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No miren arriba; ¿Quién le teme al hiperobjeto?

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Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito. Howard Phillips Lovecraft; La llamada de Cthulhu.

El libro de Job es uno de los textos más enigmáticos de la Biblia. Cuando este le reclama a Dios por todos los tormentos que le ha hecho pasar sin razón aparente, el Todopoderoso le responde mostrándole la grandeza de la creación. El universo excede la escala humana con creces. Esa grandeza es el testimonio de que su creador es más grande todavía. Todo esto demuestra que la sabiduría del autor supremo debe ser infinitamente más alta que cualquier cosa que pueda concebir el hombre, y que, en comparación, la sabiduría humana es de una necedad digna de lástima.

Con humildad, Job acepta la lección recibida y declara con sinceridad: «Me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza”. (Job 42:5,6). Posteriormente es ampliamente recompensado por su Señor.

Debido a la pobreza espiritual de los tiempos modernos, hoy nos encontramos que la grandeza del universo no nos habla de Dios, sino más bien de su ausencia. El poeta italiano Giacomo Leopardi, ya en la primera mitad del siglo diecinueve, escribió un agudo texto, “Diálogo de la Naturaleza y un islandés”, donde manifiesta su concepción pesimista de las relaciones de la humanidad y el universo. En ese relato, un buen hombre va en busca de la Naturaleza para que le confiese su secreto. Al encontrarla, la misma Naturaleza le confiesa que ella es indiferente al sufrimiento humano. La Naturaleza anuncia con indolencia: “Demuestras no tener en cuenta que la vida en este universo es un perpetuo circuito de producción y destrucción”.

Entonces, el explorador hace una pregunta desesperada: “¿A quién place o a quién alegra esta infelicísima vida del universo conservada a costa del daño y de la muerte de todas las cosas que lo componen?”. La única respuesta que recibe es la aparición un par de leones hambrientos que terminan devorándolo.

Esa indiferencia de la naturaleza por el destino humano parece estar implícita en el concepto de hiperobjeto de Timothy Morton. Este pensador contemporáneo acuñó dicho término para referirse a las cosas que se distribuyen masivamente en tiempo y espacio en relación con los humanos. Se puede incluir en dicha categoría un agujero negro, un campo petrolero, la biosfera o el sistema solar, los materiales nucleares de la Tierra, así como muchas otras cosas gigantescas.

Una de las fuentes de los peligros que se ciernen sobre el futuro de nuestra especie proviene de dichos entes ciclópeos que sobrepasan la escala humana. Una buena forma de ilustrar esta idea es la película Melancolía, (Lars von Trier, 2011)   donde un astro errático termina chocando nuestro planeta. El director aprovecha esa situación catastrófica para explorar la frustración existencial ante el hecho de la extinción.

El tema del riesgo astronómico ha sido tratado por muchas películas, tales como Armagedón (Armageddon, Michael Bay, 1998) e Impacto profundo (Deep Impact, Mimi Leder, 1998), pero presentan felices desenlaces. En estas producciones, la humanidad consigue evitar el choque por medio de heroicos astronautas que hacen explotar los asteroides con armas nucleares. Melancolía es la excepción. Su creador quiere estremecer nuestras cabezas con la posibilidad de la desaparición de nuestra raza.

La comedia apocalíptica 

A este llamado de atención, ahora, se le agrega un nuevo título: No miren arriba (Don’t Look Up, Adam McKay, 2021). En esta nueva cinta el tema no es la exploración existencial de la humanidad ante la extinción, sino las formas de la evasión, el vicio mental por evitar afrontar la realidad.

Es intención de su director poner en escena una sátira sobre el clima político de la posverdad. Es parte importante de la historia cómo la verdad científica se ve minimizada y manipulada en nombre de intereses políticos. Esto está aderezado, además, con el tema del populismo y el carácter alienante de los grandes medios de comunicación y de las redes sociales.

El argumento de No miren arriba comienza cuando una doctoranda en Astronomía, Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), descubre un cometa de nueve kilómetros de largo, cuya trayectoria apunta directamente hacia la Tierra. Junto a su profesor tutor, el Dr. Randall Mindy (Leonardo DiCaprio), alerta a la NASA. A su vez, la agencia espacial pone al tanto a la ficticia presidenta de EE UU, Janie Orlean, (Meryl Streep), quien no se toma en serio la noticia. Resulta que la mandataria está más preocupada por la politiquería de las elecciones al congreso. Total, solo quedan seis meses para salvar el planeta, y los dirigentes no toman conciencia de la gravedad de la situación.

McKay ya había realizado filmes políticos con contenido crítico como La gran apuesta (2015), sobre la falta de previsión que produjo el estallido de la burbuja inmobiliaria, y El vicepresidente: más allá del poder (2018), la biografía de Dick Cheney, el segundo al mando de la administración de George W. Bush, quien fue el genio siniestro de las estrategias para crear la guerra de Irak.

Ante la indiferencia del entonces presidente Donald J. Trump, respecto al problema del cambio climatológico, McKay comenzó a acariciar el tema de una película que denunciase ese tipo de actitud negacionista. No tenía cómo resolver el desarrollo argumental hasta que encontró inspiración en la posibilidad de una catástrofe cósmica.

La película llevaba solo un mes de producción cuando llegó la pandemia. Por eso, muestra las resonancias del final del mandato de Trump, tales como las conflictivas elecciones presidenciales donde finalmente ganó Joe Biden, así como el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021.

Ese arrogante negacionismo de Trump no solo estuvo presente en su actitud ante el cambio climático, sino también al comienzo, cuando llegó a insinuar que el virus que producía la Covid19 era una invención. Después cambió el discurso cuando predijo que desaparecería en cuestión de dos meses, restándole importancia.

La película no solo hace mofa del anterior presidente, también arremete contra los grandes medios de comunicación y su tendencia a trivializar la información, así como contra las elites económicas capaces de solo pensar en sacar provecho de la grave situación.

El juicio final

Esta cinta nos brinda una magnífica oportunidad para reflexionar sobre las relaciones entre dos conceptos relativamente recientes: hiperobjeto y posverdad. Recordemos que la posverdad connota decadencia de la verdad, pues es la forma retórica donde los datos objetivos se subordinan a los prejuicios y pasiones políticas.

Los hiperobjetos hacen que tomemos conciencia de lo ínfima que es la existencia humana. Por su parte, la posverdad hace que nos hagamos ciegos ante la evidencia en defensa de nuestro narcisismo. En tal sentido, son opuestos. El hiperobjeto inspira humildad, mientras que la posverdad es un mecanismo de la soberbia.

En No miren arriba, vemos como la posverdad es utilizada, por igual, por políticos, grandes medios de comunicación y la elite capitalista. Si bien las elites tienen intereses que proteger, por otro lado, vemos a la población no solo manipulada sino también dispuesta a dejarse seducir por los cantos de sirena. Esto queda bien ilustrado cuando los seguidores de la presidente Orlean, una evidente caricatura de Trump, están dispuestos a colocarse las gorras rojas con el mensaje negacionista “No miren arriba”, el cual le da el título a la película.

Si bien es consistente la crítica de McKay, a juicio de muchos le imprimió un tono muy bufo a la comedia. Por esa causa, aunque el reparto está lleno de luminarias, sus actuaciones no están a la altura. Siempre es agradable ver a Meryl Streep, especialmente tomando venganza contra Trump, quien hace algún tiempo la descalificó como una actriz sobrevaluada, pero su personaje es demasiado estereotipado y sin profundidad. Lo mismo puede decirse de casi todos, con excepción de DiCaprio y Lawrence, a quienes les tocaron personajes más consistentes.

Por contraste, las deficiencias artísticas de esta obra, nos recuerdan las virtudes de la memorable obra de Stanley Kubrick, Dr. Insólito o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964). También en esta película se combina la destrucción de la humanidad, esta vez por causa de la guerra nuclear, con una inteligente sátira política.

El argumento de Dr. Insólito, enmarcado de la Guerra Fría, narra la posibilidad de una conflagración termonuclear. La acción comienza cuando un general norteamericano, convencido de que los comunistas están contaminando los Estados Unidos, ordena, en un acceso de locura, un ataque aéreo nuclear sorpresa contra la Unión Soviética. Se crea un operativo para encontrar la fórmula de impedir el bombardeo. A pesar de todos los esfuerzos, se activa un mecanismo del fin del mundo. Así que, en tono de comedia negra, nos enfrentamos al peor escenario posible.

Ambas películas, tanto la vieja de Kubrick como la nueva de McKay, tienen como propósito que reflexionemos sobre nuestras formas de enfrentar la vida. Un buen punto de partida son estas palabras de Blaise Pascal:

“El hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza; pero es un junco pensante. No es necesario que el universo entero se arme para aplastarlo: un vapor, una gota de agua basta para matarlo. Pero, aun cuando el universo lo aniquilara, el hombre sería todavía más noble que lo que lo mata, porque él sabe que muere y conoce la ventaja que el universo tiene sobre él; el universo no sabe nada” (Pensamientos, 63/347a).

A pesar de su fragilidad intrínseca, el ser humano puede elevarse por encima de sí y de la naturaleza. Si usa su pensamiento correctamente, su conciencia reflejará su modesto lugar en el cosmos. Para evitar estos grandes cataclismos, o al menos para aceptarlos con dignidad estoica, es necesario pensar más allá de las ideologías. Carlyle advirtió que toda persona debe pensar por sí misma, o las naciones están condenadas.

Al igual que Job, debemos tomar conciencia de nuestra insignificancia para poder hacernos dueños de nuestras existencias. Ese es nuestro hercúleo trabajo cotidiano. Tal vez por eso Albert Camus nos advierte: “Voy a decirte un gran secreto, querido. No esperes el juicio final: tiene lugar cada día”.

Wolfgang Gil Lugo

 

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