Eligio Damas: ¿Hay belleza o crueldad y mal gusto en las llamadas fiestas de toros?

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Bien sabemos que tal pregunta en país de cultura llanera es como nombrar soga en casa de ahorcado y hasta hacer de aguafiestas. No obstante, a estos procederes estamos acostumbrados. No solemos pedir permiso para decir lo que pensamos, menos si ello es justo.

En España, la llamada fiesta del toreo es, por encima de todo, un negocio redondo, una “industria”  y hasta un atractivo turístico. Los toreros, más que los criadores mismos, en ese país suelen volverse muy ricos y hasta figuras a quienes se les distingue hasta más allá de los ámbitos de la tauromaquia, aunque no logren superar las deficiencias de la juventud derivadas del poco interés por la escuela. Uno no sabe si por lo del toreo o los reales. No obstante, en ese país se ha levantado un movimiento vigoroso contra esas primitivas manifestaciones.

El argentino Jorge Luis Borges, erudito en todo espacio que se le coloque, poeta de los más importantes de cualquier lengua, cuando estuvo, no recordamos si por última o única vez de visita en Venezuela, dijo le hubiese gustado estar en una coleada de toros. Pese, como se sabe a cierta edad madura había quedado ciego, por lo que es probable, pese su enorme imaginación, sobre tuviese acceso a los gritos, gestos de entusiasmo o desagrado, según el comportamiento de los toros o los toreros, pues difícilmente, salvo sus sentidos y sensibilidad estuviesen por encima de lo que uno imagina, le permitiesen captar todo lo que en el ruedo acontece de verdad, pese la alegría y entusiasmo que la crueldad de actores como los picadores o rejoneadores genere entre el público aficionado que suele ensordecer la plaza, tanto que ahoga cualquier gesto de compasión y dolor en alguien sensible.

Usamos el verbo estar y no otro, como ver o presenciar, al referirnos a Borges, porque como citamos de memoria, tememos decir un disparate, en virtud de la condición de ciego del célebre personaje y porque no recordamos exactamente la frase que pronunció al respecto. Aquellas declaraciones a la prensa dejaron en nosotros impresión y duda hondas, por el carácter de quien aquello dijo y sabiendo además de su permanente disposición a ironizar.

Además, siendo muy jóvenes, sabíamos  que extrañamente hombres cultos y tenidos por nosotros como sensibles – hablo de Arturo Uslar y Miguel Otero Silva, por sólo nombrar dos- fueron aficionados al toreo. Uno y otro, alguna vez hasta fungieron de cronistas de la “fiesta” y al Nuevo Circo de Caracas y la Maestranza de Maracay, fueron asiduos asistentes en tardes de toros.

Años atrás, en un diario caraqueño, el Dr. Elio Gómez Grillo, también personaje de lustre intelectual, comentando sobre la ley que se impulsaba entonces contra la crueldad hacia los animales, mencionó  “corridas de toros, riñas de gallos, peleas de perros”  y “coleadas de toro”, como actividades que deberían ser prohibidas. Dijo lo último, con un “agregaría yo”, no sin discreción. Cuando leímos eso, recordamos inmediatamente lo de Borges que bien pudo ser una ironía.

Gómez Grillo, dijo “agregaría yo”, dando a entender al parecer que las coleadas de toros no estuviesen incluidas entre las prácticas crueles contra los animales. En lo que respecta a los toros, en Venezuela uno lee y escucha a mucha gente pidiendo con justicia la prohibición de las corridas; es de bárbaros y crueles todo aquello del rejoneo, colocación de banderillas a granel y la odiosa acción del picador; todo para entregarle al matador un rival indefenso y ya vencido. El “maestro o diestro”, el héroe o personaje principal de lo que llaman fiesta en lugar de aquelarre, al inicio se limita a observar como los peones de brega llevan de aquí a allá al toro, acosándolo en gavilla, para descubrir, lo que en el mundo del toreo se llama los “derrotes” del toro o sea sus mañas y movimientos habituales e instintivos; para que el torero vea con quién se va a enfrentar y no sea sorprendido; más tarde vendrán los banderilleros a torturar al animal y restarle fuerza  y de remate llegarán los picadores, para que al final, en el último y tercer tercio, el de la muerte, el “maestro, matador”, se enfrente a un rival ya estudiado, descubierto sus “secretos” y diezmado.

Por ello escribimos esto. No nos cabe duda que las indelicadas y crueles formas de divertirse citadas por Gómez Grillo, deberían erradicarse por disposición legal.

Estando en Madrid con mi compañera, algo así como para no dejar cabos sueltos, después de haber pasado varios días en el Museo de El Prado, viendo en este recién llegado de Francia, “El Guernica” de Picasso, dada la condición puesta por el gran pintor catalán para que eso fuese posible antes de la muerte de Franco y todo el arte allí expuesto, sobre todo el del período renacentista, optamos por ir a una corrida de toros.

Ella y yo, nacidos y criados en lo costa oriental, muy pocas veces habíamos visto vacas o toros y menos una de esas escenas bestiales en donde una patota de individuos, peones de brega, banderilleros, rejoneadores, esos que lidian el oro, pero más bien le torturan y hasta unos casi sádicos que llaman picadores, optamos como para darle rienda suelta a la curiosidad, para no dejar cabo sueltos, decidimos asistar a una tarde toros a la plaza de toros de Madrid, conocida como “Las Ventas”. Por cierto, se dice que el Cid Campeador, tenido por muchos como un mercenario, un combatiente a conveniencias, en sus tiempos libres se dedicaba al rejoneo. Y al final, no digamos que salimos desilusionados, porque ninguna ilusión nos llevó allí, más bien la curiosidad juvenil, pero si alarmados por presenciar, más mirar con asombro, a una multitud aclamando a una patota de sádicos,

Pero lo mismo pasa con las peleas de perros y de gallos, a las que mucha gente es aficionada y hasta a ellas se dedica con verdadera pasión y entrega. Quizás alguien pudiera pensar lo mismo del boxeo, pero en este “deporte”, del cual tampoco soy aficionado, existen reglas estrictas, como el uso de guantes que menguan los efectos de los golpes y reglas que prohíben y castigan a quienes a quienes usen procederes considerados innobles.

En las corridas de toros, peleas de perros y gallos, se espera y hasta clama por la muerte de algunos de los contrincantes, como en las corridas de toros y, en el coleo, una banda de forajidos y hasta sádicos, aplaudidos por la multitud que suele acompañar aquellos aquelarres, pero no ya de brujos sino de crueles e idiotas, se dedica a torturar a un generalmente manso animal. Tanto que es fácil saber quiénes de verdad son las bestias, cualidad que no se le puede endilgar al toro. Mientras tanto, otros desde las tribunas de las plazas de toreo o montados en las cercas de las mangas de coleo, observan y aplauden con el mismo espíritu cruel de quienes hacen de actores en aquellos aquelarres.

Es hasta cruel e irónico llamar “fiestas de toros o toreril”, un evento que más es de sádicos o  un aquelarre.

 

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