Cinco mentiras sobre Ucrania

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Vladímir Putin domina el arte de transformar al agredido en agresor. Los datos y los hechos desmienten sus afirmaciones sobre Ucrania, un Estado soberano que lucha por su democracia.

La tela de araña de mentiras tejida por la propaganda de Rusia aprisiona los hechos para retorcerlos de forma que la realidad se oscurece, se distorsiona y se transforma en los mitos del argumentario del Kremlin, repetidos hasta la saciedad por el aparato de Estado y sus servidores mediáticos, encabezados por mérito propio por RT (antigua Russia Today).

Cuando Vladímir Putin anunció la decisión de reconocer la independencia de la parte ya ocupada del Donbás –discurso que marcó el ­preámbulo a la agresión militar a gran escala de Ucrania–, el presidente ruso afirmaba que las protestas del Maidán habían llevado a cabo un golpe de Estado y “los nacionalistas y las fuerzas políticas que los apoyaron acabaron (…) empujando al país al abismo de la guerra civil. Ocho años después, el país está dividido”. Y añadía: “El llamado mundo civilizado, del que nuestros colegas occidentales se autoproclaman únicos representantes, prefiere no ver (…), como si no existiera, este horror y genocidio al que se enfrentan casi cuatro millones de personas. Pero así es y solo por el hecho de que esas personas no estaban de acuerdo con el golpe de Estado apoyado por Occidente en Ucrania en 2014 y se opusieron a la transición hacia el nacionalismo agresivo y el neonazismo a lo neandertal, elevados en Ucrania al rango de política nacional. [Esas personas] están luchando por su derecho elemental a vivir en su propia tierra, hablar su propio idioma y preservar su cultura y tradiciones”.

Veamos pues qué nos dicen los datos y los hechos.

1. Las protestas del Maidán fueron un golpe de Estado, dirigido por fuerzas fascistas y de extrema derecha. Por eso, es un conflicto interno de Ucrania.

La tesis de una Ucrania dividida es muy necesaria para el Kremlin: así se presenta no como parte, sino como árbitro en un conflicto que hoy no existiría si no fuera por el apoyo económico, propagandístico y militar de Moscú a sus representantes en el terreno, los líderes de las autoproclamadas repúblicas.

Los datos contradicen esta burda distorsión de los hechos. Las sucesivas elecciones que se han celebrado en Ucrania (2014, 2019), observadas y aprobadas por la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), misiones en las que Rusia participó, no reflejan esa supuesta división interna y no se corresponden a la actuación de un gobierno que hubiera llegado a través de un golpe de Estado. Y, sobre todo, indican que las preferencias políticas de la población varían, pero la voluntad de defender la soberanía del país, no. Para referencias históricas, conviene recordar el referéndum de independencia de 1991 que apoyó abrumadoramente la separación de Rusia, incluso en Crimea, aunque por mayoría más ajustada.

En cuanto a la ultraderecha, existe también en Ucrania, pero a día de hoy no ha conseguido entrar en las instituciones y ni siquiera ha conseguido franquear la barrera del 5% para ocupar algún escaño en el Parlamento. Sigue siendo un actor marginal, si bien de parafernalia vistosa y belicosa, como en tantos otros países. Como dijo en mayo de 2014 en una entrevista privada Josef Zissels, el líder de la comunidad judía de Ucrania, la única agresión que les preocupaba era la proveniente de Moscú.

2. La minoría rusa/rusófona está en peligro y sus derechos, en particular el uso de la lengua, amenazados.

Los datos de Naciones Unidas no corroboran esta acusación. De ser cierta, la mayoría de la población del Donbás ocupado habría huido a Rusia. Pero resulta que los hechos no dicen eso: a partir de 2015, 1.100.000 desplazados internos de Crimea y de las zonas ocupadas del Donbás se trasladaron a la Ucrania controlada por Kiev, mientras 625.000 fueron a Rusia. La región de Lviv, en la parte más occidental de Ucrania y la menos rusificada del país, es la que acoge a más desplazados internos, poniendo en evidencia una de las principales falacias del Kremlin, la supuesta persecución de los rusófonos.

En cuanto a la lengua, en su vida diaria la gente utiliza tanto el ucraniano como el ruso, entendiendo el otro idioma, o pasan de uno a otro. Tras la independencia de 1991, por la inercia de la época soviética, donde el ruso era favorecido y los demás idiomas de facto menospreciados, cuando no sofocados, el ruso prevaleció durante mucho tiempo en el entorno urbano, en los medios de comunicación, el entretenimiento y los negocios. Rusia y sus apoyos políticos dentro de Ucrania han utilizado repetidamente la cuestión del idioma como un arma para alimentar una polarización muy útil para los intereses del Kremlin.

La última agudización de la tensión en torno a la cuestión del idioma se produjo con las leyes sobre educación e idioma, aprobadas en 2017 y 2019, cuyo objetivo es regular el uso del ucraniano y otros idiomas en los asuntos públicos, los medios, los servicios y la educación. Kiev, motu proprio, sometió las diferentes versiones preliminares de la ley sobre la lengua de 2019 a la evaluación de la Comisión de Venecia; y esta concluyó que una era “desequilibrada, ya que sus disposiciones fortalecían desproporcionadamente la posición del idioma ruso”. Respecto a la otra versión de la ley, la comisión concluyó que era “un texto más equilibrado (…) sin embargo, era necesario incrementar las garantías para asegurar un equilibrio justo entre la protección de los derechos de las minorías y sus idiomas, incluido el ruso, y la protección del idioma ucraniano”. En muchos otros ámbitos, sin embargo, la nueva legislación lo que hace es ampliar el espacio para el ucraniano en lugar de restringir el uso del ruso u otros idiomas.

Según una encuesta de 2020, el 52% de los preguntados consideró que los derechos de los rusófonos no se han violado en Ucrania, un 26% pensó que lo fueron en alguna ocasión, y el 10%, constantemente. La proporción de estos últimos es lógicamente más alta en el este del país. El 66% de los ucranianos piensa que el ruso se puede usar con libertad en Ucrania en la vida privada, pero que el ucraniano debería ser el único idioma estatal. El 18% piensa que tiene sentido que el ruso sea un idioma oficial en algunas regiones, y el 13% cree que el ruso debería convertirse en un idioma estatal a nivel nacional.

Lo que nos dice todo esto es que en Ucrania hay un debate público real que recoge la pluralidad de la opinión pública. Lo que sería difícil, en cambio, es encontrar este tipo de políticas y debates públicos en Rusia.

3. Ucrania, de hecho, es Rusia, y nunca ha existido; “ucranianos y rusos son un mismo pueblo”.

 

La parte más neocolonial del pensamiento de Putin se expresa en el discurso-declaración de guerra ya citado, cuando dice que “Ucrania en realidad nunca tuvo tradiciones estables de Estado. Y, por tanto, en 1991 optó por emular sin pensar modelos extranjeros, que no tienen relación con la historia o las realidades ucranianas”. Sin embargo, una encuesta de 2021, realizada por la Fundación Iniciativas Democráticas (KIIS), indica que un 59% de la muestra a nivel nacional se considera ciudadana de Ucrania, el 19% se identifica como residente de su ciudad o pueblo, y el 11% tiene sobre todo una autoidentificación regional. Un inequívoco 72% de los encuestados se declara orgulloso de ser ciudadano de Ucrania; un número que ha ido creciendo constantemente en los últimos 19 años.

«En el Memorándum de Budapest de 1994, firmado por Rusia, Ucrania recibió garantías sobre su integridad territorial e independencia a cambio de ceder su arsenal nuclear»

En ninguna de sus consideraciones sobre esta cuestión, jamás se toma Putin la molestia de prestar atención a lo que piensan los ucranianos hoy, no hace siglos. En una encuesta realizada en noviembre de 2021 por el KIIS de Kiev y el Instituto independiente Levada de Moscú –una de las tantas organizaciones catalogadas por el Kremlin como “agente extranjero”–, el 88% de los ucranianos apoya la independencia de Ucrania de Rusia. Solo un 6% quisiera que Ucrania se uniera a Rusia. Obviamente, a los encuestados no les importan mucho estas disquisiciones seudocientíficas y tienen claro que son ciudadanos de un Estado que sí existe y que quieren defender.

4. Los intereses de seguridad de Rusia en Ucrania son legítimos porque se trata de su “esfera de influencia”, área de “interés vital”.

El analista Serguéi Karaganov explicaba en 2014 que la estrategia occidental “se basa en malentendidos y errores de cálculo. El malentendido es que esto es, en el fondo, un enfrentamiento por Ucrania. Para los rusos es algo mucho más importante: es una lucha para evitar que otros expandan su esfera de control en territorios que creen vitales para la supervivencia de Rusia”. En una lógica puramente colonial, Karaganov no se para a pensar que sus vecinos también han de disfrutar del mismo derecho a defender su seguridad. Esta reflexión delata el alcance de lo que Moscú considera su área de interés vital: no se trata solo de Ucrania; detrás vienen todos los demás Estados exsoviéticos que son ahora Estados soberanos. La misma lógica se aplica a ellos, como lo han demostrado estos últimos años en Moldavia y Georgia, por no mencionar Bielorrusia, cuya sublevación popular de 2020 ha sucumbido al apoyo sin fisuras que el Kremlin ha brindado a Aleksandr Lukashenko.

5. Ampliación de la OTAN como origen de la crisis o cómo Occidente ha mentido a Rusia.

Esta afirmación repetida de manera incansable por el Kremlin y un sector no desdeñable de la opinión pública europea y española –y no solo en la izquierda– se contradice claramente con otro mantra repetido hasta la saciedad por Putin y su ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, según el cual “todo empezó en 2014”. Todos los documentos al alcance de la mano demuestran que son los países interesados los que han insistido incansablemente en su ingreso, tanto en la OTAN como en la Unión Europea. Y si, como se ha dicho, fue un error en 2008 prometer a Georgia y Ucrania que podrían entrar, el error reside en no haber dado ni un paso más allá de la promesa verbal. Eso ha mandado al Kremlin la señal de que, de hecho, los occidentales no iban en serio.

Además, el Kremlin saca a colación documentos internacionales muy selectivamente. Así, por ejemplo, Lavrov recuerda, siempre que puede, la Carta de la OSCE de 1999, según la cual los países pueden elegir sus alianzas, pero “no fortalecerán su seguridad a expensas de la seguridad de otros Estados”. En cambio, Moscú parece haber caído en la amnesia total en cuanto al Memorándum de Budapest sobre Garantías de Seguridad, de diciembre de 1994, firmado también por Rusia, por el cual, a cambio de ceder su arsenal de armas nucleares –entonces, el tercero del mundo–, Ucrania recibía garantías de seguridad frente a las amenazas o el uso de la fuerza contra su integridad territorial o su independencia política. La violación de este acuerdo sí es flagrante.

La acusación más repetida –esta también en un sector nada desdeñable de la opinión pública europea y española– es que el entonces secretario de Estado James Baker habría prometido a Mijaíl Gorbachov, en febrero de 1990, que la OTAN no avanzaría “ni una sola pulgada hacia el Este”. El testimonio del mismo Gorbachov arroja, sin embargo, una luz muy distinta sobre esta interpretación. Dada la importancia que se ha dado a este argumento, reproducimos aquí un largo fragmento de la respuesta sobre esta cuestión que dio Gorbachov, en octubre de 2014, en una entrevista al muy oficialista Russia Beyond the Headlines: “El asunto de la ‘ampliación de la OTAN’ no se discutió en absoluto, y no se mencionó en esos años.

Lo digo con toda responsabilidad. Ningún país de Europa del Este planteó el asunto, ni siquiera después de que el Pacto de Varsovia dejara de existir en 1991. Los líderes occidentales tampoco lo mencionaron. Se discutió otra cuestión que planteamos: asegurar que las estructuras militares de la OTAN no avancen y que las fuerzas armadas adicionales de la Alianza no se desplieguen en el territorio de la entonces República Democrática Alemana después de la reunificación. La declaración de Baker, mencionada en su pregunta, se hizo en ese contexto”.

En cualquier caso, Ucrania es un Estado soberano, por más que ahora el Kremlin le niegue ese derecho bombardeando incluso a la población civil. Y resulta que la opción a favor del ingreso en la OTAN ha ido subiendo entre la población, incluso en el este y en el sur. Gracias a la política de Putin.

El campeón europeo de normalización de la represión brutal, Lukashenko, explicó a los congregados en una de las iglesias del Convento de Santa Isabel en Minsk, en la Navidad ortodoxa de 2020, que menos mal que, gracias a él, Bielorrusia es amiga de Rusia, porque si no “los criminales occidentales, cual piedras de un molino, habrían pulverizado el país hasta no dejar más que migajas”. Se equivocaba Lukashenko en los papeles: las piedras del molino hoy son las rusas del régimen de Putin. Es el precio que están pagando los ciudadanos de Ucrania, de la ascendencia que sean, para defender su libertad y su derecho a escoger su camino.

Carmen Claudín Y Anna Korbut – Política Exterior

 

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