Marina Ayala: Un producto no terminado

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El ser humano nunca será un producto terminado. Es un ser incompleto que mantiene el ideal de su completud, de allí, de esta compleja dinámica, surge el deseo. Podemos escoger quienes queremos ser y como queremos vivir, decidimos cada uno de nuestros actos de los que somos responsables. Las sociedades en las que vivimos son producto de nuestras luchas y deseos, evolucionamos acorde como evolucionemos como personas y nos pongamos de acuerdo con los otros. Ser buenas personas y conformar sociedades justas debe siempre estar presente en nuestros deseos. Fue una de las inquietudes de Ágnes Heller “cómo es posible que haya buenas personas” quien estaba convencida que la gran labor de un ser humano consiste en causar justicia, conformar sociedades justas.

Hoy se habla de un “mundo desencantado” utilizando la terminología de Max Weber, es lo que hemos logrado después de largas luchas por proteger el derecho a la libertad, la estamos perdiendo y se está imponiendo la injusticia, no podemos dejar de hacernos responsables para señalar fuerzas ajenas, destino, dioses extraños, seres divinizados, causantes de nuestra propia destrucción. El hombre ha sido abandonado a un mundo donde siempre habrá todo por hacer y la primera tarea es hacernos a nosotros mismos. Un mundo contingente que está siempre reclamando del hombre su pensamiento y su voluntad, está constantemente causando deseos. Tarea que genera ansiedad, intranquilidad, horror ante un vacío y miedo a la soledad cuando adquiere la certeza que cada quien depende solo de sí mismo en esta tarea de construcción de su vida.

 

Pero hemos sido muy torpes en el proceder. El conocimiento se puso al servicio del deseo de dominio y el ser humano se envalentonó creyéndose el dueño del destino de otros. Ávidos de un poder sin restricciones no pudo resistirse al engaño de sentir ser una deidad, tomado por el deseo de creerse el fundamento ultimo de todo, una autoridad máxima y única de allí nace el totalitarismo que hoy libra guerras para imponerse. El mundo vuelve a sufrir el desvío de un loco delirante perdido en su propio laberinto, Putin. El ser humano está pagando un alto costo por permitir el desborde de un entusiasmo del deseo que siempre se mantendrá insaciable. Esta observación de Teódulo López Meléndez me pareció muy oportuna para recordar en horas cruciales lo imperfecto que somos “El hombre es alguien que llega a ser. El hombre no es un simple marchante hacia su propia finitud. Sin embargo, ahora parece sembrado melancólico en un presente abrumador negativo que se le asemeja a un fin de camino”. Un hombre desilusionado.

Nunca habrá un fin de camino para la historia de la humanidad, siempre es posible su evolución o destrucción. Mientras haya un solo ser humano otorgando significado y narrando la historia el deseo se mantendrá interfiriendo y modificando la realidad. El deseo indica que hay vida. Bajemos del pedestal a estos locos delirantes que no son otra cosa que seres dominados por un inconsciente diabólico, dominados por la pulsión de muerte, dejemos que ellos mismos terminen con sus vidas esclavas de bajos instintos y el mundo pueda continuar el rumbo de su “gente buena” como quería Ágnes Heller.

 

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