Rafael del Naranco: Esas humanas narraciones

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No importa que primero fuera jónica, después de los dorios, pues los griegos, con Atenas y Esparta, han sentido como profundamente propia la unidad étnica y espiritual que los ha mantenido, por encima de la propia tumba, dentro de una razón de ser como pueblo.

Aquellas alianzas en el Peloponeso donde había un Pericles más dios que hombre, y como tal condujo a todos a la guerra, fueron las que al final permitieron la llegada de un Filipo de Macedonia con la palabra unidad en los labios, sellada gloriosamente por su hijo Alejandro.

Después, durante siglos, la vivencia se volvió polvo. Rotas las antiguas alianzas, todo fue fácil para Roma, también para la mitología y así nació la hermosa leyenda grecolatina de los mitos (casi cuentos infantiles según Voltaire), marcadores imperecederos de esos otros “mythos” reflectores de nuestra esencia de hoy.

Eran los tiempos en que en Grecia los divinos estaban vivos y en las ciudades de los césares, dormidos, pero todos juntos nos explicaron la razón del Cosmos. Zeus, Dionisios, Apolo, Hera, Afrodita y tantos otros, fueron grandes por la llana y simple razón de haber sido antes, sobre todo, profundamente humanos.

Sin darnos cuenta, todos somos un poco griegos y mamamos la esencia de esa raza. Allí nació una de las cualidades que hizo al hombre universal: el diálogo. Por él brotó la filosofía y todo el aparataje humanístico que nos cubre. José Luis Borges lo ha dicho mucho mejor, cuando unos quinientos   años antes de la era cristiana se dio en la Magna Grecia la mejor cosa que registra la historia universal: el descubrimiento del diálogo.

 

La fe, la certidumbre, los dogmas, los anatemas, las plegarias, las prohibiciones, las órdenes, los tabúes, las tiranías, las guerras y las glorias abrumaban el orden; algunos griegos contrajeron, nunca sabremos cómo, la singular costumbre de conversar. Dudaron, persuadieron, disintieron, cambiaron de opinión, aplazaron. Acaso los ayudó su mitología, que era, como el Shinto, un conjunto de fábulas imprecisas y de cosmogonías variables. Esas dispersas conjeturas fueron la primera raíz de lo que llamamos hoy, no sin pompa, metafísica.

Y… Sin esos pocos griegos conversadores, la cultura occidental es inconcebible.

Lo mismo sucedería con la palabra, pues estaría hueca, y los sueños residirían en nosotros estériles antes de poder realizar la entrega carnal con las diosas paganas que en noche de lujuria nos hicieron hombres.

Ya de regreso Roma, la pasión se volvió bacanal, divina. Al llegar a Caracas era una sombra vuelta recuerdo. Un suspiro. Pero de eso hace mucho tiempo…

rnaranco@hotmail.com

 

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