Luis Esteban G. Manrique: El sistema alimentario global, víctima del cambio climático

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Las cosechas de trigo, arroz, maíz y soja se podrían reducir entre un 3% y un 7% por cada grado que aumente la temperatura de su entorno. La degradación de los suelos ya afecta al bienestar de al menos 3.200 millones de personas, más de un tercio de la población mundial.

El Programa Mundial de Alimentos (WFP, por sus siglas en inglés) de Naciones Unidas viene advirtiendo desde hace tiempo de que en Madagascar, la isla más grande de África y la cuarta mayor del mundo, más de un millón de personas que viven en las regiones semidesérticas del sur –lejos del norte verde que atrae al turismo– están padeciendo una severa hambruna por los efectos devastadores de la sequía en sus tierras de cultivo.

Las fotos y vídeos muestran a los niños de la zona apáticos y somnolientos: las risas y los juegos son las primeras víctimas del hambre, que puede causarles debilidad crónica y dificultades de aprendizaje y crecimiento. Pueblos en los que casi todos sus habitantes viven de la agricultura de subsistencia han alcanzado el grado 5 en la escala de seguridad alimenticia de la WFP, que corresponde a desnutrición crónica, una condición a la que solo suelen llegar zonas de guerra.

En lengua malgache existe incluso una palabra para denominar la hambruna que provoca la ausencia de lluvias: kere. El estudio de los árboles de la isla ha revelado que sequías de esta magnitud sucedían cada 135 años. La actual, sin embargo, es la segunda en Madagascar desde 1990. Los anillos de los troncos registran las precipitaciones, la temperatura y otras variaciones climáticas. El árbol más viejo del que se tenga registro en Europa, un pino bosnio en Grecia llamado Adonis –que tiene 1.075 años–, ha revelado, por ejemplo, el rango de las temperaturas y la frecuencia de los incendios en todo ese tiempo. Arduino Mangoni, director del WFP en Madagascar, dice que la hambruna en la isla es la primera provocada por el cambio climático de origen antrópico.

Aridez y mareas rojas

La desertización y las olas de calor han dejado de afectar solo a países del Sur Global. El vasto territorio euroasiático de Rusia, el tercer productor mundial de trigo, se está calentando 2,5 veces más rápido que el resto del mundo. El 20 de junio de 2020 los termómetros de la localidad siberiana de Verkhoyansk llegaron a los 37 grados, la temperatura más alta registrada nunca en el círculo polar ártico.

Según un estudio de 2018 de la Unión Europea, en los 10 años anteriores un área dos veces mayor que la de Portugal se había desertizado en todo el mundo, sobre todo en países mediterráneos tradicionalmente de baja pluviometría. Ese mismo año, la FAO estimó que la degradación de los suelos ya afecta al bienestar de al menos 3.200 millones de personas, más de un tercio de la población mundial y que este siglo la aridez aumentará un 23% a escala global. Las cosechas de trigo, arroz, maíz y soja se podrían reducir entre un 3% y un 7% por cada grado que aumente la temperatura de su entorno.

En 2021, la sequía redujo a la mitad las cosechas de trigo del Estado de Washington. En Florida, las bahías de Tampa y Key Biscayne están contaminadas por aguas residuales provenientes de alcantarillas y plantas depuradoras en mal estado y los fertilizantes químicos que se filtran a ríos, estuarios y el mar. El departamento de Protección Medioambiental del Estado estima que el 78% de los nitratos y fosfatos que terminan en las aguas del lago Okeechobee proviene de granjas y explotaciones agrícolas.

El exceso de nitratos reduce el oxígeno del agua marina, lo que dispara las floraciones de algas que provocan las “mareas rojas” y causan la muerte masiva de peces que el mar vara en las playas, donde el aire se hace irrespirable por el hedor. Según escribe Lizette Alvarez en The New York Times, el año pasado murieron por inanición unos 1.100 manatíes, casi el doble que en 2020, porque la contaminación acaba con la vegetación de la que se alimentan esos apacibles herbívoros, que pasan la mayor parte de su tiempo buscando e ingiriendo las plantas del lecho marino.

Los cimientos de la vida se tambalean

El suelo es el cimiento de la vida en la Tierra. Sin embargo, el modo en que los agricultores tratan el suelo sigue casi sin regular en la mayor parte del mundo. Los sistemas alimentarios globales –una vasta red de industrias y procesos que van desde la selección de semillas hasta los empaquetados, los supermercados y vertederos– estuvieron ausentes de las discusiones de la cumbre climática de Glasgow (COP26).

Las innovaciones agrícolas y tecnológicas de los últimos 60 años han permitido aumentar las cosechas y alimentar a más gente y con menores costes que nunca. El problema es que ese sistema híperproductivo está espoleando el cambio climático. La degradación del suelo disminuye su capacidad para mantener los cultivos, sea por la erosión de su capa superficial fértil o por su menor capacidad para retener agua y materia orgánica rica en nutrientes.

Según el Natural Resources Defence Council, el desperdicio de alimentos provoca el 8% de las emisiones de gases de carbono. La agricultura y la ganadería representan casi el 70% del consumo global de agua, un 30% de las emisiones de gases de carbono y un 80% de la pérdida de biodiversidad a escala planetaria. Casi la mitad de los 120 millones de toneladas de fertilizantes nitrogenados que se usan cada año terminan en corrientes de agua de diverso tipo.

La paradoja es que el hambre afecta hoy a unas 811 millones de personas, el 10% de la población mundial, lo que siembra dudas sobre la capacidad del actual sistema para alimentar a las 10.000 millones de personas que tendrá el planeta hacia mediados de siglo.

 

Las mismas innovaciones que permitieron aumentar y abaratar la producción agrícola popularizaron dietas basadas en alimentos procesados de alto contenido de grasas saturadas y azúcares, por lo que tienden a causar obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares. En 2017, unos 3.000 millones de personas, el 40% de la población mundial, no podían permitirse pagar dietas más saludables.

Las grandes llanuras del Medioeste norteamericano son especialmente vulnerables por la sobreexplotación de acuíferos como el Ologalla, que se llenó en la última glaciación y hoy se extiende bajo ocho Estados de Estados Unidos. Los cultivos de cereales gastan 10 veces más rápido su agua de que lo que se recarga el acuífero. Cuando se extrae el agua, baja el nivel freático, lo que obliga a cavar pozos más profundos.

Colosos agroindustriales

Gigantes agroalimentarios como Monsanto, Syngenta o Cargill controlan la producción de alimentos que representan el 60% de las calorías que consume la población mundial. Un informe del año pasado del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) calculó que monocultivos como el de la soja fueron responsables de la pérdida de 43 millones de hectáreas de bosque en América Latina, África Subsahariana, el Sureste asiático y Oceanía entre 2004 y 2017.

Los gobiernos dirigen a explotaciones agropecuarias unos 540.000 millones de dólares anuales en subsidios. En Growing a Revolution (2018), David Montgomery propone rotaciones complejas de cultivos y el compostaje para restaurar los suelos y hacerlos más resistentes a fenómenos meteorológicos extremos. La biotecnología, por su parte, puede aumentar micronutrientes como el zinc, el hierro y la vitamina A en algunas variedades de maíz y otras cosechas.

Julie Howard, asesora del programa Global Food Security del Center for Strategic and International Studies, sostiene que las políticas públicas son clave por la influencia que ejercen sobre los tipos de cosechas que eligen los agricultores y la forma en la que los alimentos se transportan y comercializan, además de su diversidad, calidad y precios.

UNFSS, el foro de estándares de sostenibilidad de Naciones Unidas, ha propuesto la iniciativa “The True Value of Food” para transparentar los costes y beneficios de los sistemas alimentarios. Restaurantes miembros del Chef’s Manifesto en 90 países se han comprometido a reducir al mínimo sus residuos y aumentar la cantidad de alimentos locales. Las plantas de compostaje, según el WFP, pueden crear el doble de empleos que los vertederos y cuatro veces más que las incineradoras.

La UE, por su parte, está considerando prohibir las importaciones de alimentos que provengan de áreas deforestadas, legalmente o no. La comisaria de Medio Ambiente, Virginijus Sinkevicius, ha dicho que Bruselas será cada vez más exigente a la hora de que las empresas importadoras demuestren que sus alimentos no provienen de zonas sensibles o controvertidas.

Un camino sin retorno

En América Latina, buena parte de las emisiones de gases de carbono provienen de la deforestación que provoca el avance de la frontera agrícola. En 2021, las exportaciones agrícolas brasileñas sumaron 120.590 millones de dólares, un 19,8% más que en 2020 y el 43% del total. La soja, que en su mayor parte se dirige a saciar el apetito del dragón chino, sumó el 39,8% del total.

En 2020, la agroindustria representó el 26,6% del PIB. El gobierno de Jair Bolsonaro, al minimizar los costos sociales del extractivismo, ha propiciado el acaparamiento de tierras por grupos que recurren a todo tipo de formas de apropiación ilegal de áreas protegidas.

En Argentina, el sector agropecuario –que en 2021 representó el 67% de las exportaciones y el 16% del PIB– se opone sistemáticamente a medidas medioambientales que puedan reducir sus ganancias. En México, la publicación por el gobierno en 2020 de un decreto para eliminar progresivamente el glifosato, el herbicida más utilizado del mundo pese a su alta toxicidad​, desató una guerra judicial activada por Bayer/Monsanto que aún no ha terminado.

El escenario, sin embargo, está cambiando con rapidez. El avance de los partidos verdes en Europa hace imposible ignorar el efecto del cambio climático en los mercados, los hábitos de consumo y los marcos normativos internacionales. Una encuesta del Eurobarómetro de 2021 destacó que los consumidores europeos están dispuestos a pagar más por productos orgánicos, reducir su consumo de carne y apoyar la prohibición de la entrada de productos tratados con glifosato. La transición verde es un camino sin retorno.

 

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