Enrique Meléndez: El gocho Pérez

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Carlos Andrés Pérez, sin duda que fue uno de los líderes políticos más vilipendiados que tuvo la República civil; sobre todo, porque se trató de uno de los de más alto perfil, que vimos sobre nuestra arena pública; llegando a ser, en ese sentido, símbolo de la Venezuela corrupta, de modo que por esa estatura que alcanzó entonces se le calificaba como “el choro mayor”; aun cuando se demostró que murió pobre. Venido de lo más remoto de nuestro territorio, un pueblito de apenas unos mil o dos mil habitantes, como era el Rubio tachirense, donde había nacido justo hace cien años, en plena época gomecista, es decir, estamos ante el auténtico gocho, como se les dice en forma pintoresca, a los oriundos de los estados andinos, y esto porque se trata de una gente, que se caracteriza por su habla peculiar y su manera de conducirse frente al medio social, y en donde está de por medio la formalidad.

Que, quizás, esto es lo que le ha permitido imponerse en una sociedad que, precisamente, se mueve con la lógica, de lo que se conoce como la viveza criolla; pues no se olvide que desde el comienzo del siglo XX, a raíz de la llamada Revolución Restauradora, a la cabeza de Cipriano Castro y de Juan Vicente Gómez, los andinos se apoderaron del poder, y se mantuvieron por espacio de casi 50 años, además de casos como el de Marcos Pérez Jiménez, que gobernó el país durante unos diez años más; se pudiera decir: gente de mente fría y calculadora, sólo que, a diferencia de sus antecesores, este era un andino de conciencia democrática, y no autocrática, como aquéllos, y por cuyo sistema de gobierno hasta expuso su vida.

Me acuerdo que siendo yo estudiante, como se le conocía en una casa de estudios, como la Universidad Central de Venezuela, era como “el ministro policía” o “el ministro asesino”, en especial, porque este hombre venía de haber derrotado a las corrientes comunistas en forma aplastante; entonces corrían los días de su primer gobierno, cuando todavía estaba fresco el recuerdo de su actuación al frente del ministerio de Relaciones Interiores del gobierno de Rómulo Betancourt, y en donde había actuado en una forma muy enérgica, acabando con la insurgencia armada, que habían desatado, sobre todo, el Partido Comunista y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, éste último desprendido de una escisión, precisamente, de Acción Democrática; tomando en cuenta que este había sido un partido de carácter socialdemócrata, y allí todavía estaba confundido el comunismo con el liberalismo, que ya en la década de 1960 adquirirá cada una de estas corrientes su perfil propio; a propósito de aquello que se conocía como la dictadura del proletariado o, mejor dicho, la vía electoral o la vía armada; siendo, en ese sentido, clave la figura de Fidel Castro, quien se impuso en Cuba a través del llamado ejército popular, bajo la inspiración de las ideas de Lenin; aunque ya ese es otro tema; momentos en los que no dejó de debelar atentados, que se le preparaban, de acuerdo a las revelaciones que hizo, posteriormente, en una que otra entrevista de personalidad, como les decimos los periodistas; llegando a ser objeto, incluso, de un voto de censura por parte del antiguo Congreso Nacional, y que lo obligó a dejar dicho cargo ministerial, y de allí que al llegar el instante, en que su partido decide lanzarlo a la presidencia de la República, dicho prejuicio, es decir, el de llamarlo “ministro asesino”, se le transformó en una fortaleza, y así se observa que entre los eslogan, que se maneja en la propaganda electoral de su candidatura, se encuentra el de “democracia con energía”.

 

En entrevista que le hizo en una oportunidad Jorge Olavarría a Rómulo Betancourt, rememorando acontecimientos, de lo que había sido su gobierno en 1945, en una pasada por los hechos, éste lo mencionó como el entonces secretario del consejo de ministro, siendo todavía un joven 23 años, y a donde había ido de la mano de su paisano Leonardo Ruiz Pineda; luego de haber tenido una actuación en el liceo Andrés Bello de Caracas, hacia donde se había trasladado, a los fines de continuar sus estudios de bachillerato, como dirigente estudiantil; acompañando, posteriormente, a Betancourt en su exilio, tan pronto se impone la dictadura militar, bajo los auspicios de Pérez Jiménez, para regresar a Venezuela, una vez depuesta dicha dictadura.

He allí el momento en que lo vemos llegar al ministerio de Relaciones Interiores, como decíamos, y donde asumirá la defensa de la democracia, que se instaura con Betancourt en su segundo gobierno, con todos los riesgos del caso; ostentando a continuación el liderazgo, que lo llevará a su primera presidencia; caracterizada, sobre todo, por un populismo muy desmedido, aun cuando bajo su iniciativa se procederá a la nacionalización de la industria petrolera, del hierro, amén de la creación de las empresas básicas de Guayana. Por supuesto, su impronta aún se quedará en la conciencia del venezolano, y así lo vemos ganar por segunda vez la presidencia de la República; cuyo desempeño no será tan feliz, como la primera, pues en un primer instante se ve saboteado por el famoso sacudón del 27 de febrero de 1989 y, luego, por la conjura de un grupo de personalidades, tanto de la izquierda, como de la derecha, y donde hay mucho resentimiento, cuando no envidia, rencores de carácter político; aparte del movimiento conspirativo, que comienza a urdir una gavilla de militares, y que se consumará un 4 de febrero de 1992, y donde se destacará la figura del teniente coronel Hugo Chávez; un llanero ignaro y narciso, que se filtrará por los palos, como decimos en criollo; aupado, quizás, por sus propios colegas, impresionados por un discurso moralista, que se impondrá en un tiempo, en que la ciudadanía ha sido sugestionada por una onda antipolítica, que no reparará en el hecho de que se trata de un sujeto de una gran incontinencia verbal, como el propio Pérez lo definía.

 

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