Julieta Cantos: La importancia de hacer algo

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El día amaneció brumoso…apacible, pensativo. Los comentarios sobre el artículo de la semana pasada fueron múltiples y densos, siendo reiterativa la inquietud sobre “el cambio climático como solo una arista, y que quizá la más importante, el gran problema de fondo, es la pérdida de la biodiversidad ya que implica perder millones de años de un equilibrio en extremo complejo e interdependiente”. Frase lapidaria sin duda, y que enlaza con el otro libro que mencioné pero no desarrollé: ”Cómo no hacer nada” de Jenny Odell, donde el planteamiento principal es que nada cuesta más que no hacer nada, sobre todo en un mundo en que nuestro valor como ser humano viene determinado por nuestra “productividad”, en donde las tecnologías usadas se apropian de nuestro tiempo, a pesar de reconocer que gran parte de lo que da sentido a la vida surge de felices casualidades: ese tiempo de desconexión, que en definitiva es el que persigue eliminar la visión mecanicista de la experiencia de vida…de la suma de los momentos. Y como decía Séneca en su libro De la Brevedad de la Vida, solo se vive una vez…

“Lo práctico de una conectividad sin límites ha eliminado los matices de la conversación cara a cara, llevándose por delante gran cantidad de información y de contexto… Lo que está en juego es lo cultural. El peligro es esa impaciencia ante cualquier cosa que presente matices, que sea poética, que no sea obvia…ya Giorgio de Chirico, pintor surrealista a principios del siglo XX, anticipó un estrechamiento de horizontes para una actividad tan “improductiva” como es la observación”…yo la llamo el arte de pensar. En una sociedad cada vez más pragmática y materialista, hay que defender al escritor, al pensador, al soñador, al poeta, al metafísico, al observador. Son ellos los que han producido y producen las bases del pensamiento como punta de lanza para todo lo que viene después.

Odell propone como plan de acción del “no hacer nada” tres cosas: 1. Desligarse, descolgarse, ejercer la contracultura en el sistema actual. 2. Generar un movimiento lateral hacia el exterior: hacia las cosas y las personas que nos rodean. 3. Un movimiento hacia abajo, hacia el lugar. En otras palabras conectarse con la gente, con las cosas, con nuestro entorno, con la vida…con la diversidad. Esto podría producir una conciencia de nuestra propia participación en la historia y consolidar una comunidad más humana, y por ende una mayor militancia por los principios medioambientales e históricos. Reconocernos. No es un planteamiento anti-tecnológico. Para nada. Es resistirse al modo en que algunas plataformas compran y venden nuestra atención, con el uso de una tecnología cuya definición sobre lo que es productivo es muy pobre e ignoran lo local, lo carnal y lo poético. ¿Qué significa construir mundos digitales cuando el mundo real se desmorona delante de nuestras narices? Esa es la pregunta clave. Los incendios, las inundaciones, las devastaciones, las guerras…el cambio climático. El mundo en el que nos encontramos está pidiendo a gritos que lo escuchemos. Y yo como Odell creo que deberíamos escuchar. Hay que desmarcarse de esa economía de la atención impuesta, y reconectarse con el tiempo y el espacio, lo cual solo es posible si nos visualizamos y empezar a generar un arraigo con este nuestro lugar, que nos brinde sensibilidad y responsabilidad ante lo histórico (que ocurrió aquí) y a lo ecológico (a quien  y a lo que vive, o vivió aquí).

En este mundo global, debe haber un compromiso con nuestra región, con la ecología local y con lo que significa el compromiso de gestionarla juntos. La vida no puede ser vista como algo atomizado y optimizable, desechando lo no útil, porque la visión de lo útil no es capaz de reconocer el ecosistema como un todo vivo, que de hecho necesita de todas sus partes para funcionar. La idea moderna de productividad constituye normalmente un marco para lo que en realidad es la destrucción de la productividad natural de un ecosistema.

Cómo no hacer nada, significa que hay que entender la importancia  de hacer algo y empezar a hacerlo… La consciencia es la semilla de la responsabilidad.

Nuestra formación cultural habitual nos enseña a analizar rápidamente y a juzgar más que a observar. Debemos desde lo urbano mantener, rescatar y desarrollar una arquitectura pensada para mantener la atención en algo. Algo que nos permita observar, analizar sin prisa, pensar…bibliotecas, museos, jardines, parques…cada espacio de nuestra ciudad, conservado, mantenido, paseado, reencontrado.

Y ya para cerrar citemos de las Conversaciones de Gilles Deleuze, el mismo extracto que cita Odell:

 

…hoy estamos anegados en palabras inútiles, en cantidades ingentes de palabras y de imágenes. La estupidez nunca es muda ni ciega. El problema no consiste en conseguir que la gente se exprese, sino en poner a su disposición vacuolas de soledad y de silencio a partir de las cuales podrían llegar a tener algo que decir.

Espero haber logrado un buen resumen de este extraordinario libro que me ha marcado y logrado retomar parte de lo que soy construida en el tiempo. Es un libro que no tiene desperdicio…incluso para aquellos que no concuerden con él.

La próxima semana hablaré sobre la “productividad y las potencialidades” de nuestra región (América Latina), y de las propias locales.

Pasión por el Táchira / Comentarios bienvenidos a julietasinlimite28@gmail.com

 

 

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