Rafael Fauquié: La interminable “reconstrucción” de la historia venezolana

Compartir
 

 

En el pasado está escrita la vida de toda nación. Su historia es su rostro. Ese rostro puede presentar imperfecciones, mostrar asimetrías, pero, en todo caso, y para bien o para mal, él es como es. No podría ser cambiado. Las referencias a nuestro pasado nacional suelen ser mediatizadas por curiosos enmascaramientos y deformaciones. Como si la historia nos sugiriese a los venezolanos expiaciones ante culpas que, algo surrealistamente, nos hemos empeñado en asumir. Oficialmente nuestra memoria republicana determinó “maldecir” nuestra tradición de tres siglos coloniales. Cuanto menos se hablase de ellos y cuanto más profundamente los olvidásemos, mejor.

Las consecuencias son diversas y graves. “Patrióticamente” hemos decidido olvidar que Venezuela es Venezuela a partir del siglo XVI. Desde siempre nos hemos negado a aceptar que a nuestra realidad cultural pertenecen tanto Diego de Losada, Garci González de Silva, Juan Rodríguez Suárez o Francisco Fajardo como Simón Bolívar, Antonio José de Sucre o José Antonio Páez. Negarlo o agrupar a todas estas figuras en opuestas filas: una laudatoria, heroico panteón de semidioses; otra, ausente o condenada, es la absurda consecuencia de una actitud que roza la más  caricatural de las ignorancias.

En nuestro afán por moralizar a partir de la historia, llegamos, incluso, a hacerla mentir en función a utilitarios intereses del presente. Y aquí un ejemplo: hace ya bastantes años, en el museo Nueva Cádiz de la ciudad de La Asunción, había una estatua en bronce del tirano Lope de Aguirre. Una nota,  colocada en uno de sus brazos, contaba la historia de la estatua. Su construcción había sido ordenada durante los años de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y su destino era ser colocada en la plaza del pueblo que lleva por nombre El Tirano, en Paraguachí; donde, según cuenta la historia, desembarcaron Lope de Aguirre y sus marañones al llegar a tierras venezolanas. Hasta allí todo iba bien. El problema se presentaba en el desenlace “ejemplarizador” de la nota: supuestamente, la voluntad democrática de los margariteños había rechazado violentamente el que se colocase la estatua en la plaza de Paraguachí, por ser éste un acto “enaltecedor de la dictadura”. La nota concluía cómo ese rechazo expresaba la voluntad antidictatorial de todos los venezolanos. Esto es: se identificaban simbólicamente a un desquiciado conquistador y a un moderno dictador; y, absurdamente, se utilizaba a uno para atacar al otro.

 

“Usar” a la historia se emparenta con algo que en nuestro país es comprobable a cada paso: los venezolanos carecemos de tradiciones que el tiempo haya perpetuado. Entre nosotros nada perdura: el paso de los años consolida muy pocas cosas. Monumentos, ornamentos, costumbres: todo pareciera recubrirse con el signo de lo efímero, de lo provisional, de lo no definitivo. La falta de interés por el pasado genera consecuencias curiosas. Es muy frecuente en Venezuela el fenómeno de la constante rebautización de las cosas, un afán por cambiar ‑siempre según inmediatos intereses; frecuentemente políticos‑  los nombres de las cosas, de los pueblos, de los lugares. Algo tan definitivo y representativo como pueda ser un nombre, corre en nuestro país el permanente riesgo de transformarse bruscamente en beneficio de algún ocasional homenaje hacia algo o hacia alguien. Un espacio se identifica con aquel término que alguna vez comenzó a definirlo y que después se integró a él para siempre. En su libro Una ojeada al mapa de Venezuela, Enrique Bernardo Núñez definió a nuestro mapa nacional de “directorio político” en el que los nombres se sobreponían unos sobre otros siempre en función de aleatorios y apresurados homenajes.

El rostro histórico de las naciones señala lo que fuimos y somos. En la historia siempre hay respuestas; no definitivas, pero sí suficientes. En un país de corta memoria como el nuestro, volver los ojos al pasado es lo mismo que dialogar con el silencio. Interrogar la historia venezolana significa desentrañarla, arrancarla de una gruesa amalgama de mitos, ignorancias y odios. La historia ilustra. Ayuda a comprender y a comprendernos. Puede que su expresión sea parcial, no definitiva  ‑¿acaso hay alguna que lo sea?‑  pero siempre habrá en el propósito que hurga en el pasado para entender mejor el presente todo el aporte de la imaginación y la memoria. El mejor conocimiento de la historia sería, sin duda, el puente más adecuado para cruzar por sobre el abismo del olvido, la ignorancia o el silencio. La vía que podría clausurar el estruendo de rituales politiqueros -supuestamente patrióticos- para abrir una nueva y muy necesaria expresividad nacional: la del enriquecedor diálogo de los tiempos.

 

Compartir
Traducción »