Luis Esteban G. Manrique: Sri Lanka, el canario en la mina de carbón

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En 2005, Sri Lanka buscaba ser un ‘hub’ del comercio marítimo en el golfo de Bengala. Hoy está sumida en una trampa de deuda con China y negocia un rescate millonario con el Fondo Monetario Internacional.

Cuando en 2009 comenzó a construirse en el extremo sur de Sri Lanka, al borde de una vía marítima que atraviesan más de 50.000 barcos anuales, el puerto de Hambantota estaba planeado para ser uno de los mayores del Sureste Asiático. El lanzamiento de las obras, con una inversión de 1.100 millones de dólares de bancos estatales chinos coincidió, no por casualidad, con el fin del conflicto interno entre la guerrilla tamil y el ejército cingalés que entre 1983 y 2009 se cobró más de 70.000 vidas.

Las batallas finales en el tercio norte de la isla, controlado por los tigres tamiles, las ganó el gobierno de Mahinda Rajapaksa, con su hermano Gotabaya, hoy presidente, como ministro de Defensa y estratega de la ofensiva final, y que incluyó bombardeos a poblaciones civiles densamente pobladas y ejecuciones extrajudiciales donde murieron unas 40.000 personas en cuestión de meses.

Mahinda Rajapaksa, elegido en 2005, buscó invertir los dividendos económicos de la paz en transformar Sri Lanka en un nuevo Singapur: un hub del comercio marítimo entre la bahía de Bengala y el Golfo del mismo nombre. Entre 1973 y 2001, la economía de la isla creció a una tasa media del 4,9%. En 2019, Naciones Unidas calificó su economía de ingresos medios altos. Ese año, su renta per cápita duplicó la de India.

El puerto de Hambantota, localidad natal de los Rajapaksa, simbolizaba las ambiciones de la dinastía, con instalaciones que incluirían astilleros, una refinería de licuefacción de gas natural, un aeropuerto, tres grandes muelles y diques secos para reparar barcos. Se suponía que en 2023 el proyecto estaría plenamente operativo. Hoy Forbes califica el aeropuerto como “el más vacío del mundo”.

Debido a su escasa rentabilidad, en 2017 el gobierno cedió su gestión durante 99 años a la China Merchants Group a cambio de un alquiler (lease) que usó para saldar sus deudas con los bancos chinos que financiaron el proyecto, una clásica “trampa de deuda”. En las llamadas guerras del opio contra el imperio chino, Londres usó tácticas similares para anexionarse Hong Kong en 1842.

El collar de perlas

Las relaciones entre la antigua Ceilán y China se remontan al reino insular de Ruhuna, un eslabón clave de la ruta marítima de la Seda que unía el sureste de China con el Mediterráneo. En 1910 se encontró una tableta con inscripciones en persa, mandarín y tamil pertenecientes a una expedición del almirante chino Zheng He que en 1410 llegó al cuerno de África. En el siglo XV, los chinos ocuparon la isla muchos años antes de la llegada de portugueses, holandeses y británicos, de los que Sri Lanka se independizó en 1948.

Para Pekín el puerto de Hambantota plantaba una pica en las puertas de India, que veía su entorno geopolítico rodeado y enlazado en el “collar de perlas” que China estaba formando desde Shanghái al puerto griego de El Pireo, el tercero más grande del mundo y hoy en un 67% propiedad de China COSCO Shipping.

La actual crisis, que ha llevado al default de su deuda externa en medio del desabastecimiento generalizado de alimentos, medicinas y combustibles en la isla, muestra el precio prohibitivo que ha pagado Sri Lanka por volver a ser un Estado cliente –o tributario– de Pekín. Según el Fondo Monetario Internacional, entre 2018 y 2021 su deuda bruta ascendió del 91% al 119% del PIB.

Su caso no fue el único del Sur Global. Durante la pandemia, en 32 mercados emergentes, excluyendo Sri Lanka, la deuda bruta, pública y privada, aumentó un 20%, hasta el 248% de su PIB. En ese drama, Sri Lanka desempeña el proverbial papel del canario que advierte en las minas de carbón de la presencia de gases tóxicos.

A diferencia de crisis financieras anteriores, el FMI va a tener que sofocar varios fuegos simultáneos sin códigos formales para reestructurar las deudas de países en default y con un actor nuevo: China. En 2006, el 86% de la deuda externa de los países en desarrollo estaba en manos del Club de París y de instituciones multilaterales como el FMI y el Banco Mundial. Hoy esa cifra el del 58% debido a que los tenedores privados de bonos y China han pasado del 5% en 2006 al actual 29%, con lo que esa deuda es más opaca y dispersa.

 

Nadie sabe si Pekín está dispuesto a asumir pérdidas por sus políticas crediticias. China es el tercer acreedor de Sri Lanka (10%), después de Japón y el Banco Asiático de Desarrollo. Si China hace concesiones a Colombo, sentaría un precedente que podría volverse en su contra. Tailandia y Malasia han renegociado con Pekín contratos de proyectos –trenes, carreteras, aeropuertos…–, pero no deudas.

Pekín solo ha ofrecido hasta ahora a Sri Lanka nuevos préstamos para pagar los anteriores. Según el líder opositor Wijeyadasa Rajapakshe, Pekín sabía que al final se iba a cobrar los préstamos con cesiones de soberanía. El gobierno de Colombo debe 25.000 millones de dólares, la mitad del total, a inversores privados.

La dinastía Rajapaksa

Entre 2005 y 2008, los créditos chinos pasaron de unos pocos millones a 1.000 millones de dólares que sirvieron para comprar cazas de combate, blindados, misiles y baterías antiaéreas chinas. Según escribe Robert Kaplan en Monsoon (2011), la mayoría budista cingalesa, un 75% del total, se comporta como una minoría por su temor a los tamiles hinduistas que, aunque solo son el 18% de los 20 millones de isleños, tienen a 60 millones de compatriotas étnicos y religiosos en Tamil Nadu, el Estado indio al otro lado del estrecho de Palk.

La desconfianza de la mayoría budista cingalesa a Nueva Delhi explica en parte según Kaplan el acercamiento a China de los hermanos Rajapaksa –Mahinda, Chamal, Gotabaya y Basil–, que desde 2005 comparten el poder turnándose los cargos. En 2005, después de que Mahinda ganara las elecciones, puso a sus hermanos al frente de ministerios que controlan el 75% del presupuesto estatal. En 2015 perdió los comicios por la impopularidad del endeudamiento con China, y sobre el que se ciernen sospechas de corrupción, tráfico de influencias y colusión con banqueros y empresarios chinos, según Sankhitha Gunaratne, directora de Transparencia Internacional en Sri Lanka.

En 2019, tras restaurar la dinastía en el poder, Gotabaya nombró a Mahinda primer ministro. El 12 de mayo, lo destituyó para nombrar en su lugar a Ranil Wickremesinghe, quien admitió que las reservas de divisas –unos 1.100 millones de dólares, frente a los 7.500 millones de noviembre de 2019–, apenas alcanzaban para cubrir unos meses de importaciones.

Tormenta perfecta

Los Rajapatska regresaron al poder con 6,9 millones de votos y cabalgando la indignación popular con los atentados yihadistas, que dejaron 250 muertes en ataques a iglesias y hoteles de lujo el domingo de Pascua de 2019. En agosto de 2020, el partido de los Rajapaksa obtuvo dos tercios de los escaños del Parlamento, lo que les permitió enmendar la Constitución para concentrar el poder en sus manos. Ya sin ataduras, aumentaron el gasto público, bajaron el IVA del 15% al 8% y prohibieron la importación de fertilizantes, supuestamente para promover la agricultura orgánica.

El entonces ministro de Finanzas, Mangala Samaraweera, advirtió que esas medidas convertirían Sri Lanka en una Venezuela. Entre 2010 y 2020, la deuda externa se duplicó. La pandemia redujo el turismo y las remesas. En 2021, Rusia y Ucrania fueron primero y tercero como países de origen de turistas a la isla.

Sin fertilizantes, la productividad del campo, que emplea a la tercera parte de la población y mueve el 8% del PIB, cayó en picado. Entre diciembre de 2019 y agosto de 2021 la masa monetaria aumentó un 42%, disparando la inflación hasta el 30%, la tasa más alta de Asia. Desde el verano de 2021, comenzaron las huelgas en protesta por el desabastecimiento en medio de apagones de hasta 13 horas diarias.

India ha aprovechado la crisis para recuperar posiciones en la isla ofreciendo a Colombo nuevas líneas de crédito, swaps de deuda y otras ayudas que estima en unos 3.500 millones de dólares. El 19 de mayo, Sri Lanka entró en default por primera vez desde 1948, en la primera suspensión de pagos en el Sureste Asiático desde la de Pakistán en 1999. Ahora negocia un rescate de 4.000 millones de dólares con el Fondo Monetario Internacional que incluirá la retirada de los recortes de impuestos y la eliminación de subsidios.

 

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