Rafael del Naranco: Nuestra primera quijada

Compartir
 

 

Sucedió que después de cientos de millones de años, unas moléculas emergidas en un núcleo de silicatos con un poco de carbono, metano, amoníaco, hidrógeno, vapor de agua y gas carbónico bajo el efecto de la radiación ultravioleta, crearon las primeras proteínas de la vida.

A partir de ese instante, la complejidad de la germinada naturaleza hizo lo demás hasta llegar a la vida y, aun así, se necesitaron errores en el mar y tierra firme para que, por carambola o un hecho fantástico incomprensible, el primer ser erguido, antepasado del homo sapiens, comenzara, bajo un clima frío y seco, a cruzar una planicie africana con una quijada en la mano.

Habían nacido, montaraces y necesitados de sangre, el hombre y la mujer.

Las páginas de la historia de la humanidad contienen un interminable camino de muerte, brutalidad intrínseca, emergiendo de ellas esa endiablada levadura o légamo mal cocido del que estamos constituidos.

Al presente, en este instante, es suficiente un demencial político con poder para enfrentarnos a una   angustia pavorosa repartida sobre el planeta.

A partir de la alborada de los tiempos, matamos como alimañas haciendo uso del más evolutivo de los dones humanos: su cerebro inteligente, y eso nos dice que sabemos bien lo que hacemos cuando exterminamos a mansalva a nuestros semejantes por la imposición de una idea o un pedazo de tierra, o mucho peor: en nombre de la preeminencia de un supuesto dios.

Comparativamente tal vez no aparezca nuevamente Platón, Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, Dante, Shakespeare, Darwin, Cristo o Mahoma, pero hay un vasto espacio para el regreso de una recua de rufianes   siguiendo la sangrienta senda de Atila, Hitler, Stalin – y ahora mismo Vladimir Putin – a la espera de un   próximo aterrador Holocausto.

 

La palabra “no asesinarás”, es uno de los magnánimos aforismos del Antiguo Testamento, un sendero rebosante de sabiduría, en donde sigue rondando el autor más leído del orbe: Jehová.

Fue excepcional, ya que, en ese tiempo bíblico, el Ser Supremo era igualmente un dios guerrero, incluso aterrador. No es hasta la bajada de Moisés del Monte Sinaí o Horeb,  con  los Diez Mandamientos, cuando volvemos a tener presente el “No matarás” a tus semejantes.

En las páginas del Tanaj Levítico, tercer libro del Pentateuco, se recuerda y, no obstante, así no soluciona nada en la convivencia humana: “El que lesione a un conciudadano, se le hará lo que él ha hecho: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente. La herida que causó a otro se le causará a él”.

Y tal vez a esa causa de esa máxima bíblica, adherida a otras, existe la guerra y su difícil abolición. Ojo por ojo y solamente los fuertes sobreviven.

Cada día perfeccionamos más los métodos para destruirnos con mayor refinamiento, siendo así que ojivas nucleares inteligentes y gases capaces de evaporar en segundos una nación, nos hacen buscar un cielo protector difícil de hallar.

rnaranco@hotmail.com

 

Compartir
Traducción »