir para alcanzar la tierra, a la vez que llevan más agua. Y en tercer lugar, la elevación del nivel del mar debido al calentamiento global hace que los daños de los ciclones sean mayores.

En base a la evidencia actual, se puede afirmar que los ciclones tropicales grandes (de categorías 3-5 en la escala Saffir-Simpson) de cualquier zona del planeta son más frecuentes, si bien el número total de ciclones tropicales (es decir, sin distinguir por su tamaño) no ha cambiado. En el Atlántico norte, la caída de lluvia total de los huracanes Katrina, Irma, Maria, Harvey, Dorian y Florence resultó más intensa (en un 4%, 6%, 9%, 15%, 7’5% y 5%, respectivamente) por el cambio climático. Estos eventos extremos ocasionaron daños y pérdidas por valor de 500.000 millones de dólares. En cuanto al Pacífico norte, la lluvia recogida durante el tifón Morakot –ocurrido en 2009 y que afectó principalmente a Taiwán y provincias costeras de China– aumentó en un 2,5-3,6%. Asimismo, las temporadas de ciclones extremos recientes en Hawái, en el Pacífico este y en el mar Arábigo también han resultado más probables debido al cambio climático.

Fuertes nevadas

Es habitual, y hasta cierto punto entendible, pensar que los efectos del calentamiento global se limitan a eventos de calor extremo. Pero lo cierto es que cada vez hay menos episodios de frío extremo (si bien estas aún son posibles, como lo es estar sano y acabar cayendo enfermo) debido al cambio climático.

Los especialistas reconocen que «no está del todo claro» cómo han cambiado los fenómenos de nieve intensa en la mayoría de zonas de la Tierra, pero «es posible que hayan aumentado en intensidad en algunas partes del este y norte de Asia, Norteamérica y Groenlandia».

Son muchos los casos que demuestran la incertidumbre que aún existe en torno a este tipo de fenómenos. Dos ejemplos claros: es posible que el cambio climático haya reducido la posibilidad de nieve a principios de otoño en Dakota del Sur, como sucedió en 2013. Sin embargo, ese mismo año, en los Pirineos españoles, la acumulación de nieve intensa resultó ser debida puramente a la variabilidad natural y no a cualquier influencia del cambio climático.

Sequías

Se trata de un fenómeno complejo. Las sequías agrícolas y ecológicas son las que muestran la señal más clara de cambio climático, como recoge el IPCC en sus informes recientes. También hay sequías meteorológicas, hidrológicas y subterráneas.

No hay una respuesta sencilla a la cuestión de la conexión con el cambio climático, por lo que hay que ser cautos a la hora de informar sobre este fenómeno. Aun así, se puede decir con confianza que las sequías se están convirtiendo en más comunes y/o severas como consecuencia del cambio climático en algunas áreas, incluyendo Europa, el Mediterráneo, Sudáfrica, el centro y este de Asia, el sur de Australia y la parte oeste de Norteamérica. Además, hay indicios de aumento en África del oeste y del centro, el noreste de Sudamérica y Nueva Zelanda.

Al igual que en otros muchos eventos extremos, en las sequías también entran en juego muchos factores más allá del cambio climático. Un ejemplo es la (mala) gestión que se hace del agua.

Incendios forestales

La emisión descontrolada de gases de efecto invernadero ha hecho que el planeta actual albergue las condiciones idóneas para que la temporada de incendios dure más y las llamas sean más voraces. La sequía y las altas temperaturas (ambas, como se ha visto, influidas por el cambio climático) son dos ingredientes fundamentales para que eso ocurra.

Se puede decir con confianza que ha habido un aumento en la probabilidad de clima de incendios en el norte global, en concreto, en el sur de Europa, el norte de Eurasia, los Estados Unidos y Australia, con inicios en el sur de China. De continuar la subida de temperaturas, las condiciones propicias para que los bosques y zonas verdes ardan irán a más. En otras regiones, aunque todo apunte a ello, la falta de datos de incendios históricos, entre otros factores, hace que la evidencia sea más limitada.

En el caso de Australia, los incendios de 2019 y 2020, tanto en Queensland como en Nueva Gales del Sur, fueron amplificados por el cambio climático. En este último, las condiciones climáticas que provocaron los fuegos los convirtieron en al menos un 30% más probables. Los incendios forestales recientes que arrasaron la costa oeste de Norteamérica, desde Alaska hasta California, fueron más probables y las zonas incendiadas aumentaron. Entre 1984 y 2015, más de 4 millones de hectáreas de zona incendiada en Norteamérica del oeste han estado directamente atribuidas al cambio climático. Y en el sur de China, los incendios forestales extremos de hace tres años fueron más de siete veces más probables debido al cambio climático.

Una vez más, hay actividades humanas más allá del cambio climático que influyen en un evento extremo como éste. Por ejemplo, una mala gestión de los bosques o los focos de ignición –es decir, el origen de las llamas, que suelen ser las personas–.

Son muchos los sucesos en los que el cambio climático, de una u otra manera, acaba incidiendo. No todos los fenómenos extremos siguen un mismo patrón, pero los impactos son tan amplios como devastadores para la sociedad: pérdida de cultivos y tierras agrícolas, destrucción de propiedades, trastornos económicos graves y pérdida de vidas… Como resume Gabriel A. Vecchi, «el cambio climático es tan obvio que, honestamente, no hay duda de su existencia ni de su impacto». Aun así, y siendo consciente del horror, alberga cierta esperanza:«El futuro siempre es incierto, pero veo una posibilidad muy grande de que salgamos de aquí».

 

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