175 años de la Gramática de Andrés Bello, por Mariano Nava Contreras

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Que Andrés Bello desde muy temprano haya prestado especial interés por los estudios gramaticales lo demuestra el hecho de que partió para Londres con un primer borrador de su Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana bajo el brazo. En efecto, en el prólogo de la obra, cuya primera edición está fechada en Valparaíso en 1841, Bello dice que se trata del “fruto de un estudio prolijo en otra época de mi vida”, y que, “después de una revisión severa”, se determinó “a sacar esta obrilla de la oscuridad en que hace más de treinta años que la he tenido sepultada”. Las fechas coinciden con los últimos meses en Caracas, justo antes de partir para Londres, cuando apenas tenía 28 años. Una obra, pues, juvenil, aunque Menéndez y Pelayo dijo que era “el más original y profundo de sus estudios lingüísticos”.

Llaman la atención los alcances del reto, excesivos tal vez para un joven perdido en una provincia española de ultramar. Bello no deja de mencionarlo en su prólogo: “Después de lo que han trabajado sobre los análisis del verbo, Condillac, Beauzée y otros eminentes filósofos”, el desafío “parecerá presunción o temeridad”. Pero también hay otras formas de reflexionar sobre la lengua. Como agudamente comenta Iván Jaksic (Andrés Bello. La pasión por el orden, 2007), la poesía escrita por Bello en los años de Caracas, especialmente sus traducciones de Virgilio y Horacio, revela ya un interés por la estructura y el funcionamiento de la lengua. La búsqueda de la expresión correcta, la equivalencia de los términos, la exacta descripción de las imágenes, todo lleva a una reflexión, no solo acerca de la lengua de donde se traduce, sino acerca de la propia. Como ha mostrado Pedro Grasses (“La elaboración de un égloga juvenil de Bello”, 1981), al escribir su Égloga, inspirada en la Égloga II de Virgilio, Bello tomaba en cuenta las de Garcilaso y Figueroa. Al observar lo mejor de la tradición española, enriquecía nuestra lengua, incluyendo giros y localismos venezolanos.

Pero, ¿de dónde pudo venir a Bello este temprano interés por la gramática? Todo el que ha estudiado latín sabe que este estudio implica un conocimiento profundo de la propia lengua, y sabemos que Bello fue el estudiante de latín más aventajado en la Universidad de Caracas de su época. También sabemos que a la muerte de su maestro, el fraile mercedario Cristóbal de Quesada, ambos se encontraban traduciendo el libro V de la Eneida. Pero Amado Alonso, en su Prólogo a la Gramática (Obras Completas, 1951) nos ofrece otra explicación, plausible y no excluyente: dice que el interés de Bello por la gramática pudo surgir de su trato con Alejandro de Humboldt. Como sabemos, Humboldt visitó Caracas entre noviembre de 1799 y febrero de 1800. Allí conoció a un joven Andrés Bello, quien quedó fascinado por su personalidad y sus vastos conocimientos, acompañándolo en algunas de sus excursiones. Sabemos que el sabio alemán profesaba una gran admiración por su hermano Guillermo, quien ya despuntaba como uno de los más profundos y originales lingüistas de su tiempo. Como dice Alonso, es “inverosímil” que en aquellas caminatas no surgieran conversaciones sobre lingüística y teoría del lenguaje. Quizás si en aquellos paseos por la campiña caraqueña, además de apreciar la magnificencia de la naturaleza venezolana, el joven Bello también aprendió de Humboldt la pasión por la gramática y la lingüística.

El Análisis es, pues, el punto de inicio de un camino que comienza en Caracas y termina treinta y siete años después en Santiago de Chile, con la Gramática de la lengua castellana. Un camino de reflexión sobre la lengua marcado, cómo no, por los trabajos sobre ortografía castellana, una de las grandes preocupaciones de Bello, pero también sobre filología, etimología, ortología, métrica, lexicografía, estudios medievales y de gramática histórica, pensados y escritos entre Londres y Santiago. Habría que mencionar aquí las Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar y uniformar la ortografía en América (1823), la Ortografía castellana (1827), las Reglas de acentuación (1845) o el Compendio de la Gramática castellana escrito para el uso de las escuelas primarias (1851); pero también trabajos como El poema del Cid, al que dedicó gran parte de su vida, o el Origen de la epopeya romanesca (1843).

 

En abril de 1847 aparecía en Santiago, de las prensas de la Imprenta El Progreso, la primera edición de la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos. Se trata de la culminación, no el final, de un proyecto que obsesionaba a Bello: la unidad de la lengua castellana, una inapreciable ventaja para el progreso cultural y material de las nuevas naciones hispanoamericanas. Para Bello, la cuestión lingüística es un problema político. Ha estudiado a profundidad las literaturas medievales, los procesos que siguieron a la descomposición del latín, y se siente en la obligación –en lo mejor del espíritu ilustrado- de fomentar la educación de sus conciudadanos en el correcto manejo del idioma. Sin embargo, no comparte el determinismo de algunos de sus contemporáneos. La descomposición de una lengua no es un proceso fatal ni natural, sino histórico. Se descompuso el latín, pero no el griego. Son los hombres quienes determinan su propia historia. Como recuerda Amado Alonso, la metáfora que equipara a las lenguas con organismos vivos, de tanto predicamento en el siglo XIX, puede ser muy peligrosa. Para Bello, la lengua, como la historia y la cultura, es algo que hacen los hombres, no algo que les pasa.

El sabio caraqueño reacciona así en varios frentes a la vez. Por una parte, contra cierto determinismo naturalista, adelantándose en algunas décadas al positivismo histórico que tantos estragos hizo –y continúa haciendo- en la visión que tenemos los latinoamericanos de nosotros mismos. Por otra parte, contra un “casticismo supersticioso” (la expresión es del propio Bello) que por entonces rechazaba como viciosa toda forma lingüística americana. Y por la otra, finalmente, contra el peso de la tradición latina en las gramáticas castellanas, ya desde Nebrija. Bello descree de aquella tradición que intenta adaptar las formas del castellano a la gramática latina. De allí, piensa, su fracaso. En realidad, el gran reproche que hace a la gramática de la Academia Española es, precisamente, el ser demasiado latina y poco española. Se trata de una afirmación que se debe ponderar, porque si hay algo de lo que no podríamos acusar a Bello es de ser antilatinista. Tampoco antiespañol. No es posible encontrar una sola página de Bello, afirma Amado Alonso, en la que proponga una independencia idiomática americana que complemente a la política, como quieren algunos. El hecho harto señalado de que dedique su gramática a sus “hermanos americanos” no desmerece el que defienda para ellos el uso de una lengua española única y común.

Continuador del pensamiento de Guillermo de Humboldt y antecesor de Saussure (“la lengua es un hecho social”), Bello supo separar la llamada Gramática General de las gramáticas particulares de cada idioma, liberándolas de la cárcel de la lógica y devolviéndolas al uso de los hablantes. Esta concepción histórica y social, perspicaz y profunda, es, al decir de Alonso, “admirablemente moderna”. Abre camino a nuestra actual concepción descriptiva de la gramática y supera a la gramática normativa. Con esta proeza intelectual, Bello también pudo superar la concepción racionalista del lenguaje que entonces imperaba, lo que abrió camino a las actuales investigaciones de la pragmática y la lingüística histórica. Solo por eso, la Gramática de la lengua castellana para uso de los americanos es tenida como una de las mejores gramáticas del español jamás escritas, de una vigencia indiscutible.

La edición de 1847 fue la primera de las siete ediciones que Bello pudo ver en vida. Algunas pudieron ser retocadas por su autor, otras fueron solo reimpresiones, pero ninguna altera la sustancia de sus propuestas originales. Sobre esta primera edición de 1847 se hizo en Caracas una hermosa impresión en 1850, la primera venezolana, de la mano de Juan Vicente González y en los talleres de Valentín Espinal, el mejor impresor caraqueño del siglo XIX. La obra había sido adoptada por el famoso colegio “El Salvador del Mundo”, cuyo director era González. Con notas de González y también de los talleres de Espinal es la primera edición venezolana del Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana, de ese mismo año de 1850. Ambos libros quedan como ingentes monumentos en los inicios del pensamiento lingüístico venezolano.

 

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