Josep Piqué: Preparar la posguerra

Compartir
 

 

Sea cual fuere el desenlace final de la agresión rusa a Ucrania, hoy todavía muy incierto, todo va apuntando a un alto el fuego más pronto que tarde. Por una parte, es necesario parar la brutal intervención militar y minimizar las víctimas –incluyendo los millones de desplazados por el conflicto–, y, por otra, se hacen cada vez más evidentes las limitaciones ofensivas y logísticas del ejército ruso y la constatación de que Vladímir Putin ha perdido en todos los frentes. Por ello, hay que ir pensando en qué hacer después.

Independientemente de si Rusia consigue conquistar Odesa –hoy por hoy, muy problemático– y establecer un corredor entre Crimea y Transnistria, cortando el acceso de Ucrania al mar Negro, parece claro que la continuidad terrestre entre el Donbás y Crimea es una realidad –con el drama criminal que está viviendo Mariúpol–, controlando totalmente el mar de Azov. En cambio, no es evidente que el asedio a Kiev o Jarkov acabe con la ocupación, habida cuenta del enorme coste que eso supondría para el ejército ruso, no solo por las bajas propias sino por su incapacidad de mantener la ocupación por mucho tiempo.

Por el momento, solo podemos especular, aunque debamos incorporar al futuro inmediato hechos consumados que, lamentablemente, Rusia querrá mantener. En cualquier caso, una hipótesis de retirada rusa no es hoy concebible, aunque acabara circunscribiendo su ocupación a Crimea, el Donbás y el mar de Azov.

A partir de un armisticio, habrá que establecer algunas premisas básicas. La primera es que cualquier decisión que afecte a la soberanía y a la integridad territorial de Ucrania corresponde en exclusiva a su gobierno legítimo. Ello implica que la eventual neutralidad del país debe aceptarse y ser asumida por los ucranianos y solo por ellos. Asimismo, cualquier hipótesis sobre Crimea o Lugansk y Donetsk solo a ellos corresponde.

La segunda es que mientras no exista un acuerdo entre Rusia y Ucrania, y se mantenga una ocupación ilegal, la posición de Occidente debe mantenerse unida y firme, incluyendo la continuidad de las sanciones y el apoyo militar y político a Ucrania, así como el refuerzo del despliegue de la Alianza Atlántica en los lugares más sensibles de la frontera con Bielorrusia y la propia Rusia –el Báltico, el corredor de Suwalki, Polonia, Eslovaquia y Rumanía–. Sin olvidar la reducción de la dependencia energética, que debe acelerarse.

La tercera es que la única salida duradera al conflicto pasa por un cambio sustantivo en la política de Rusia, renunciando al uso de la fuerza. Necesariamente, eso solo podrá producirse si Putin desaparece del escenario y es sustituido por dirigentes dispuestos a asumir las reglas del juego que, en su día, se fijaron en el Acta de Helsinki, constitutiva de la CSCE –después trasformada en la OSCE, Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa–, en 1975, en plena guerra fría.

Estas reglas incluyen la igualdad soberana de los países firmantes, su integridad territorial y la inviolabilidad de sus fronteras, la renuncia a la amenaza o al uso de la fuerza y la voluntad de resolver las controversias por medios pacíficos y mediante la cooperación, el cumplimiento del Derecho Internacional y el respeto a los derechos humanos, así como la no intervención en los asuntos internos.

El marco de convivencia existe y no puede ser otro que revitalizar la OSCE, que funcionó satisfactoriamente hasta el 2008 –con la intervención rusa en Georgia– y que entró en coma a partir de 2014, con la anexión ilegal de Crimea y la ocupación de una parte del Donbás.

Hay que tener en cuenta que forman parte de la OSCE la totalidad de los países europeos, más Canadá y Estados Unidos, así como todos los Estados del Cáucaso y Asia que formaron parte en su día de la Unión Soviética. La organización también incluye como Asociados a los países del Mediterráneo y otros del continente asiático.

Conviene a su vez recordar que el espíritu de Helsinki impulsó posteriormente la implementación de los tratados limitativos y de reducción de armas nucleares y, tras la caída del muro de Berlín y la implosión de la URSS, la puesta en marcha del Consejo OTAN-Rusia para el diálogo político y la mutua información en cuestiones militares y de seguridad.

 

La voluntad entonces era incorporar a Rusia en el mundo post-soviético, mediante reglas de juego comunes y sobre la base de la confianza y la transparencia mutuas. Esa voluntad incluyó el apoyo a la institucionalización democrática y las reformas económicas que se efectuaron en Rusia y que no llegaron a cuajar. La responsabilidad no fue de Occidente, sino de unos dirigentes rusos que propiciaron la constitución de oligarquías procedentes de privatizaciones opacas y ávidas de poder, en la época de Boris Yeltsin, y posteriormente por la concentración del poder en Putin y su círculo inmediato, en un proceso de creciente autoritarismo que ha cristalizado en una autocracia con vocación inequívocamente totalitaria. Desde hace años, se observan además componentes revanchistas, alimentados por un ultranacionalismo que reivindica la idea de una gran Rusia eslava –basada en una historia falseada– y de un perímetro de seguridad propio de la tradición zarista y soviética, que no reconoce soberanías plenas de los Estados afectados.

Las pretendidas “razones” rusas son, pues, espurias, incluyendo el argumento de una ampliación agresiva de la OTAN que no respetó los teóricos compromisos asumidos durante la discusión sobre la reunificación alemana. Entre otras cosas, porque la OTAN se abre a nuevos países de la antigua órbita rusa respondiendo a su petición soberana, angustiados por la amenaza de volver a caer en la misma y la necesidad de protegerse de ello. En definitiva, porque ansiaban algo tan elemental como su libertad.

Sin embargo, parece obvio e imprescindible que cualquier marco de seguridad compartida en el continente europeo debe contar con Rusia. Pero ello solo es plausible sin Putin, cuyo destino debería ser terminar juzgado por crímenes de guerra. Solo así, Rusia podrá recibir garantías de seguridad sobre la base de garantizar la de los demás.

En ese contexto, el debate sobre una arquitectura estable de seguridad en Europa es imprescindible. Una arquitectura basada en los principios de la OSCE y en el espíritu de los tratados de desarme de armas nucleares y convencionales, tanto tácticas como estratégicas, y la fijación de concesiones recíprocas que garanticen la distensión y la consolidación de un espacio compartido de paz y seguridad.

Pero todo ello requiere que Rusia renuncie al uso de la fuerza y asuma el respeto a la integridad territorial de Estados independientes y soberanos. Dicho de otro modo, podrá hacerse si asume que solo puede recibir comprensión y generosidad si, al mismo tiempo, se compromete a un respeto escrupuloso a las reglas del juego.

Todas las guerras acaban en una posguerra. Y aunque puedan ganarse las primeras, pueden perderse las segundas, como hemos aprendido en Irak o Afganistán. Pero la Historia nos ofrece otros claros ejemplos y debemos aprender de ella.

El Congreso de Viena (1815) inauguró un largo periodo de paz en Europa después de la derrota de Napoleón. En ese momento, fue clave la decisión de integrar a Francia en el nuevo orden. La paz se rompió por la guerra franco-prusiana de 1870, que generó el expansionismo alemán y un nuevo revanchismo de Francia, unas de las múltiples causas que desembocaron en la Primera Guerra Mundial. De nuevo, a su conclusión, se articuló la posguerra a través de un Tratado de Versalles revanchista y miope, que acabó 20 años después en la guerra más devastadora que jamás hemos conocido.

Pero también tenemos contraejemplos recientes. El más claro es la posguerra. Occidente, vencedor junto a la Unión Soviética, supo incorporar con generosidad a Alemania y Japón en el nuevo orden, en el bien entendido de que ambos países debían asumir que no podían repetir el pasado y que debían renegar del nazismo y el militarismo. Occidente supo distinguir entre Hitler y Alemania. Ahora deberemos distinguir entre Putin y Rusia, siempre que asuma que no puede repetir lo que está sucediendo y que solo una paz duradera y estable, justa y generosa, podrá garantizar realmente su seguridad.

La derrota de un enemigo manifiesto no debe convertirse en una humillación que acabe alimentando deseos revanchistas. Lo que significa que no debe confundirse a un país con sus dirigentes en un momento determinado. La generosidad puede ser lo más rentable.

Dicho de otra manera, no puede haber entendimiento con Putin. Pero deberá haberlo con Rusia si se cumplen las condiciones adecuadas; y estas pasan por la renuncia al expansionismo y al uso de la fuerza. Si no fuera así, estaremos de nuevo ante el peligro de repetir la historia. Y no como farsa, sino como una nueva tragedia.

 

Compartir
Traducción »