Milagros Socorro: El día libre del grumete

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Sin título, José Sigala © Archivo Fotografía Urbana

Dos fotos en el mismo instante. Dos imágenes muy distintas. Una, la que no conocemos, la que fue hecha esa mañana de finales del año 1973 y que, de seguro fue enmarcada por la madre del joven para exhibirla no en su mesa de noche o en la pared que podía divisarse desde su hamaca. No. Esa foto estaba destinada a lucir en la pared de la sala, cerquita de la puerta, que la vieran hasta los equivocados, los que venían a entregar una encomienda y adiós.

La nívea gorra cae sobre la frente con artificial desmayo. Debe ser sugerencia del fotógrafo de cajón, quien le habrá dicho: “mijo, échatela hacia adelante, para que salga bien en la foto”. La imagen que el fotógrafo está construyendo aísla al sujeto de cualquier contexto, tanto espacial como temporal. Esta foto está destinada a borrar de un plumazo el pasado y circunstancia del joven (y, quizá, de su familia) para centrarse solamente en el hecho de que ahora es grumete de la Armada: es parte de algo importante. Algo respetable que, además, lo llevará por los mares del mundo. El chasquido de la instantánea marcará el ingreso de un humilde muchacho a la historia de Venezuela. “Cómo te quedó el ojo”, parecerá preguntar la madre, al mirar con un toque de altanería a quien eche un vistazo a la foto que le hicieron a su muchachito, en Caracas.

La otra foto, la que tenemos delante, abarca otras complejidades. El maestro barquisimetano José Sigala (1940-1995) vio esta escena y supo que debía “conferirle importancia”, como diría Susan Sontag («Fotografiar es conferir importancia»). A diferencia de la imagen que emergerá del cajón, la de Sigala sí tiene contexto, y mucho; así como historia, conciencia del rito social y mucha ternura. Desde luego, también ostenta un gran dominio de la composición plástica y del papel que los diferentes planos, pautados por la perspectiva, aportan al mensaje visual.

La foto que entregará el fotógrafo callejero, en múltiplos de cuatro, mostrará un plano medio del sujeto, recortado sobre un sinfín de plástico (hasta los codos, de manera que quien vea la foto puede imaginar que está de pie, en la borda, observando el perfil de doradas ciudades costeras o que se encuentra, en mitad del desfile, viendo pasar el féretro de un poderoso). Sigala, en cambio, nos lo entrega al completo. Podemos ver la postura relajada del grumete, reminiscencia de no lejanas tardes sin hacer nada (y sin disciplinas aplicadas a gritos), en el patio de la madre, debajo del cotoperí. Lo vemos casi escurrido de la silla metálica, concentrado en el profesional de la cámara, admirado de la capacidad de este de darle indicaciones, manipular el equipo, torcer el cuerpo y doblar la cabeza, sin que se le caiga el sombrero ni dejar de fumar.

Son las 9:35 de la mañana, muy probablemente de un fin de semana (ha de ser el día libre del grumete). Tanto el modelo como el fotógrafo llevan buenos zapatos. La ropa del técnico nos confunde un poco: las elecciones serán en diciembre, el cartel de propaganda electoral, que Sigala propone como centro de su imagen, no debe tener mucho tiempo allí, puesto que, a pesar del papel corriente, pegado al muro con engrudo, no se ve deteriorado. Seguramente fue adherido allí en… ¿octubre o noviembre?, cuando estuvieron listos los pactos de cara a los comicios. Pero, incluso en noviembre, una mañana de 1973 podía ser bastante fresca, quizá el fotógrafo esté vestido con una camisa demasiado ligera… ¿o acaso lleve una almilla, como entrevemos que la tiene el joven).

Están en la plaza Miranda, en El Silencio, entre las avenidas Baralt y Lecuna, parroquia San Juan. Detrás de la escena hay un jardín urbano que más bien parece un fragmento selvático, evocador del entorno rural de donde con gran probabilidad proviene el grumete.

La recepción de esta imagen es muy distinta para alguien no venezolano. Para nosotros, el afiche mal impreso y peor diseñado nos dice mucho. Quizá nos diga todo. Estamos en el segundo semestre de 1973, las elecciones serán el domingo 9 de diciembre, las cuartas tras la instauración de la democracia en Venezuela. La figura bonachona, en camisa de manga larga, que vemos en el plano posterior a la jardinera, casi en el fondo, nos habla de una paz no impuesta. Más aún, el triángulo que trazan los tres hombres nos habla de una convivencia muelle de las clases sociales. Se respira un ambiente de despreocupación, bueno, sí, hay que echarle pichón, incluso los sábados y los domingos, que es, por cierto, cuando las parejas salen a pasear y muchos se hacen instantáneas que luego verán en esos pequeños visores (que el empresario de esquina cuelga como recordatorio de que también ofrece ese servicio), donde las fotos solo pueden ser contempladas por una persona a la vez y donde las personas aparecen como nimbadas por una luz singular, cinematográfica, celestial… decíamos que sí, que hay que bregar, que no es como muchos creen, que hacer una foto es apretar un botón y que salga el pajarito… la cosa no es así, hay que calibrar manivelas, orientar el sinfín, qué se yo, ganarse los cobres.

De hecho, a eso apuntaba el jingle publicitario del candidato de Copei, Lorenzo Fernández: «Navidad, Navidad, Navidad, Lorenzo/Lorenzo es el próximo presidente/porque Venezuela siente / que con Lorenzo seguirán / la alegría y el bienestar / por muchísimo más tiempo. Ponte en marcha con Lorenzo / que con Lorenzo la paz seguirá».

La aludida “paz” era la impuesta por la política de Pacificación con las guerrillas, iniciada por el presidente Raúl Leoni y continuada con éxito por el entonces mandatario saliente, Rafael Caldera. Los dos candidatos con más oportunidad de salir airosos en la contienda, esto es, los abanderados de Acción Democrática y Copei, habían sido ministros del Interior; Carlos Andrés Pérez, de Rómulo Betancourt (1959 – 1964) y Lorenzo Fernández renunció a ese cargo, responsable de instrumentar la Pacificación, para participar en la justa.

Por los días en que se hicieron estas fotografías, las primeras páginas de los periódicos informaba de que la población venezolana había llegado a 11.500.0000 habitantes, con la brillante circunstancia de que el promedio de edad era de 21 años. El grumete de las fotos formaba parte de la exultante mayoría. Era para hacer las contorsiones que fueran necesarias para inmortalizar aquel momento: democracia, fin del movimiento insurgente, niños y jóvenes en superioridad y una economía no inflacionaria: el salario promedio del trabajador venezolano, en 1970, era de Bs. 3.402 ($790).

La contienda electoral de 1973 tendría lugar en un paisaje económico favorable, que no auguraba sino un periodo de bonanza económica, consecuencia del alza de los precios del petróleo. Y en un ámbito nacional de aceptación y legitimidad creciente de los partidos políticos, popularidad que estos se habían labrado a pulso, después de la intensa campaña de desprestigio hecha por la dictadura de Pérez Jiménez. Lo cierto es que, con la democracia, las masas venezolanas registraron significativas mejoras en sus condiciones de vida. El modelo de desarrollo instrumentado a partir de 1959 se cimentaba en el gasto social (educación, salud y sanidad, incluido el suministro, vivienda, urbanismo, y previsión social), que concentró un 28,1%, entre 1958-1973 y se elevó al 31,4% en el gobierno de Caldera (1969- l974). La media del gasto social durante la dictadura había sido del 11,4%.

Los electores tenían motivos para apoyar la democracia y sus modales, esto es, los partidos y las elecciones. No por nada, en los comicios de 1973, se dio la participación más alta de todo el período democrático: la abstención fue del 3,48%. Piénsese que en las elecciones de 1998, que llevaron a Hugo Chávez a la Presidencia, la abstención electoral fue de un 36,5%, diez veces más que el índice de abstención registrado en las que favorecieron a Carlos Andrés Pérez, quien triunfó con el 48,7% de la votación, frente al 36,7% recibido por Lorenzo Fernández, candidato de COPEI, entonces partido oficialista. La votación sumada de Acción Democrática y COPEI fue de casi el 90% de los votos escrutados.

En ese momento, el que recoge la foto de Sigala, la democracia venezolana era considerada como una de las pocas efectivas y competitivas de América Latina.

 

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