Rafael Fauquié: Enseñar libertad II

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En varios de sus más importantes trabajos el maestro brasileño, Paulo Freire, parte del mismo supuesto: la libertad es y será siempre una noción inseparable de cualquier ideal educativo. Una sociedad sin libertad significa el anonimato de las mayorías, la masificación domesticada de seres humanos reducidos a la triste condición de cosas. Sin libertad cualquier otro bien se desvanece. Ella es potestad natural de nuestra humanidad. Aceptarlo significará definir de inhumano cuanto cercene nuestra libertad. Serán, así, inhumanas las razones colectivas imponiéndose brutalmente a todos, la exigencia de obediencias absolutas, tiranías prolongándose en medio de la injusticia y la crueldad, el gobierno de unos pocos sostenido en el miedo de la inmensa mayoría…

La libertad es y será siempre un fin en sí mismo; nunca voz vacía ni caricaturizada promesa ni espejismo para masas entontecidas ni ilusa quimera; muy por el contrario: prioridad de cualquier principio para una sana convivencia. Únicamente a partir de la libertad individual será posible la libertad colectiva y solo en el respeto a la dignidad particular de cada ser humano será posible la dignidad de todos los seres en su conjunto. La libertad es la necesaria fuerza primera de cada persona expresándose desde sí misma y no en nombre de una ideología, una tradición, una religión o una raza.

En una lectura a la que suelo acudir -“¿Qué es la política?”- su autora, Hanna Arendt comenta: “El sentido de la política es la libertad”. Efectivamente: ése y no otro debería ser el punto de partida de cualquier comprensión sobre este tema. Sin embargo, hoy por hoy, a la hora de referirnos al hecho político, es imposible no hacer referencia a la verdadera realidad “práctica” de éste: la conquista y preservación del poder por todos los medios imaginables. Es ya un lugar común identificar política con politiquería y con la ambición de unos pocos ejerciendo su dominio sobre casi todos. Desde luego, la política es muy diferente. Está en la esencia misma de la convivencia entre los hombres. Allí donde existan grupos humanos existirá siempre la necesidad de organizar su coexistencia.

Para Freire, educar significará, por sobre cualquier otra cosa, enseñar libertad: para pensar, para discernir, para elegir, para decidir… Enseñar libertad como una manera de -siguiendo las palabras del propio Freire- educar “acertadamente”; esto es: hacer entender al estudiante su destino de presencia individual capaz de actuar desde la libertad de su propia conciencia. Y la esencial labor del maestro será despertar y formar en él esa conciencia. ¿Cómo? Transmitiéndole la necesidad de comprometerse, de tomar partido frente a su circunstancia, de seguir sus ideales responsabilizándose por sus convicciones. Y para todo esto, la visión de la libertad como razón de actos y propósitos, es y será siempre  fundamental.

 

En un momento determinado se pregunta Freire: “¿Por qué no discutir con los alumnos la realidad concreta? ¿Por qué no establecer una cercanía necesaria entre los conocimientos transmitidos con la experiencia social que los estudiantes puedan tener como individuos?” En suma: el maestro tratará de acercar a sus discípulos a razones que puedan entender, valorar, aplicar a su propia realidad individual. Hacerles entender que solo en libertad será para ellos posible intervenir genuina y válidamente en su entorno, que solo en sociedades abiertas, democráticas, donde la tolerancia y la inclusión sean la norma, podrán convertir los aprendizajes de su experiencia en herramienta beneficiosa para sí mismos y para quienes los rodean.

Haciendo una evocación de la historia occidental, Freire se refiere a la infinita diferencia que ha separado y separará siempre a los regímenes democráticos de las tiranías. Señala, así, la oposición entre la democracia de una sociedad abierta como la ateniense de la opresión de una sociedad cerrada como la espartana.  “Esparta -dice- no se compara con Atenas… La primera cerrada, la segunda abierta; la primera rígida, la segunda plástica, dispuesta a lo nuevo. Es la lucha del hombre por su humanización amenazada constantemente por la opresión que lo ahoga…”

Una vez más: solo para individuos que han sido educados para pensar “acertadamente”; esto es: seres formados en ideales democráticos de libertad y tolerancia, será posible la convivencia humana. La educación tiene todo que ver, entonces, con un despertar de conciencias críticas capaces de intervenir en el propio entorno y asumir la responsabilidad que acarrea el compromiso de luchar por la perfectibilidad de sociedades libres, necesariamente abiertas…

 

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