Pedro R. García: La corrupción desde la Dexiología o ciencia de la mordida I

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La vinculación entre acción y responsabilidad es la planteada en el “Bhagavad Gita” o “Canción del Señor”, un largo poema dialogado compuesto probablemente en el siglo III a. J.C., incluido en el Mahabharata, la gran epopeya hindú. El héroe Arjuna avanza en su carro de guerra hacia las tropas enemigas y dispone las flechas con las que ha de exterminar a cuantos pueda. Pero entre los adversarios a los que debe intentar matar distingue a varios parientes y amigos (se trata de una guerra civil, fratricida) yeyo le angustia hasta el punto de plantearse seriamente abandonar el combate. Entonces el auriga que conduce su carro de combate y que nos es otro que el dios Krishna manifiesta su identidad, aleccionándole sobre su deber. Según Krishna, el escrúpulo ante la tarea de matar que siente Arjuna es infundado porque “ni a los muertos ni a los vivos compadecen los sabios”. En el mundo de las apariencias engañosas en el que nos movemos, lo verdaderamente sustantivo (Brahma, lo absoluto increado e imperecedero) no puede ser destruido por dardos, ni tampoco realmente modificado por ninguna operación humana. A cada cual le corresponde actuar como lo que es en el caso de Arjuna, que es un guerrero, peleando en el campo de bataya, pero la sabiduría consiste en no experimentar ningún apego por los frutos o consecuencias de la acción: “En la acción está tu empeño, no en sus frutos jamás: no tengas por fin los frutos de la acción ni tengas apego a la inacción”. Todos estamos obligados a actuar por las circunstancias naturales en que transcurre nuestra vida: “Nadie, ni por un momento, jamás está sin obrar; es yevado a la Acción. Mal de su grado, por los hilos nacidos de la naturaleza”. El secreto está en obrar como si no se obrase. En realizar las acciones que nos corresponden sin dejar que nuestro ánimo se perturbe por el deseo, la ira, el temor o la esperanza. “Por eyo sin apego siempre la Acción que ha de hacerse haz; se realiza la Acción sin apego, lo más alto alcanza el hombre”. (Canción del Señor, en Atma y Brahma, trad, de F. Rodríguez Adrados, Editora Nacional, Madrid).

La corrupción como ciertos monstruos del antro nace mirando la penumbra; porque en lo moral, como en lo físico, existen enfermedades que dejan ciegos a los hombres, así como existen cegueras que los iluminan. Pedro R. García.

 Ubicando algunas pistas…

La Dexiología es una disciplina poco conocida entre nosotros, su nombre proviene de la raíz griega “dexis” que significa “mordida”.  La mordida es el modismo mexicano, del cual se ha apropiado el pueblo para nombrar la Corrupción.

El fundador de la dexiología no podía ser otro que el pensador mexicano: Gabriel Zaid, economista y poeta, autor de un extraordinario ensayo: Para una ciencia de la mordida.

Una de las primeras preguntas que se hace Zaid en su ensayo son:

¿Dónde esta la antropología de la mordida que estudie seriamente esta manifestación social como se ha estudiado, por ejemplo, el Potlach?

¿Quién análisis ha elaborado el psicoanálisis de la vida esquizoide que hay que yevar para enriquecerse en un puesto público predicando lo contrario?

¿Qué marxista-revolucionario ha denunciado la falsa conciencia marxista por la cual se pueden tener becas, viajes y empleos privilegiados (Zaid escribe esto en México de mediados de los años setenta), sin dejar de sentirse explotado y con la necesidad histórica de efectuar discretas “expropiaciones revolucionarias” para consolidar las posiciones progresistas en la lucha de clases? ¿Qué sociología ha investigado cómo funciona el respeto filial, de los hijos de un policía de tránsito, de un funcionario de aduanas, de un concejal, de un parlamentario, de un ministro o funcionario de modesto rango, enriquecido súbitamente?

 

¿Quién elaborará una teoría del Estado fundada en los intereses de los servidores públicos?

¿Dónde están los ingenieros de sistemas que analicen cómo la corrupción genera complejidad en los sistemas (para evitar la corrupción) y cómo esta complejidad aumenta los costos, distorsiona las operaciones y multiplica las oportunidades de corrupción? ¿Dónde está el análisis económico de la corrupción? Buena parte de esfuerzo intelectivo que invierte Zaid en comprender la corrupción, sin moralizar en torno a su manifestación estelar la mordida, pretende sustentar una propuesta suya, digna de ser considerada seriamente: que las naciones como la nuestra instauren un impuesto a la mordida. En crioyo podría ser “impuesto a la bajada de mula”, “impuesto al cuánto hay pa´eso” o “impuesto al aplique”. El elemento central del argumento de Zaid no puede ser más loable-legalizar-hacer transparente, natural y fiscalmente contabilizable un impuesto a lo que el funcionario alcanza a quitarte por entregar un pasaporte por ejemplo haría más justo y honorable el servicio público.  Eyo, además, para usar la expresión de Zaid, un efecto de “multiplicador moral”. Se trata de una medida verdaderamente revolucionaria que traería consigo verdadera justicia social, pues como es notorio, el sector público es el más vasto y el menos igualitario: sus pirámides, bien observa Zaid, son en México tanto como en Venezuela, las más grandes. Si se elaborarán las respectivas curvas de Lorenz y se calculará el coeficiente de Gini, para la administración pública venezolana, contaríamos con un recurso valiosísimo para explicar desigualdades hasta ahora sólo achacadas a la ineptitud y piyaje del funcionario alto y medio o a la rapacidad de las oligarquías. En el caso venezolano un impuesto a “bajada de mula”, suena vulgar, pero los burócratas venezolanos no son los más rezagados y con seguridad encontrarán una denominación más imponente y sobria para un tal impuesto, que, asumido con coraje fiscal por el organismo competente, contribuiría a la convivencia ciudadana. Zaid, aparte de reconocido economista, es un poeta de indiscutido talento y quizás sea a través de enigmáticos caminos de la intuición poética por donde le yega a la perspicacia de la degradación del hombre. (Eso podría explicar en el caso nuestro que el Fiscal General, sea un Poeta).

Se nos dice que la “pureza moral” la abnegada rectitud, son atributos de los que presumen todas las revoluciones y populismos de ser el antídoto de la corrupción. ¿Cómo se entiende esa pureza en los regímenes?

Esa pureza es utópica y solo puede dar lugar a más corrupción; senciyamente porque exige desvirtuar al ser humano. “Afinar los mecanismos revolucionarios para luchar contra la corrupción” con variantes retóricas de esta consigna, los voceros de la depuración moral, no cesan como Júpiter de tronar contra la corrupción que pudiese prosperar en sus filas y de amenazarla con perseguirla implacablemente para castigarla como nunca antes se hizo. Pero el milenario diezmo, mordida, “cuanto hay pa` eso, dame lo mío”, ha sido siempre más rápida que las revoluciones.  Esto es así y Zaid advierte sin sorna alguna: en el populismo, o en las revoluciones, casi lo único verdaderamente moderno es el mercadeo de la concesión, es en esta primera parte y como para borrarle la sonrisa a los “neoconservadores” de cabeza cuadrada que tanto abundan en América Latina, Zaid sugiere aplicarle los mismos cálculos a la corrupción del sector privado.

Ilicitud e impunidad histórica…

Es innegable que la abundante riqueza petrolera ha favorecido en nuestro país su crecimiento en niveles escandalosos, pero que forma parte del imaginario venezolano desde la antigüedad, de ayí que no estorbe, ni pueda erradicarse con acciones epilépticas. El remedio sería, mirar hacia el pasado remoto, según opinión de no pocos historiadores, entre los que se encuentra (Elías Pino Iturrieta) ¿Acaso no reinaron en un plazo de trescientos años sin que nadie impidiera el predominio de sus extravíos?

¿Desapareció el vínculo entre ilicitud e impunidad, que desde entonces predomina? al contrario se entrelazan en una ajustada sinonimia. Según el pensamiento de los conquistadores, era una manifestación del Demonio que debía reprimirse con los poderes espirituales y temporales para evitar que su plaga no se propague para la perdición de las almas y disolución de la monarquía. Desde las primeras disposiciones de Isabel la Católica sobre los territorios encontrados por Colón y hasta la promulgación de las Constituciones Sinodales de La Diócesis de Caracas en 1687, se machaca la obligación de eliminar los vicios capaces de impedir el predominio de las virtudes requeridas para ganar el Juicio Final y cuya custodia dependía de La Corona de Castilla. Tras ese cometido se marcha hasta el advenimiento de La República. Las instituciones civiles, la potestad del Obispo legitimada por el Papa y el establecimiento de procedimientos como los juicios de Residencia para fiscalizar la administración de los funcionarios, establecidos en América, pretendían el Imperio de la legalidad en este valle de lagrimas; o en otras palabras, la promoción de conductas atemperadas por cuya falta respondería el soberano de Madrid ante la divinidad que lo había sentado en el Trono. Las instancias más altas y respetadas, tanto del mundo físico e histórico, como en el de La Corte Celestial, contaban con la influencia y con los instrumentos para combatir el descamino de los súbditos. Sus órdenes debían respetarse porque manaban de la fuente de la pureza, pero también podían desembocar en terribles penalidades, la infamia pública, el destierro, el tormento, la mutilación del cuerpo, la prisión temporal o perpetua, las galeras, la expulsión de los empleos, la excomunión mayor y la perdida de la vida en la soga o en la hoguera.  Con tantas influencias y combinaciones se pretende impedir la existencia de ovejas descarriadas o evitar su crecimiento como desenlace de una misión suprema. No obstante, el redil venezolano aparece superpoblado de lobos.  Así se desprende de los documentos episcopales que se detienen en la descripción de las regiones visitadas por los prelados y en el detaye de sus problemas.  Pese a estar pendientes de pescar pecadores, de apostrofarlos con castigos apocalípticos, durante casi tres siglos, se repiten las noticias sobre su persistencia y aun sobre su crecimiento. No hay purgatorio que valga para procurar enmienda, ni la amenaza del infierno con su eternidad de suplicio. Cada Obispo copia el catálogo de infracciones que ya advirtió. Su antecesor, recita de nuevo el elenco de unos obstinados ejecutantes que apenas cambian de nombre propio a través del tiempo, como si la semiya del Evangelio hubiera caído en agua salada. Ni siquiera la colaboración del brazo secular conduce a resultados aleccionadores, púes también el Gobernador o el Justicia Mayor, cuando los requiere la Iglesia, zozobran en su navegación contra los discípulos de Satanás. Hablamos de trescientos años en los cuales no es insólito la frecuencia de pecados como: robo, homicidio, abigeato, amancebamiento público, bigamia, bestialidad, violencia sexual, perjurio, falsificación de documentos, juegos prohibidos, falso testimonio, blasfemia, hechicería y tratos con el Diablo, la mayoría sin reprimenda. Como si el ambiente fuera propicio para una conspiración contra el Decálogo, realizado por hombres y mujeres de todos los estratos sociales. En la nómina de la perversión se mezclan las identidades de la aristocracia blanca, junto a las demás castas y colores. La explicación más simple del fenómeno se encuentra en la disposición de las instancias judiciales, cuya lejanía impide la aplicación de una justicia explicita desde el siglo XVI, las provincias de Venezuela, Nueva Andalucía y Margarita, dependen de La Real Audiencia de Santo Domingo. A su vez las jurisdicciones de Trinidad, Guayana, La Grita, Mérida y Maracaibo.  Son subalternas de La Real Audiencia de Bogotá.  Es mucho camino que debe recorrer hasta los distantes árbitros, pero igualmente pródiga en alternativas de arreglo y manipulación de ascendientes, de la ruta que conduce a la irresponsabilidad de los acusados. Los excesivos periplos facilitan los tratos amistosos y mercados de impunidad. En 1786 se cree cambiaría el panorama debido a la creación de la Real Audiencia de Caracas, pero solo en apariencia.  El paisaje quebrado de la geografía y La Capitanía General, que era un obstáculo ante la cual fracasaba la voluntad de los jueces y una madriguera hospitalaria para los transgresores. Las comarcas incomunicadas no sólo impiden el movimiento oportuno de la autoridad, sino que también producen una urdimbre de complicidad entre moradores.  Los lugareños protegen a las personas que delinquen, o se cuidan a la recíproca para poner las barbas en remojo. Si a esto se agrega lo accidentado de la geografía, la lentitud de unos procesos agobiados por las procedencias, las probanzas y las ceremonias, se entiende que la futura república se parezca más a Babilonia que a Nínive. Pero es necesario un análisis de mayor profundidad. Los valores de la catolicidad y las leyes del Imperio encuentran un entrabamiento formidable en el orden de las cosas que han dispuesto para la colonia venezolana en la riqueza, separación que han establecido. La existencia de la nobleza provincial a la cual corresponde el rol de estamento primacial (asesoría del monarca y respaldo del culto oficial) y la posibilidad de que un grupo minoritario de súbditos (los sacerdotes y oficiales del ejercito) disfruten de fueros corporativos, abre la compuerta de la ilicitud y la impunidad. La proclamación de ineptitud, de indios, de negros y de los pardos, también alienta la vena pecaminosa y el talante escabroso de la comarca, la familiaridad irresponsable con los delitos. Los hombres son iguales, debido a la carga del pecado, pero son distintos por su relación con el Príncipe y con el Pontífice, diversidad que, en el caso de Venezuela, sustenta los pecados viejos y las evasiones antiguas de los cuales hemos venido tratando. Los Aristócratas, poseen un cúmulo de cualidades por el hecho de su nacimiento y por el papel que juegan de rectores de comunidades, según la cartilla del antiguo régimen. En consecuencia, se presume que yevan una vida libre de manchas, cuando cometen excesos, lo que usualmente sucede, las autoridades tratan de disimularlas para que se mantenga su preeminencia y para que funcione sin trabas el libreto de la ortodoxia, los individuos protegidos por el fuero gozan de un tratamiento especial, que aconseja el sigilo en la averiguación y el castigo de sus delitos, con el objeto de mantener el prestigio de sus corporaciones. En el caso de las castas y los colores, sus criaturas ponen en movimiento un curioso mecanismo de protección, que conduce a un destino parecido, los jueces son más rigurosos en los procesos contra los indios, pardos y negros, pero los acusados encuentran en la mentalidad predominante la maña para librarse de penitencias y cárceles. Desde 1687, se les considera oficialmente ineptos, cuando las constituciones sinodales los colocan bajo la conducción de los “padres de familia”, por su incapacidad para el entendimiento de la civilización, se valen de la supuesta limitación para burlarse de la ley. Justifican sus conductas en el desconocimiento de los códigos, en las taras que les impide ajustarse, entenderlos, respetarlos y en su semejanza con los niños requieren la guía de un tutor. ¿No son inocentes o ingenuos como los párvulos, según la opinión de los frailes, e incompetentes y duros de entendimiento de acuerdo con el parecer de los Conquistadores? No se puede tomar en serio a una gente tan tosca, mucho menos castigarla de manera desconsiderada, sin advertir sus impedimentos congénitos, argumentaban los procuradores de los interesados.  Además, los acusados de los estratos inferiores se vuelven duchos en el manejo de conceptos medulares de La Colonia, como los referidos al honor, la virtud, la castidad y el peso de la palabra empeñada, que manejaban como Condes o Arciprestes, a la hora de presentarse con sus abogados ante el tribunal.  Los fiscales difícilmente pueden oponerse a esa jerga que aconsejan los catecismos de La Iglesia y los manuales de Cortesanía, cuyas páginas conducen sin proponérselo de veras, a una lejanía de excusas respetables, contra las cuales se estreya la legalidad. (Continua).

Si post fata venit gloria, non propero: Si la muerte viene después de la gloria, no tengo prisa. 

pgpgarcia5@gmail.com

 

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