Marina Ayala: Una sociedad asediada

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En las sociedades dominadas por una autoridad déspota es natural que se despierte en sus integrantes una sensación de persecución y de daño inminente. Se vive esperando una catástrofe, y cuidando no cause destrozos irreparables. No siempre es posible porque el bombardeo de sinsabores no cesa. El déspota ataca por varios flancos y se hace imposible detenerlo. Va aumentando la sensación de indefensión, de impotencia y produce el efecto de irse entregando derrotado con la esperanza de sobrevivir y de fantasear con una fuerza extraña que acabe con la tragedia opresora. Niños que crecieron en familias rígidas, autoritarias suelen reaccionar a los golpes con culpa y pensando que se lo merecen, después de veinte años muchos no conocen sino al déspota, ¿pensaran que es natural el maltrato? No lo sé, las familias deben hacer el contraste y hablarles.

Tenemos años de sometimiento y ya se ha producido una especie de quiebre en nosotros, no somos los mismos. No dejo de asombrarme cómo vamos aceptando cualquier medida injusta y opresora sin rechistar. A lo más que llegamos es a buscar formas para evadir la crueldad de las consecuencias. Pero olvidamos que tenemos posibilidades de cambiar radicalmente nuestra realidad, nos domina una imposibilidad. Quedan voces interesantes indicando las vías que nos conducirían a un mejor destino, pero me da la impresión que no se están oyendo. Como todo ser sensato ya no ilusionan con un inmediatismo, llaman a organización de elecciones, fortificación y depuración de instituciones, despreciamos estas tareas por imposible y lejanas. No entusiasma ese trabajo de hormiguita de las estrategias políticas serias. Esas experiencias inmediatas, ya lo hemos visto, provoca pasiones también inmediatas y luego la sensación de haber sido traicionados por su fracaso. Queremos entender el mundo y su acontecer como un espejo plano, de superficies observables y no indagar aquello que es el trasfondo y que le dan forma y contenido a esa superficie, que lo condiciona.

 

Es la siempre y corriente confusión entre el orden simbólico con el imaginario y el real. Lo simbólico es lo que determina lo propiamente humano, el pensamiento, el leguaje, la única vía para ganar terreno a lo indómito, a lo siniestro. El plano que nos posibilita la creación de nuevos órdenes y superación de la barbarie. Para dejar de ser salvajes y acceder al conocimiento y a la educación necesitamos hablar y pensar, es la puesta en Juego de la subjetividad. La palabra aclara, pero también engaña y estamos siendo sometidos a todo tipo de engaños, razón por la que nos hemos vuelto descreídos. El déspota nos somete y maltrata, pero con estas acciones se deshumanizan, ¿por qué hay que tratarlos como gente? Porque nosotros si somos humanos y no negociamos nuestra condición. Aceptemos nuestros errores y sigamos invirtiendo nuestras fuerzas para vencer el mal que se apropió del país y nos quitó el futuro.

Nos une al mundo occidental un sistema político, su forma de organizarse regido por leyes y normas, aunque las culturas sean muy distintas. Nos une un orden simbólico.

 

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