Rafael Fauquié: Un maestro llamado Paul Valéry

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En algunos de sus escritos, el ensayista, poeta y maestro Paul Valéry alertó en contra de toda forma de educación distanciada del interés del educador por la formación espiritual del estudiante. Sus postulados eran simples: la espiritualidad ha de ser educada, la inteligencia y sensibilidad no podrían dejar de relacionarse. Cito a Valéry: “La sensibilidad del hombre moderno se haya comprometida … y si el porvenir parece prometer a esta sensibilidad un trato cada vez más severo, concluiremos que la inteligencia sufrirá igualmente con esa alteración de la sensibilidad”. En suma: la educación debe aproximar inteligencia y sensibilidad. Ignorar la importancia de esta última significa condenar a la inteligencia a “hacerse cada vez más obtusa”. O, siempre en palabras de Valéry: “Lo propio del mundo intelectual es ser impulsado por el mundo sensible”.

De muchas maneras, Valéry se adelantó a su tiempo al reconocer algo que, hoy día, nadie pone en duda: si no es acompañada por una necesaria madurez emocional y una cultivada sensibilidad, la solitaria inteligencia es absolutamente insuficiente a la hora de definir una certera relación entre el ser humano y el universo. La inteligencia es parte de la espiritualidad, al igual que la sensibilidad, al igual que la imaginación… Todo forma parte de una manera de ser y de hacer, de contemplar y de soñar, de decidir cómo contemplar y decidir cómo actuar. Se trata de entender la educación como un fenómeno en el que siempre habrá de estar presente una visión de finalidad del conocimiento: servirnos a los hombres para enfrentar satisfactoriamente el desafío de vivir.

Alguna vez Octavio Paz comentó lo lamentable de que las universidades del mundo, y comenzando muy particularmente por las francesas, hubiesen olvidado las enseñanzas de Valéry para imponer, en su lugar, lenguajes surgidos de las ciencias exactas y de los postulados positivistas; algo que, en el caso del conocimiento humano, del saber humanístico, terminó, por empobrecer terriblemente el alcance de las voces, arrastrándolas hacia crecientemente abstrusos  idiolectos derivados del cientificismo.

 

La Universidad no podría permanecer ajena al más hondo sentido de la enseñanza: entender la comunicación de la experiencia de vivir tan importante como la comunicación de determinados conocimientos; convertir dudas y curiosidades en aprendizaje, ofrecer respuestas para la vida, señalar un significado para las elecciones y los  propósitos, fortalecer la relación del individuo consigo mismo y con quienes lo rodean…

En su novela El juego de los abalorios, Herman Hesse se refiere a la imposible enseñanza de verdades que solo podrían vivirse. ¿Sus palabras exactas? “La verdad se vive, no se enseña”. En lo personal, creo que si algo pudiera caracterizar la acción de todo buen maestro sería el esforzarse por transmitir a sus estudiantes verdades vividas y creídas; y, por vividas y creídas, genuina sustancia de esa educación por transmitir.

 

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